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jueves, 3 de septiembre de 2020

EL GERNIKAKO ARBOLA Y LA ORQUESTA DEL TITANIC



 El mundo parece hundirse y algunos andamos, como la orquesta del Titanic, tocando el Gernikako Arbola. Y así debe de ser, porque ante la nueva globalización que se anuncia, urge vivir, seguir haciendo país, crear fuertes identidades locales, hacer unidad popular y territorial. Patria es Humanidad, nos dijo José Martí. Salvar el mundo pasa por defender la casa común.

Son ya cientos los músicos, cantantes y agentes culturales que se han adherido al Manifiesto para recuperar el Gernikako Arbola como himno nacional de Euskal Herria. No es casualidad que la iniciativa haya tenido un apoyo especial en Iparralde y Nafarroa, territorios donde los vascos y vascas son mucho más sensibles a la unidad patria. De alguna manera, es un reto a nuestros hermanos vascongados, demasiado acomodados con su mayoría abertzale en su diminuto trozo del país, donde se ha encerrado, quizás ya para siempre, el corónico Euskadi. Donde en EITB puedes escuchar expresiones como “País Vasco y Navarra” sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. Donde puedes leer “El himno oficial vasco es el Gora ta Gora”, como escribía estos días Anasagasti en la prensa, sin tener en cuenta que el Himno de las Cortes de Navarra es también un himno oficial, tan vasco, o más, que el otro.

La campaña está sirviendo al menos para poner sobre la mesa las ligarzas que disponemos para coser nuestro desvertebrado país. Y poder cantar juntos un himno nacional, como tener un mapa, un nombre o una lengua, es el mínimo para identificarnos, y que nos identifiquen, como pueblo.

Las respuestas habidas muestran la endeblez de los argumentos en contra, tan llenos de tópicos cuan carentes de la menor base histórica. Hay algunos, los menos, que preguntan para qué queremos un himno nacional vasconavarro. “Para cantar” es lo único que se te ocurre contestar, por no decirles qué más quieren nuestros dominadores que no nos pongamos de acuerdo ni para eso.

La pega más habitual que ponen otros, sobre todo en entornos de la izquierda abertzale, es que “es un himno religioso”, o bien “que es un himno del PNV”, lo cual no se sostiene si se mira la primera estrofa -que es la que siempre se ha cantado- con las gafas de doña Historia. Precisamente la izquierda siempre lo tuvo como un himno liberal, laico, internacionalista y pagano. Cantar al Árbol de la Libertad traía reminiscencias de la Revolución francesa, idea que -dicen- al propio Iparraguirre le inspiraron de las barricadas parisinas de 1848. Por eso no era del total agrado de una parte del PNV.

            Es curioso que el periódico bilbaíno La lucha de Clases, órgano de la Federación Socialista y UGT, despreció entre 1900 y 1920 todos los iconos de la identidad vasca. Así, el Árbol de Gernika era “el alcornoque”; los Fueros “antiguallas”; el aurresku, “un ataque de memez”; la pelota, los aizkolaris o la soka-muturra manifestaciones de incultura y el vascuence una lengua inadaptada para la modernidad. Solo el Gernikako se salvó por dos cosas: en primer lugar, su autor, nada representativo de un localismo tradicionalista, era visto con simpatías entre los socialistas y, en general, entre el país progresista. En segundo, la letra; sobre todo la estrofa “Da y extiende tu fruto por el mundo”, era interpretada como muestra de un universalismo propio de la izquierda. Y para los demasiado tiquis-miquis, siempre se podían cambiar los dos últimos versos, como hacía el republicano Serafín Baroja, padre de Don Pío: “Adoratzen zaitugu, arbola santua” por “Libertate ederren, fruitu sasoitua”. Cualquier versión del Gernikako es mucho mejor que el “God Save the Queeninglés y que la mayoría de himnos del mundo.

Zugazagoitia, luego fusilado por Franco, decía que “tienen mucho de socialista los versos de Iparraguirre”. Para Tomás Meabe, otro padre del socialismo y comunismo vasco y español, “el Guernikako Arbola y La Internacional son nuestros: son dos eslabones de una cadena. El uno canta el recuerdo del comunismo primitivo; La Internacional representa la pronta llegada del comunismo científico”.

 Sesenta años más tarde, Txabi Etxebarrieta, prototipo y mártir de una nueva juventud revolucionaria vasca, escribía cosas similares. En la revista Zutik, con la que ETA celebraba el Primero de Mayo de 1967, escribía en euskera: “Arriba parias de la tierra. Con estas palabras comienza La Internacional. Eman ta zabal zazu munduan frutua dice Iparraguirre en el Gernikako Arbola. Muchos piensan que el nacionalismo es reaccionario, que el verdadero internacionalista no puede ser nacionalista… Nosotros, siendo abertzales, somos internacionalistas”.

            Las generaciones posteriores de abertzales se centraron en el Eusko Gudariak -maravilloso himno en tono menor- como canto de guerra tribal, pero no llegaron a olvidar el Gernikako. Itziar Aizpurua, en su libro de memorias junto a Jokin Gorostidi, entrambos históricos de la organización desde el Proceso de Burgos, contaba: “Siempre hemos visto, yo al menos, el Gernikako arbola ligado al PNV, como si fuera suyo, y eso enfadaba mucho a Jokin: Iparragirre lo había hecho para todos los vascos, y por lo tanto antes era nuestro que de nadie, ya que nosotros seguíamos el camino de nuestros antepasados y nuestros padres”. Desde una cárcel española, Fernando Alonso lo calificaba como “la composición más internacional, cumbre de la afirmación nacional vasca”.

            El debate ha propiciado un sartal de nuevas proposiciones: ora el Txoriak, Txori, ora Ikusi Mendizaleak o el Agur Jaunak… Nos han hecho recordar que García Danborenea, jefe del GAL, llegó a proponer el Desde Santurce a Bilbao. La misma abundancia de propuestas las neutraliza todas. Ninguna alcanza, ni de lejos, la épica, la sangre vertida, la transversalidad territorial, política y temporal; la presencia permanente en toda la literatura mundial; las traducciones e interpretaciones en todas las lenguas… Además, nadie pretende sustituir los himnos oficiales o tribales existentes, sino recuperar el único himno que ha tenido, y ha unido, todo el Zazpiak bat.

            “Es que no me gusta” dice alguno como argumento supremo. Pero a otros tampoco nos gustaba el nor-nori-nork y tuvimos que aprenderlo. Además, digan lo que digan, es bello. Marta Gellhom, novelista y viajera estadounidense, la más grande corresponsal de guerra del siglo XX y compañera de Hemingway, lo aprendió con los pelotaris vascos en Chicago. “Es un canto que va directo hacia lo alto, y que ellos cantan con orgullo y dolor. Escuchándolo sientes ganas de llorar y un temblor te recorre… y ahí es donde puedes ver como debe amar a su patria la gente que ha creado un canto semejante y que lo canta tan bien”.

            Atención: la orquesta del Titanic toca el Gernikako arbola, esparciendo la esperanza vasca por el mundo. Pongámonos de pie.

Jose Mari Esparza Zabalegi
Editor

Lee, difunde y firma el manifiesto a favor de que el Gernikako Arbola se convierta en el himno oficial de Euskalherría en la página https://gernikako-arbola.eus

lunes, 13 de julio de 2020

EL LARGO CAMINO HACIA LA REINTEGRACIÓN FORAL



 Como es bien sabido, el 29 de junio de 1707, dos meses después de la derrota de Almansa, Felipe V de Castilla firmó en el Palacio del Buen Retiro de Madrid el decreto por el que eran abolidos los Fueros de los reinos de Aragón y València . El texto, redactado por Melchor de Macanaz, constituye una muestra emblemática de la cultura jurídica francesa, que estaba imponiendo como hegemónica en Europa y en el mundo: coherencia lógica, claridad y precisión en el lenguaje y, desde el punto de vista político, afirmación rotunda del absolutismo.

            A ambos reinos se les declara culpables del delito de rebelión -nihil novum sub sole! - y, por tanto, objeto de un “justo derecho de conquista”. Como “uno de los principales atributos de la soberanía es la imposición y derogación de las leyes”, son abolidas las instituciones, la legislación y el derecho consuetudinario propios de estos territorios, que en adelante quedarían “reducidos” a la «uniformidad» de las leyes castellanas – “tan loables y plausibles en todo el universo” - y “agregados” al Consejo de Castilla (desaparece así la Corona de Aragón con su Consejo Supremo, de estructura federativa).

            La posterior reivindicación de nuestros Fueros, y la represión consiguiente ejercida por el Estado uniforme, ha conocido momentos significativos, como la insurrección de 1801 contra la conscripción militar, o algunos episodios de la Guerra del Francés, hechos todavía no estudiados suficientemente. Pero ciertamente, entre los siglos XIX y XX, la «nostalgia» foral animaba dos grandes sectores ideológicos, el carlismo y el republicanismo federal. Si bien se posicionaban, de manera antitética, el uno en contra y el otro a favor del pensamiento moderno, ambos representaban los ideales y los intereses de las clases populares y de la pequeña burguesía, en oposición a la burguesía conservadora y centralista de la Restauración.

            Pensamos, por ejemplo, que en 1872 el rey Carlos VII restableció los Fueros de los territorios de la Corona de Aragón -erigiendo la Diputación del Reino de València en las comarcas septentrionales del País-, y que, veinte años después, Vicente Blasco Ibáñez redactaba un proyecto de «Pacto federal» entre los mismos territorios. A la llegada de la II República española, los dos grandes partidos autóctonos eran la Derecha Regional Valenciana (DRV) de Lluís Lúcia, heredera de la base social y la tradición carlista, y el Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA), fundado por Blasco, de orientación federalista (ciertamente confusa e incoherente). Junto a estas dos grandes formaciones populares, está el valencianismo político, más minoritario, surgido del valencianismo cultural de la Renaixença (esta genética «literaria», un tanto elitista, tenía que marcarlo hasta el momento actual).

 Como en las otras nacionalidades históricas del Estado, en València el programa de la transición democrática incluyó la recuperación de los derechos colectivos, secularmente conculcados por el Estado (liberal o franquista): la integridad territorial, el autogobierno, la oficialidad de la lengua. En definitiva, se trataba de reconciliar foralidad y modernidad. Significativamente, una de las primeras decisiones del Consejo preautonómico, en 1978, fue la adopción del escudo de nuestros reyes como emblema propio (muy devaluado, por desgracia, en el diseño actual).

            Después del proceso, perverso y traumático, conocido como la "batalla de Valencia», y de su producto normativo, el Estatuto de Autonomía de 1982, en el año 2006 se aprueba un nuevo texto estatutario sobre la base de un mayor grado de libertad y de diálogo -condiciones imprescindibles para el consenso racional-, ganando decisivamente en legitimidad. Uno de los principios inspiradores de este Estatuto es justamente el de «reintegración» o actualización foral, tanto en la esfera pública como en el derecho privado. Esta exigencia, sin embargo, ha sido menospreciada por las instituciones estatales, incluyendo el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional, que siguen considerando vigente el decreto de 29 de junio de 1707.

      Frente a esta dinámica uniformizadora, debemos alegrarnos por el juramento de los Fueros del Reino realizado por Carlos Javier de Borbón-Parma, titular de la dinastía carlista, el pasado 1º. de diciembre de 2019, en la Catedral de Valencia. (La última jura foral había sido protagonizada allí mismo por el Archiduque, Carlos III de Valencia, el 10 de octubre del 1706). Tal como expresa la solemne fórmula que se empleó, toda autoridad política, en nuestro País, se convierte en legítima en tanto que respeta los derechos humanos fundamentales y los derechos históricos de los valencianos.


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