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martes, 29 de junio de 2021

YO PREFIERO A ROCAMBOLE

Ha tenido que venir una serie de la afamada cadena de televisión Netflix  con las dos temporadas de su  exitosa serie "Lupin" para que el gran público redescubriera el olvidado género del folletín literario de la mano de uno de sus más famosos personajes: "Arséne Lupin". El éxito televisivo ha llevado a que diversas editoriales se hayan decidido a reeditar la saga de las veinte novelas escritas, entre 1907 y 1941, por Maurice Leblanc y que tienen por protagonista al peculiar ladrón de caballerescas maneras.

            No obstante, que "Arséne Lupin" sea uno de los más famosos personajes del folletín no implica que sea el único, pues otros compitieron en fama con él y con él han permanecido en el olvido hasta ahora. Así tenemos, al escasamente reivindicado, "Fantomas" presentado como un personaje negativo de características contrarias a las de Lupín y que surge en 1911, cuatro años después de la publicación de "El Caballero Ladrón" (primera novela protagonizada por "Arséne Lupin"), de la mano de Pierre Souvestre y  Marcel Allain quienes escribirán sus aventuras hasta 1913, año en que se verán interrumpidas por la muerte de Allain en 1914 para reaparecer, ya exclusivamente bajo la autoría de Souvestre, en 1925 prolongándose hasta 1963 en que se publica la última novela de la saga que consta de un total de treinta y dos volúmenes.

            Otro personaje de renombre dentro del folletín es el hoy, muy posiblemente enterrado  para siempre por su carácter políticamente incorrecto, "Fu Manchú" que al igual que "Fantomas", y a diferencia de "Arséne Lupin", es un villano cuyas maquinaciones siempre resultan frustradas en el último momento por su enemigo el inspector Denis Nayland Smith. "Fu Manchú" surge dos años después que "Fantomas", en 1913, de la pluma del escritor británico Sax Rohmer (pseudónimo de Arthur Henry Sarsfield Ward) y sus aventuras se extenderían hasta finales de los años cincuenta del siglo pasado.

Así pues, el recientemente redescubierto "Arséne Lupin" no solo no fue el único personaje de un género que se dio en llamar "folletín", género literario de ficción surgido en la Francia del Siglo XIX caracterizado por su intenso ritmo de producción, argumento poco verosímil y simplicidad psicológica que recurre a la temática amorosa, pero sobre todo al misterio y a lo escabroso; sino que además ni siquiera fue el primero. El primer personaje de folletín, el verdadero iniciador del género, el que marcó el estilo y en quien se inspiraron todos los personajes y aventuras que surgieron posteriormente, fue "Rocambole". "Rocambole" nace en 1857 de la mano del escritor francés Pierre Alexis Ponson du Terrail y representa la transición entre la novela gótica y el folletín, por eso la saga de "Rocambole", que consta de treinta y cuatro novelas publicadas entre los años 1857 y 1870, es pionera además de ser precursora.

            "Rocambole",  al igual que "Fantomas" o "Fu Manchú", nace como un malvado villano aliado con un aristócrata británico (Sir William) al que termina matando por lo que va a prisión, escapando de ella y pasando, a partir de la cuarta novela de la saga, a convertirse en un héroe positivo, un ladrón ingenioso y caballeroso, que se enfrenta al mal y a modo de firma deja en el lugar de sus delitos una sota de corazones. Todo lo cual, supone una clara semejanza con Arséne Lupin.

            Todos estos personajes de folletín, "Arséne Lupin", "Fantomas", "Fu Manchú" y "Rocambole"; han disfrutado de adaptaciones al cine, al teatro, a la televisión e incluso al comic, pero solo uno de ellos, "Rocambole", influyó en el lenguaje dando lugar a una palabra que tiene su origen en dicho personaje, pues la palabra "Rocambolesco" se debe en exclusiva a las características definitorias de las aventuras escritas por Ponson du Terrail y de ahí que cuando hoy tanto se pondera las hazañas de "Aséne Lupin" yo prefiera, sin ningún género de dudas, a "Rocambole".

 

lunes, 26 de noviembre de 2012

ESCRITOS TRANSICIONALES (I). ¿QUE FUE LA TRANSICIÓN?



         El 20 de Noviembre de 1975 fallecía en una habitación del Hospital de la Seguridad Social “La Paz”, el anterior Jefe del Estado Español, Generalísimo de todos los Ejércitos y dictador autócrata, Francisco Franco Bahamonde, abriéndose así un periodo de rápidos cambios políticos que ha pasado a la historia de España con el nombre de “La Transición Política” y que culminaría, tras la aprobación de la vigente Constitución, en 1978, con el afianzamiento del actual régimen jurídico y político que, ya se puede decir claramente, padece el pueblo español..

            La “Transición” española se ha presentado por todo el mundo en numerosas conferencias bien pagadas impartidas por distintos protagonistas de la misma como modélica y ejemplo a seguir por numerosos países de Hispanoamérica y del Tercer Mundo (¡!) enseñándose a los niños en las escuelas españolas que es una cosa de la que los españoles tenemos que estar orgullosos pues, pacíficamente, conseguimos darnos a nosotros mismos un régimen repleto de libertades y derechos. No obstante, pasados ya casi cuarenta años del inicio de la “Transición”, se impone no solo hacer un balance de la misma, que no solo resulta desfavorable atendiendo a la situación política y social de los últimos dos años, sino sobre todo explicar a la generalidad de los ciudadanos de una vez por todas en qué consistió esa “Transición” porque atribuir la misma a la generosidad de unos líderes políticos que en muchos casos no se representaban nada más que a sí mismos y a su gran capacidad política para llegar a pactos y acuerdos con los contrarios no resulta nada más que una especie de alegoría propia de aquellas pinturas neoclásicas de Louis David en las que se pretendía sublimar un acontecimiento o un personaje histórico.

            Algunos de los protagonistas de la “Transición” como el antiguo líder del Partido Comunista recientemente fallecido, Santiago Carrillo, han afirmado, años después y ya desde el ostracismo político, que en la misma se cometieron errores y que se llegaron a acuerdos porque en aquel momento no había más remedio que pactar pues lo importante era que España tuviera democracia (aunque en la actualidad el pueblo español la considera gravemente deficitaria). No obstante nada hay más erróneo que considerar que en aquel momento las exigencias de la oposición al régimen franquista pudieran desencadenar un proceso de involución o de enfrentamiento civil que impidiera el cambio de régimen.

            El régimen franquista nace el 1 de Octubre de 1936 con la exaltación de Francisco Franco a la Jefatura del Estado del bando sublevado, se consolida con la Victoria sobre el ejército republicano el 1 de Abril de 1939 y se afianza definitivamente en 1945 con la no intervención aliada al finalizar la II Guerra Mundial. Desde el mismo momento de su nacimiento, el régimen se fundamenta en la concentración en la persona de Franco de todas las lealtades y en la unificación en un el Partido Único, que posteriormente se conocería como “El Movimiento”, de las diversas, e incluso contrapuestas, tendencias políticas que participaron en el alzamiento del 18 de Julio de 1936. En 1975, transcurridos casi cuarenta años desde su nacimiento, el régimen de Franco lleva años siendo un régimen político en descomposición sostenido únicamente por una enorme maraña de comodidades e intereses creados; son esos intereses creados la única base que apoya y sostiene al régimen franquista en el momento de la muerte del dictador, es decir, en el momento del fallecimiento de Franco el régimen ya no tiene ningún sustento ideológico ni ninguna finalidad política, extremo éste que, conocido por todos, será el único factor decisivo para que la transmisión de poderes del fallecido Franco a Juan Carlos de Borbón y los cambios legales posteriores se produzcan sin traumas ni violencias.

            Al dimitir, el 1 de Julio de 1976; el último Presidente del Consejo de Ministros nombrado por Franco, Carlos Arias Navarro, es sustituido en el cargo por Adolfo Suárez quien hasta la fecha había desempeñado el puesto de “Camarada Ministro Secretario General del Movimiento” por lo que se puede considerar a Suárez un profundo conocedor del régimen franquista, de su estado de salud general y de todos sus entresijos además de tener un conocimiento muy acertado de la situación real de todos los grupos y partidos de la oposición. A partir de ese momento comienza la gran operación política tendente a desmontar el “Movimiento”, esto es, el Régimen Franquista;  para reconvertirlo en un régimen político homologado u homologable con los regímenes políticos existentes en Europa Occidental.

            La idea que se ha transmitido de la Transición es que fue una operación de ingeniería jurídico-política iniciada por Adolfo Suárez desde la presidencia del gobierno basada en el acuerdo entre dos supuestas fuerzas políticas antagónicas e irreconciliables, no obstante esta es una idea interesada y falsa pues en realidad ninguna de las fuerzas en presencia en el momento de la muerte de Franco eran fuerzas políticas sino otras cosas.

            Dentro del Régimen Franquista, lo que existía eran unos colectivos humanos agrupados en el partido único de Falange, los sindicatos verticales, el ejército y la casta política del momento que se lo debían todo a Franco y a su régimen por lo que veían cualquier posible cambio como un peligro a sus múltiples intereses particulares y a su posición social. Por su parte la situación de la llamada oposición no era muy distinta pues estaba integrada por numerosos grupos, muchos de ellos sin ninguna auténtica presencia social, era altamente heterogénea y en no pocos casos sus propios líderes o eran hijos (o familiares próximos) de jerarcas del régimen o procedían ellos mismos de alguna organización del movimiento, pudiéndose afirmar que el grupo más numeroso y organizado de los de la oposición al franquismo era el Partido Comunista de España dirigido por Santiago Carrillo y aún este se encontraba muy lejos de ser un grupo homogéneo ya que agrupaba en su seno las más diversas tendencias muchas de las cuales no tenían nada de comunistas pero que se habían incluido en el PCE por ser el grupo mejor organizado en la clandestinidad.

            Así pues, el panorama con el que se encuentra el Presidente del Gobierno Adolfo Suárez es el siguiente: unos llamados franquistas que, conservando el régimen o sin conservarlo, lo que quieren es conservar sus privilegios y una oposición débil y fragmentada cuyos líderes quieren más acceder al poder y a los privilegios que cambiar sustancialmente las cosas. Estando así las cosas, la oposición al franquismo aparece organizada en dos formaciones unitarias: la Junta Democrática creada en 1974 e integrada por el PCE, CCOO, PSP, PTE, Partido Carlista e independientes, y la Plataforma de Convergencia Democrática creada en 1975 por el PSOE, Movimiento Comunista, Democratacristianos y Socialdemócratas, ambas formaciones convergen en Marzo de 1976 en la organización Coordinación Democrática, popularmente conocida como “la Platajunta”, a la que se adhieren partidos nacionalistas catalanes, vascos y gallegos. Las demandas y objetivos de la “Platajunta” son la amnistía, la legalización de todos los partidos políticos que lo soliciten y la convocatoria de unas elecciones a Cortes Constituyentes.

            Mientras que la oposición al franquismo lucha por aparentar unidad y más fuerza que la que tiene (en realidad la mayor parte de la militancia activa y de calle de las fuerzas de la oposición la ponía el PCE y el Partido Carlista), Suárez maniobra dentro del régimen y presenta a las Cortes Franquistas en Noviembre de 1976 una propuesta de Ley Fundamental (la octava Ley Fundamental del Régimen) llamada “Ley Para la Reforma Política” que contemplaba la convocatoria de elecciones para elaborar una Constitución y que, en cinco artículos, desmontaba el Régimen de Franco. “La Ley de Reforma Política”, fue defendida ante las Cortes franquistas por el Procurador en Cortes Miguel Primo de Rivera siendo aprobada el 18 de Noviembre de 1976 por 425 votos a favor, 59 en contra y 13 abstenciones. La aprobación de la “Ley de Reforma Política” por las Cortes franquistas es conocida como el “Hara Kiri de las Cortes franquistas”, aunque realmente no existió tal “Hara-Kiri” pues la aprobación de esta ley fue fruto de múltiples negociaciones entre el gobierno y los Procuradores en Cortes de cuyo contenido no se tiene constancia pública pero en las que se debió garantizar a los señores Procuradores que votasen a favor, su permanencia en la primera línea de la política activa porque la inmensa mayoría de los que votaron afirmativamente a la “Ley de Reforma Política” han permanecido en la vida política en diversos partidos e incluso alguno de ellos han conservado los mismos puestos que ocupaban en el Régimen Franquista y no han dejado jamás de viajar en coche oficial. Por lo que se refiere a los Procuradores que votaron en contra (a muchos no les quedaba más remedio que votar “no” por pura “dignidad” personal pues eran cimentadores del Régimen Franquista desde el 1 de Octubre de 1936 y un voto diferente hubiera sido escandaloso en extremo) si bien con el tiempo pasaron al olvido político, lograron colocar a familiares muy próximos en diversos partidos, empresas públicas e instituciones del nuevo régimen.

            La Ley de Reforma Política, fue sometida a un Referéndum Nacional el 15 de Diciembre de 1977, donde participó el 77 por ciento del censo obteniendo un ochenta por ciento de votos a favor. En la campaña del Referéndum Nacional del 15 de Diciembre de 1977, el gobierno de Adolfo Suárez no dudó en utilizar todo el peso propagandístico del “Movimiento” no faltando en pequeñas localidades quienes, desde la Jefatura Local del Movimiento, solicitaban a los ciudadanos el voto afirmativo vistiendo la camisa azul.

            La aprobación en Referéndum de la Ley de la Reforma Política pone nuevamente de manifiesto la debilidad de la oposición al régimen de Franco quien se había inclinado por la abstención y demuestra la debilidad del sector duro del régimen, conocido como el “Bunker”, que había solicitado el voto negativo (la abstención tan solo alcanzó un 23 por ciento, mientras que los votos negativos tan solo fueron un 20 por ciento) dejando las manos libres a Suárez para seguir adelante con la segunda fase de la Transición que consistía en convencer a los franquistas de que nada iba a ocurrir y que iban a seguir disfrutando, tal vez de una forma diferente, de sus privilegios y en incorporar a la oposición a un proyecto político, no precisamente popular y democrático pero homologable en Europa que se creará en torno al sucesor de Franco, Juan Carlos de Borbón.

            Así, Adolfo Suárez incorpora a la función pública general a todos los funcionarios del Movimiento y de los Sindicatos, organizaciones disueltas en virtud de la Ley de Reforma Política, legaliza a organizaciones de la oposición como el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y al Partido Comunista de España (PCE) quien hace una pública manifestación en rueda de prensa de aceptación de la bandera bicolor, de aceptación de la monarquía en la persona de Juan Carlos de Borbón y de reconocimiento de la unidad de España, mientras que otros partidos políticos más reivindicativos como el Movimiento Comunista, la Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT) y el Partido Carlista siguen estando en la ilegalidad lo que supone la ruptura por parte de los partidos legalizados de los pactos suscritos durante la “Platajunta” ya que estos implicaban que ningún partido aceptaría ser legalizado e ir a unas elecciones si no eran legalizados todos los partidos políticos.

            A partir de aquí, todo queda encauzado (o como diría alguien “atado y bien atado”), se celebran unas elecciones el 15 de Junio de 1977 para elegir un Congreso de los Diputados y un Senado, en el que habrá Senadores de “Designación Real” nombrados a dedo por el Jefe del Estado, que tendrán por función elaborar una Constitución que se aprobará en referéndum el 6 de Diciembre de 1978 y que es la que esta aún vigente.

            Las carencias democráticas que años después han aparecido en el régimen nacido de la llamada “Transición” han sido justificadas por todos los participantes y protagonistas de la misma (franquistas reconvertidos en demócratas de toda la vida y opositores al régimen) por la necesidad de alcanzar unas libertades y por el miedo a una involución. Ahora bien, la realidad del momento demuestra que el miedo a una intervención militar en el proceso político no es más que una excelente excusa recurrente pues la involución no era posible por numerosos motivos:

            En primer lugar, Franco ordena en su testamento que Por el amor que siento por nuestra patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido”. Considerando que el Régimen Franquista es un régimen personalista donde Franco reúne en su persona todas las lealtades esto equivale a una transmisión de esas lealtades a la persona de Juan Carlos de Borbón por lo que todos los franquistas y especialmente los militares quedaban obligados por el testamento de Franco a ser leales y a no oponerse, al menos activamente, a ninguna disposición del nuevo Jefe del Estado

            En segundo lugar, del Movimiento Nacional dependían numerosas organizaciones filiales tales como Sección Femenina, Sindicatos, Prensa del Movimiento (propaganda) y la llamada “Delegación Nacional de Milicias” con sede en la Calle Ferraz de Madrid que era una milicia supuestamente política integrada por voluntarios falangistas y de carácter auxiliar o de reserva del ejército, de la Policía Armada y de la Guardia Civil. Dicha “Delegación Nacional de Milicias” contaba con cien mil milicianos con licencias de armas en 1976 que les fueron retiradas pacíficamente y sin rechistar a lo largo de 1977. El hecho de que una organización militar de supuesto carácter político se dejase desarmar por unas autoridades que estaban acabando con el régimen y el ideario que dicha organización había jurado defender pone de manifiesto que nadie iba a actuar contra la política iniciada por Adolfo Suárez más allá de lo anecdótico.

            Finalmente el ejército, a pesar de ciertas radicales poses verbales y dimisiones como la del almirante Pita da Veiga a causa de la legalización del PCE, termina aceptando el proceso iniciado por la Ley de Reforma Política a cambio de una mejora de la soldada y del inicio de un proceso de modernización de todo el material de las fuerzas armadas consiguiendo la Armada Española la construcción de un portaaviones que iba a llamarse “Almirante Carrero Blanco”, que tardó en construirse diez años y qué terminó llamándose “Príncipe de Asturias”.

            Asimismo, la posibilidad de que se repitiera una situación de guerra civil similar a la de 1936-1939 era imposible sencillamente porque en 1975 no existían bandos. Los franquistas habían demostrado que no aspiraban nada mas que a la defensa y conservación de su status mientras que la oposición, que ya había fracasado militarmente en todas las tentativas bélicas para derrocar al régimen desde la invasión del Valle de Aran en 1944 y que había tenido que renunciar a continuar la guerra del maquis en 1950, no estaba en condiciones humanas ni materiales para lanzarse a una nueva aventura guerrera.

            El tema de la amenaza de un golpe de estado, de una involución o de una nueva guerra civil como justificación para que las fuerzas de la oposición aceptasen la monarquía cuando la inmensa mayoría de ellas se proclamaban republicanas y el no pedir cuentas al régimen anterior no se sostiene y no es más que una leyenda con la que han mantenido sumisos a los españoles durante tres décadas.

            Por otra parte la llamada “Transición” no fue obra de grandes y generosos hombres de estado sino simple y llanamente una operación transaccional que cualquier trilero dotado de “don de gentes” podría haber realizado porque en lo que realmente consistió la “Transición” fue en tapar bocas y en calentar culos de personas altamente ambiciosas a las que se podría aplicar la cita de Hobbes de que “aquellos que piden la libertad, no es en verdad la libertad lo que piden, sino el poder”. Tapar bocas con cargos, subvenciones y privilegios y calentar culos permitiendo el acceso a cargos gubernamentales a líderes de la llamada oposición al régimen y/o creando puestos políticos para que más gente accediera a poltronas donde mantener calientes sus posaderas y cubiertos los riñones.

            Durante décadas el pueblo español, traicionado en ese proceso llamado de la “Transición” por los propios líderes que decían ser opositores al régimen franquista, se ha creído los mitos y leyendas que han rodeado el indebidamente magnificado proceso de cambio político y se ha sentido feliz y partícipe del régimen de aparentes derechos y libertades “que nos hemos dado todos”. No obstante, desde hace tres o cuatro años parece haber despertado y haber comprobado que “no es oro todo lo que reluce” y es que casi cuarenta años después de muerto el dictador, los cimientos del régimen surgido de la Transición se resquebrajan a causa de una crisis económica que impone recortes y retrocesos sociales a los ciudadanos mientras que la casta política sigue disfrutando de todos sus privilegios porque el régimen no puede permitirse el lujo de que no haya dinero (“café para todos” lo llaman algunos) para seguir tapando bocas y calentando culos pues precisamente esa es la base fundacional del actual régimen y sin ese  requisito el mismo no podría subsistir.

lunes, 26 de diciembre de 2011

RECOMENDACIONES BIBLIOGRÁFICAS PARA ESTAS NAVIDADES 2011

Como ya es tradición de este blog y sumándose a la costumbre de intercambiar regalos en estas fechas navideñas, “El Chouan Ibérico”, desea sugerir nuevamente a sus lectores que regalen libros porque, en este tiempo de incertidumbre solo propicio para demagogos y sofistas, no está de más conocer para saber, saber para tener las cosas claras y tener las cosas claras para no ser engañado.


Así pues, “El Chouan Ibérico” ofrece a sus lectores la siguiente pequeña relación de libros editados recientemente y que se consideran de interés para próximos regalos siendo de excelentes temáticas y calidades editoriales.


- “Nuestro Amigo Común” de Charles Dickens, editorial Espasa Calpe. Novela social y costumbrista característica de este autor británico que refleja perfectamente los personajes y problemas sociales existentes en la sociedad Victoriana en plena Revolución Industrial.


- “Años Decisivos” de Oswald Spengler, editorial Altera. Ensayo filosófico-histórico del autor de “La Decadencia de Occidente” donde resume su obra más conocida y trata de explicar las causas de la pérdida de influencia de Europa en el mundo y predice la futura hegemonía económica y consecuentemente cultural de Asia.


- “Narraciones Completas” de Edgar Allan Poe, editorial Cátedra, en su colección AVREO. Obra fundamental y completa de este autor norteamericano de gran influencia en todos los autores que posteriormente cultivaron el género de misterio y de terror propio de la literatura gótica.


- “El Don Apacible” de Mijail Shólojov, editorial De Bolsillo. Magnífica novela histórica que partiendo de la descripción de la vida y costumbres de los habitantes de un poblado cosaco sirve al autor para narrar los avatares de la reciente historia rusa desde la Gran Guerra hasta el final de su contienda civil, pasando por la Revolución de 1917. Equiparada a “Guerra y Paz”, a través de “El Don Apacible” se puede llegar a conocer la historia reciente de Rusia mejor que en un manual de historia.


lunes, 18 de julio de 2011

“LA CAIDA DE LOS GIGANTES” de KEN FOLLET

Iniciado ya el periodo vacacional veraniego, tiempo propicio para el descanso y la lectura, deseamos recomendar como libro de acompañamiento estival “La Caída de los Gigantes” del escritor británico Ken Follet.


Ken Follet, que empezó cultivando el género clásico de suspense y de espionaje con populares novelas como “La Isla de las Tormentas” (llevada al cine bajo el título de “El Ojo de la Aguja”) o “La Clave esta en Rebeca”, se pasó a finales de los años ochenta del pasado siglo al género de la novela histórica con su gran éxito editorial “Los Pilares de la Tierra” a la que acompañó una segunda parte titulada “Un Mundo sin Fin” y, ahora, “La Caída de los Gigantes”, primera novela de una trilogía que abarcará prácticamente toda la historia del Siglo XX.


“La Caída de los Gigantes”, que ha sido publicada simultáneamente en diecinueve países, narra la historia y peripecias de cinco familias inmersas en los acontecimientos políticos y sociales de comienzos del Siglo XX hasta el inicio del periodo de entreguerras, siendo el tema central de esta novela los orígenes, desarrollo y consecuencias de la Gran Guerra (1914-1918).


En este sentido es de remarcar que “La Caída de los Gigantes” es una obra literaria perfectamente documentada que se nutre de importantes fuentes historiográficas describiendo perfectamente la sociedad anterior a la Gran Guerra y el clima político y social que llevó a la gran catástrofe que supuso aquella conflagración, siendo de señalar lo bien que describe los grandes esfuerzos diplomáticos por evitar la catástrofe y el como los Jefe de Estado de los países contendientes se vieron arrastrados por los acontecimientos entre los que destacan la imprudente creencia de que la otra parte se echaría atrás en el último momento y la presión de sus respectivas cúpulas militares deseosas de entrar en combate para demostrar sus teorías bélicas así como también la presión de las respectivas opiniones públicas favorables, previa una sabia preparación por parte de la mayor parte de la prensa; a lo que se creía que sería una guerra corta y victoriosa.


En “La Caída de los Gigantes” aparecen perfectamente narrados los episodios más característicos de la Primera Guerra Mundial, desde las tensiones diplomáticas previas a las declaraciones de guerra, hasta el telegrama Zinnermann, pasando por aquella navidad de 1914 en la que los combatientes salieron de sus trincheras para confraternizar o la ofensiva del Somme y la Revolución Rusa para culminar con el inmediato ambiente de postguerra en el que ya se vislumbraba la otra guerra que habría de venir todo ello ligado a través de una serie de personajes de diversas nacionalidades que desarrollan las más variadas actividades a lo largo de la novela, desde el contrabando al espionaje pasando por la conspiración revolucionaria, la milicia o la actividad política pacifista y feminista.


Tan solo se puede criticar a “La Caída de los Gigantes” por el hecho de que Ken Follet, tal vez por ser británico, haya omitido todo lo relativo al levantamiento irlandés de 1916, que en toda esta extensa novela es despachado en menos de una línea y a la “diplomacia secreta” existente en los años previos a 1914 y que llegó a implicar a la misma Gran Bretaña en extraños manejos con el Imperio Alemán para repartirse las posesiones Belgas en África. No obstante y en cualquier caso, “La Caída de los Gigantes” no solo constituye una lectura amena y entretenida para cualquier momento sino también una lectura obligada para todo aquel que desee aproximarse a conocer básicamente las causas y el desarrollo de aquel conflicto europeo del que estamos a punto de conmemorar su primer centenario y del que aún sufrimos no pocas consecuencias.


lunes, 7 de diciembre de 2009

“CARLISMO Y REPRESION FRANQUISTA” de Manuel Martorell y Josep Miralles

Bajo el título genérico de “Carlismo y Represión Franquista” la Editorial Arcos, dentro de su colección “Biblioteca Popular Carlista”, ha recogido y publicado “Tres Estudios sobre la Guerra Civil y la Postguerra” escritos por los historiadores Manuel Martorell y Josep Miralles.


“Carlismo y Represión Franquista” se presenta a los lectores dividido en tres partes coincidentes con los tres estudios que reúne.


En la primera parte, o estudio, titulada “Navarra 1937-1939: el fiasco de la Unificación” el profesor Martorell incide sobre la fuerte oposición carlista al decreto de unificación de Abril de 1937 y los enfrentamientos, en la mayoría de los casos personalistas, entre la Junta Central Carlista de Guerra dirigida por el Conde de Rodezno (aquel que posteriormente iría a Estoril a hincarse de rodillas ante don Juan de Borbón y Battemberg) y la Junta Nacional Carlista de Guerra presidida por don Manuel Fal Conde. En este estudio se pone de manifiesto y queda muy claro dos cosas: la primera de ellas es que el Rey Alfonso Carlos I y los dirigentes carlistas don Manuel Fal Conde y don Javier de Borbón Parma ordenaron al Requeté sumarse al alzamiento del 18 de Julio de 1936 pero solo como “fuerza de choque” nunca como “fuerza de policía y represión” prohibiendo expresamente a las unidades carlistas cometer actos de venganza y ordenándolas “entregar a cuantos prisioneros hicieran a las autoridades militares”. La segunda cuestión que se aclara en esta primera parte del libro es que los carlistas no aceptaron jamás el Decreto de Unificación de Abril de 1937 que implicaba su disolución en el Estado Franquista dando órdenes y directrices en la Junta celebrada en la localidad de Insúa el 13 de Febrero de 1937 de evitarla por todos los medios posibles no colaborando con el partido único que preveían que iba a surgir.


En la segunda parte del libro, titulada “La Represión de Boina Roja”, el autor estudia la participación de miembros pertenecientes a unidades carlistas, los famosos Requetés, en actos de represión demostrando que, aunque existieron algunos casos de esta participación, más bien fueron escasos y siempre respondiendo a una iniciativa individual, es decir, ejecutados sin planificación ni órdenes emanadas de ninguna autoridad o mando carlista. En “La Represión de Boina Roja” se documentan no solo algunos casos de esta represión, sino también actos en los que los carlistas y requetés salvaron la vida a no pocos izquierdistas y nacionalistas, en unos casos escondiéndolos y en otros incorporándolos a los Tercios de Requetés como combatientes mencionando lo acontecido en la Plaza del Torico de Teruel donde la totalidad de los Requetés al mando de un Alférez se negaron a participar en las ejecuciones de prisioneros programadas por un Comandante de la Legión apellidado Peñarroya y salvando a muchos de ellos al incorporarlos al requeté. Mención aparte merece, la anécdota recogida en el libro y ocurrida en el pueblo extremeño de Castellblanco donde ejercía de párroco don Ambrosio Eransus Iribarren, Comandante de Requetés, quien en Agosto de 1942 se enfrentó al Teniente Coronel de la Guardia Civil Manuel Gómez Cantos que pretendía detener y fusilar a noventa ciudadanos del pueblo: El párroco Eransus al enterarse de lo ocurrido días antes en Alía, donde se había fusilado a treinta vecinos y conocedor de que el Teniente Coronel Gómez Cantos tenía intención de fusilar a noventa personas en el pueblo del que era párroco, cogió la pistola que guardaba de los tiempos de la guerra, se dirigió a ver a Gómez Cantos y le espetó: “Si tu eres Teniente Coronel de la Guardia Civil, yo soy Comandante de Requetés y como se te ocurra aquí hacer lo mismo que has hecho en Alía, te busco, te encuentro y te pego un tiro”. Con ello don Ambrosio Eransus consiguió que no se matara a nadie en Castellblanco.


En la última parte del libro titulada “Carlismo y represión durante el primer franquismo en las comarcas de Castelló de la Plana”, su autor, Josep Miralles, relata no solo como los carlistas intentaron mantener su organización propia sin aceptar cargos en el partido único de Franco ni en el régimen surgido de la “Victoria de 1939” que para nada les representaba y en todo les resultaba ajeno, sufriendo por ello diversas penas de destierro e incluso prisión documentándose varios casos a título de ejemplo en el que carlistas atestiguaron a favor de represaliados políticos en los consejos de guerra a los que eran sometidos por las nuevas autoridades y que demuestran un gran valor al suponerse en las circunstancias en las que prestaban tales testimonios de descargo a favor de personas que en la mayoría de los casos estaban condenadas antes incluso de que se dictase sentencia.


El libro “Carlismo y Represión Franquista” constituye un muy interesante apunte histórico de lectura imprescindible que abre aún más el camino para la realización del cada vez más necesario estudio definitivo sobre el Carlismo bajo el Franquismo y su oposición al mismo.


lunes, 9 de noviembre de 2009

¿POR QUÉ SE CONMEMORA TANTO LA II GUERRA MUNDIAL?

Todos los años, especialmente los acabados en nueve, se conmemora oficialmente con grandes fastos el inicio de la II Guerra Mundial, el día 1 de Septiembre de 1939, así como en los años terminados en cinco, allá por el mes de Mayo, se conmemora con no menores fastos el final de la misma.

Tanta conmemoración y recuerdo de la última conflagración mundial contrasta con el olvido institucional, político e histórico que, transmitido a los ciudadanos de a pie, opera en relación a la I Guerra Mundial cuyo inicio, en 1914, esta próximo a cumplir su primer centenario y de la que solo se habla ocasionalmente por alguna noticia puntual como el fallecimiento del último combatiente francés en aquella guerra en el año 2008.


Se podrá argumentar que la II Guerra Mundial nos resulta cronológicamente más próxima, aunque los setenta años transcurridos desde su inicio no la alejan mucho en el tiempo del centenario próximo a cumplirse de la Gran Guerra; también se podrá argumentar que el número de víctimas, más de cincuenta millones, sobrepasa el drama humano de los más de nueve millones de muertos que generó la Guerra del catorce, como si la pérdida de una sola vida humana en un conflicto armado no fuese ya de por sí suficientemente dramático y por último se recurre al argumento de las magnificadas consecuencias políticas de la II Guerra Mundial que se limitan a una división del mundo en dos bloques antagónicos que ya no existen, mientras que las consecuencias políticas de la Gran Guerra aún las está sufriendo la humanidad actuando como aquellas minas olvidadas que, enterradas hace años, explotan accidentalmente causando víctimas inocentes.

Efectivamente, la única consecuencia originaria (y esto es discutible como ya veremos) de la II Guerra Mundial fue la política de bloques que dividió al mundo durante más de cuarenta años y que ya ha desaparecido, en cambio, la humanidad aún está padeciendo las consecuencias de aquella Guerra de 1914 o, mejor dicho, de sus tratados de paz. De hecho, la misma II Guerra Mundial es consecuencia directa de la I Guerra Mundial y si analizamos los grandes conflictos bélicos que se han dado en la última década del Siglo XX nos encontramos conque todos ellos tienen su origen en la Gran Guerra o en sus tratados de paz: así, las guerras que asolaron Yugoslavia encuentran sus orígenes en la desintegración del Imperio Austro-Húngaro, la Guerra del Golfo de 1991 es una consecuencia de la desintegración del Imperio Turco y de la traición británica a los árabes en 1918 y finalmente, el conflicto árabe-israelí, que ha protagonizado toda la segunda mitad del siglo XX y que aún sigue irresoluto, es fruto de la misma desintegración del Imperio Turco y de la mencionada traición a los líderes árabes sublevados contra los turcos en 1916 que supuso la Declaración Balfour.

Incluso también podría considerarse que la Guerra Fría tuvo sus orígenes en la Gran Guerra porque, tras la Revolución Rusa de 1917 y los tratados de paz de los años 1919 y 1920, las potencias occidentales iniciaron una política de aislamiento internacional y bloqueo de la recientemente nacida Unión Soviética que, de no haberse roto por el tratado de Rapallo en 1922 suscrito entre Alemania y la Rusia Soviética, por el reconocimiento internacional de la URSS en 1923 por parte de Italia y por la posterior Alianza internacional contra el Reich Alemán durante la II Guerra Mundial, habría supuesto adelantar la política de bloques y la Guerra Fría más de veinte años.

Así pues, volviendo a la pregunta que da título a este artículo, si la I Guerra Mundial y sus tratados de paz han ejercido y ejercen una mayor influencia en la vida presente de toda la humanidad y determinan actualmente muchas políticas internacionales ¿Por qué se insiste en otorgar, institucional y políticamente, tanta importancia a la II Guerra Mundial y en conmemorarla tanto?. La respuesta a esta pregunta es muy sencilla y se encuentra en que la II Guerra Mundial, hábil y falsamente presentada exclusivamente como una lucha moral e ideológica entre la libertad y el totalitarismo, entre el bien y el mal; se ha convertido en el hecho histórico que ha exorcizado doscientos años de política gravemente errática cuando no simplemente criminal del liberalismo permitiéndole actuar con plena libertad e impunidad durante los últimos setenta años sin que nadie cuestione sus acciones y justificando en no poca medida los procesos neoliberales y globalizadores que hoy padecemos pues… Después de Auschwitz ¿Qué importa My Lai o Irak? o ¿A quién le interesa realmente la explotación laboral infantil en el Tercer Mundo?.

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