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martes, 5 de febrero de 2013

EL SER HUMANO, ESE ANIMAL LÚDICO



En la evolución de la vida, el homo sapiens ocupa el lugar más elevado. La frontera con nuestros parientes biológicos más próximos, los primates, no es tan acentuada como algunos ingenuos pensaron en principio. Pero sí pueden observarse ciertos rasgos diferenciadores bastante marcados, algunos de los cuales sólo hallamos en estos parientes en forma balbuceante. Recordemos nuestra habilidad manual, la invención del lenguaje como elemento simbólico que nos capacitó para comunicarnos y para el razonamiento abstracto, la introducción entre el estímulo y la respuesta de una intermediación reflexiva capaz de superar la tendencia instintiva, tanto en orden a posponer la gratificación de la conducta como a pasar de ella, para la realización de ciertos valores comunitarios, la búsqueda de un sentido trascendente a nuestra existencia  y la realidad entera… 

Nacemos bastante más inacabados que las demás crías biológicas. Necesitamos una infancia prolongada y bien protegida por unos cuidadores nutritivos para nuestra desarrollo biológico y cultural. Por eso, quizá nunca dejamos de ser enteramente niños y conservamos incluso en la época adulta una curiosidad inagotable y el afán del juego. ¿Qué es el juego?. Algunos razonando superficialmente consideran que la actividad lúdica es una frivolidad. El juego es una conducta, alejada de todo afán de supervivencia, en la que su fin básico es la diversión. Mayoritariamente social, también puede jugarse en solitario, aunque para la mayoría esto es bastante aburrido. Una mentalidad productivista que quiere convertir toda la vida en trabajo oneroso, lo considera una pérdida de tiempo.

Todo juego tiene sus reglas a las que hay someterse. Naturalmente inventadas que marcan la forma de realizarlo. Si se alteran, lo que se hace es crear un juego distinto. Claro que hay que cumplir las reglas, pero podemos hacer trampas, burlando la buena fe de los demás. El colmo es el de quien se hace trampas a sí mismo, jugando en solitario. Por eso, el juego es una escuela de valores. Hay que enseñar a los educandos tanto a ganar como a perder. El respeto a los demás se tiene que aprender  jugando. Un niño o adolescente malcriado, se niega a jugar, si ve que no gana. Claro que también vemos en algunos adultos esas rabietas, síntomas de inmadurez.

La mayor parte de los juegos encierran un cierto grado de competición. Competimos con otros jugadores, solos o en equipo, o con la naturaleza, en pruebas de esfuerzo, habilidad o ingenio. El espíritu más genuino de lo que debe ser se da, cuando sólo nos jugamos la honrilla o algo de valor meramente simbólico, como cuando un grupo de amigos se juega a los chinos o a los dados el precio de unos cafés. Pero si el importe del premio alcanza un valor desmesurado en términos económicos, ya nos salimos del terreno lúdico y entramos, aunque sea bajo la apariencia de un juego, en un terreno decididamente comercial, La consecuencia es la mercantilización de los propios jugadores, convertidos ya en profesionales. Es en estos juegos espurios, donde el número de espectadores interesados crece en proporción al interés dinerario y las apuestas entre ellos pueden alcanzar cifras escandalosas, como las correspondientes a los deportistas de élite, a sus traspasos y a las pagadas por las empresas patrocinadoras que los emplean como soportes de su publicidad. De ahí, la necesidad de reglas estrictas e inspecciones de control para evitar chanchullos, como sobornos y dopajes. 

Las competiciones deportivas sirven de válvula de escape a las rivalidades entre grupos humanos. Claro que, en ocasiones, las incrementan. Los choques entre barrios, pueblos vecinos, naciones se dirimen a veces en forma de juegos de competición. A veces se han constituido como sustitutivos a batallas campales o a auténticas guerras entre ejércitos. En ese sentido no dejan de ser un claro avance. Pero siempre existe el riesgo de la que la violencia originaria regrese al terreno de juego. De ahí la necesidad mayor de reglas precisas, árbitros neutrales y sanciones en caso de incumplimiento de aquellas. Todos conocemos el grado de entusiasmo y cohesión que se muestras en esos vítores populares a los campeones deportivos a los que se atribuye el mérito de simbolizar con sus hazañas triunfales las mismas virtudes identitarias de sus colectividades. La reivindicación más fuerte emocionalmente de los nacionalismos irredentos y que más rechazo provoca en sus rivales, es precisamente la constitución de selecciones propias que participen en campeonatos internacionales.

Uno de los síntomas de la desconexión social acentuada que se da en estos tiempos líquidos es el incremento entre niños, y adolescentes de la afición a juegos solitarios, a través de maquinitas electrónicas. La diversión lúdica convertida en adictiva les aísla de su entorno social y muchas veces les priva de tiempo, sueño y capacidad de esfuerzo para sus tareas escolares. Cuando el juego se convierte en obsesión, deja de serlo y se transforma en una forma de esclavitud. La responsabilidad familiar, social y política con  respecto a este problema es enorme. No olvidemos los intereses económicos que se mueven en esta actividad y que no vacilan en aprovecharse de la fragilidad emocional de las personas jóvenes y de la abstención de los responsables de su educación. ¿Qué valores, además, transmiten mayoritariamente esos videojuegos?.

La reflexión final respecto a la cuestión del juego puede plantearse en forma de interrogantes: ¿Qué papel desempeña el juego en nuestra vida?. ¿Lo consideramos un estorbo, una frivolidad, o algo tan serio como pueda serlo nuestro trabajo?. ¿Lo vivimos en su aspecto más lúdico y gratificante, sin más fin que entretenernos junto a las personas que estimamos o buscamos en él otra finalidad, a menudo económica?. ¿Cuánto de nuestro tiempo le dedicamos?. ¿Qué es, primordial en el juego, participar o ganar?. ¿Podemos decir que respetamos a las personas con las que jugamos?.

                 Pedro Zabala


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