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jueves, 3 de octubre de 2013

SOBRE LA INTERESADA DESMEMORIA HISTÓRICA DE D. ENRIC SOPENA

 
La semana pasada con la excusa del posible ascenso a coronel de un conocido y controvertido contertulio habitual de la cadena “intereconomía” el no menos controvertido y conocido periodista, licenciado por la Universidad de Navarra, don Enric Sopena, publicó en el medio digital que dirige, “el plural.com”, un artículo pretendidamente sobre la extrema derecha en la España de Rajoy donde, tergiversando la historia y mostrando un radical sectarismo disfrazado de desconocimiento, arremetía indiscriminadamente contra la memoria del Carlismo, opuesto frontalmente con el Franquismo.

            Este artículo, titulado “En la España de Rajoy Resucitan los Carlistas y los JóvenesPopulares Alimentan el Facherío”, ha sido debidamente puntualizado, aclarado y contestado por don Josep Miralles y don Fernando García-Romanillos reproduciéndose a continuación sendas contestaciones.

            RESPUESTA DE JOSEP MIRALLES A LA “OPINIÓN” DE ENRIC SOPENA

 El periodista Enric Sopena, incondicional defensor del PSOE en todas las tertulias en las que participa, ha escrito el 23-9-2013, un artículo en El Plural.com, donde intencionadamente quiere ofender al carlismo más genuino, sin diferenciar entre el carlismo y el tradicionalismo más cerril.

Sopena que es un periodista que ya peina canas, aunque no sea historiador –las guerras carlistas fueron el siglo XIX y no el XVIII como él afirma en su artículo- debió conocer, al menos, el carlismo que desde mediados de los años sesenta del siglo XX reinició la oposición al franquismo bajo el liderazgo de D. Javier de Borbón-Parma y de su hijo Carlos Hugo, que por sus actividades antifranquistas fueron expulsados de España por el dictador en 1968. El Partido Carlista, no obstante, continuó su lucha contra la dictadura y contra la monarquía de Juan Carlos, en cuya primera época, se gestó desde las cloacas del nuevo Estado monárquico-franquista, el crimen de Estado del Montejurra 1976 contra los carlistas y la oposición democrática. Sobre ese carlismo, Sopena, como no puede ocultarlo lo minimiza diciendo que “un sector minoritario de los carlistas se pasó a la defensa de las libertades durante el tardo franquismo [pero que] ese carlismo desapareció”. Pues bien, ni lo uno ni lo otro. En primer lugar, no fue un sector minoritario, pues como dicen en su libro Crónica del antifranquismo, los periodistas que también peinan canas, Fernando Jáuregui y Pedro Vega, “el hecho de que los dos PC, el Partido Comunista y el Partido Carlista, sean en la práctica las dos fuerzas numéricamente más importantes de la época, no es probablemente ajeno a la aproximación que se registra entre ambas formaciones […] Tanto carlistas como comunistas veían muy clara la necesidad de que otros partidos entrasen a formar parte de esas plataformas [de oposición al franquismo]. Tardarían varios años en conseguirlo.” Y es que, como decían los comunistas durante las elecciones de 1977 para contrarrestar la propaganda del PSOE que pregonaba “150 años de honradez”, los del PCE decían: “150 años de honradez y 40 de vacaciones”. En este sentido conviene recordar que, curiosamente, cuando en 1971 la UGT (correa de transmisión del PSOE) intentó reimplantarse en Navarra, fue el socialista Enrique Múgica quien recurrió sin éxito a la Federación Obrera Socialista (FOS) una organización obrera que había creado el Partido Carlista. Así lo documenta en su tesis el historiador José Vicente Iriarte, publicada en su libro Movimiento obrero en Navarra (1967-1977). Organización y conflictividad. En segundo lugar, ese carlismo no ha desaparecido como lo demuestra la existencia tanto del Partido Carlista como de diversas plataformas carlistas independientes fieles a la dinastía proscrita encarnada por Carlos Javier de Borbón Parma, hijo de Carlos Hugo y que nada tienen que ver con la Comunión Tradicionalista del Sr. Miguel Ayuso, absolutamente minoritaria.

Como el periodista Sr. Sopena debe saber, en los crímenes de Montejurra-76, el Estado se valió de antiguos tradicionalistas que se agruparon en torno al hijo disidente de D. Javier, Sixto Enrique, que se atribuyó, la representación del carlismo recreando una reaccionaria Comunión Tradicionalista de la que actualmente es dirigente el tal Miguel Ayuso al que Sopena cataloga de “teniente coronel carlista de la boina roja” con evidente ánimo de insultar al conjunto del carlismo.

Por lo que se refiere a la participación carlista en la Guerra Civil al lado de los sublevados, es evidente que si la República no hubiera atacado o permitido el ataque a la libertad religiosa de la  Iglesia Católica, seguramente los carlistas no se hubieran sublevado. Y es que efectivamente, como dice Sopena, los carlistas “contribuyeron a la victoria del Caudillo y sus golpistas en la guerra civil” pero fue muy a pesar suyo, puesto que iniciada la guerra, el carlismo oficial y mayoritario de D. Javier y Fal Conde, se opusieron a la deriva totalitaria y filofascista de Franco y Serrano Suñer, y al Decreto de Unificación en el partido único de inspiración falangista, razón por la cual, D. Javier y Fal fueron expulsados de España y otros muchos requetés carlistas fueron represaliados por el régimen y la falange. Por eso se ha dicho que el carlismo fue vencido en el campo de los vencedores. 
 
Dice el Sr. Sopena que las “guerras carlistas fueron brutalmente sangrientas. Querían los carlistas o tradicionalistas liquidar a los liberales, que en cierto modo eran los progresistas de aquella época.” Es evidente que con esta afirmación tan presentista Sopena pretende cargar las tintas contra el carlismo decimonónico. Sin embargo, si se estudia a fondo el liberalismo y el carlismo del XIX se verá que la historia no es tan simple y que hay muchos matices que hacen pensar que los planteamientos carlistas eran mucho más “democráticos” que el de los partidarios del liberalismo censitario. A modo de ejemplo citaré unos cuantos textos de origen no carlista:

Miguel de Unamuno, en En torno al casticismo escribió: “¿Cuándo se estudiará con amor aquel desbordamiento popular que trascendía de toda forma? ¡Cuántas cosas cabían en los pliegues de aquél lema: Dios, Patria y Rey! […] aquel empuje profundamente laico, democrático y popular; aquella protesta contra todo mandarinato, todo intelectualismo y todo charlatanerismo, contra todo aristocratismo y centralización unificadora.” También en su escrito “Sobre la tumba de Costa” escribió: “El carlismo puede decirse que nació contra la desamortización, no sólo de los bienes del clero y los religiosos, sino de los bienes del común” y añadía que  “el colectivismo agrario de Costa, sus deseos de volver a aquella propiedad comunal que recuerda el MIR ruso, lo de la política de alpargata, todo ello es carlismo”

Sobre la idea de autogobierno y democracia participativa el embajador británico en Madrid, George Villiers, del partido progresista, escribía en 1835 a su hermano: “La mayoría de la gente es honrada, pero es carlista, odian lo que se llama gobierno liberal, instituciones liberales, y hombres liberales. Pero donde tú y otros extranjeros estáis más equivocados es al pensar que el pueblo español está esclavizado. No hay en Europa otro pueblo tan libre: las instituciones municipales en España son republicanas; en ningún país existe tanta igualdad real. El pueblo se gobierna a sí mismo a través de unas cuantas costumbres antiguas, le importan poco las leyes y los decretos reales y hace más o menos lo que le apetece […] Todo lo que desean es que el Intendente no les robe tanto, y que el alcalde no les moleste demasiado […] Es un engaño suponer que el clero regular es detestable. Eso es verdad en las grandes ciudades, pero no lo es en el campo. Los monjes son los propietarios residentes, los caballeros del campo de España. Ellos alimentan, dan trabajo y consuelan a la gente; son además, la aristocracia de los pobres”.

Otro británico, que en este caso luchó contra los carlistas durante la Primera Guerra, Alexander Sommerville, explicaba así la defensa de los fueros, otra de las divisas del carlismo histórico: “…esta palabra en un sentido significa ‘leyes’, y en las provincias del norte estas siempre equivalen a los ‘derechos del pueblo’, o al derecho de heredar propiedad, así como al de hacer sus propias leyes, siendo exentos de impuestos nacionales y de las leyes generales de España.”

Y un investigador libertario, también, por cierto, anticonstitucionalista –afortunadamente no todos estamos adoctrinados con el patriotismo constitucionalista democrático-burgués, tanto da que sea de derechas como de izquierdas-, Félix Rodrigo Mora, en su libro La democracia y el triunfo del Estado, escribe sobre alguna de las “brutalmente sangrientas” criaturas del liberalismo como “La sangrienta Milicia Nacional, aparato represivo por excelencia del primer liberalismo, constituido por los poderhabientes y pudientes armados de cada localidad” que combatían al carlismo, haciendo referencia también a un historiador –José Luis Comellas-  que dice que “el coronel González, sólo en un día mandó pasar a cuchillo a trescientos guerrilleros que se habían rendido” y que “el número de asesinatos, de presos, de incendios, de arrasamientos, de saqueos y abusos cometidos (por los liberales en el poder) entre noviembre de de 1822 y septiembre de 1823 son prácticamente incalculables”

Josep Miralles 

RESPUESTA DE FERNANDO GARCIA-ROMANILLOS 
  25 septiembre 2013, dirigido a Enric Sopena. Elplural.com

La identificación que hace este post entre carlistas y facherío es inexacta e injusta. Inexacta porque ignora la historia franquismo, del tardofranquismo y del postfranquismo. Es falso que los carlistas estuvieran alineados con franquistas y falangistas hasta el final de la dictadura. Salvo unos pocos tradicionalistas colaboracionistas, el carlismo liderado por el príncipe Javier de Borbón Parma y su hijo Carlos Hugo estuvo frente al Régimen.

Recordarás, Sopena, que Carlos Hugo de Borbón, y posteriormente su padre y hermanas, fue expulsado de España en diciembre de 1968 tras ser detenido por la Guardia Civil en Zaragoza.

Esa identificación es injusta con todos los demócratas que lucharon contra la dictadura franquista en los años 60 y 70. Dirigentes comunistas, socialistas, libertarios, democratacristianos y obreros de aquella época, empezando por Santiago Carrillo y Marcelino Camacho y terminando por Ruiz-Giménez y el comandante Busquets (UMD), dejaron testimonio del compromiso del Partido Carlista con las libertades y en la constitución de la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia Democrática.

Es injusta con la verdad histórica y con quienes padecieron, como carlistas, la persecución de la dictadura. La minoría fue la que, abanderada por Sixto de Borbón y otros miembros de la ultraderecha, y protegida por el entonces ministro Fraga Iribarne y la Guardia Civil, atacaron a los auténticos carlistas en su cita anual de Montejurra (Navarra), en mayo de 1976, causando dos muertos.

Lamento, Sopena, que en tu comprensible afán por denostar los restos fascistas incurras en la ligereza tan inexacta como dolorosa de identificar al carlismo que se desenvolvió en la clandestinidad con sus perseguidores.

Fernando García-Romanillos. Periodista    

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