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sábado, 24 de mayo de 2008

LOS ORÍGENES DE LA CRUDA REALIDAD DE IBEROAMÉRICA


Desde algunos años a esta parte, la llegada al poder de diversas repúblicas sudamericanas de líderes izquierdistas como Chavez, Morales, Da Silva, etc… esta llenando de infantil entusiasmo y erróneamente deslumbrando a un gran número de españoles y de grupos políticos más o menos representativos quienes, sin atravesar el Atlántico y ver in situ los logros o fracasos de tales líderes, se dedican a predicar sus inmensas bonanzas más imaginarias que reales.

En España y prácticamente desde la misma independencia hace doscientos años, la realidad iberoaméricana se ha visto con una perspectiva que siempre ha mezclado nostalgia por las provincias (que no colonias) perdidas, paternalismo hacia el pueblo hermano y fe mítica en una posible y futura reunión o confederación. No obstante, dicha perspectiva, escasamente compartida al otro lado del Atlántico, siempre se ha construido sobre premisas falsas y desde un sentimiento de culpa hábilmente inculcado por ajenos intereses en los españoles desde la Leyenda Negra que, como primer ejemplo de guerra psicológica, ha terminado siendo creída y asumida por aquellos contra la que se dirigía.

En 1782, tras seis años de desoladora y sangrienta guerra, Inglaterra reconocía en el Tratado de Versalles la Independencia de las Colonias que constituirían los Estados Unidos de América los cuales heredaban de la administración británica, importantes problemas internos y externos como la fijación de la frontera con Canadá, la división entre las colonias norteñas y sureñas y la ausencia de un paso al Noroeste que permitiera la extensión hacia el Pacífico. Tan solo treinta y cinco años después obtenían su independencia (tras una guerra si no menos sangrienta, si menos desoladora) todos los virreinatos de América y es aquí donde surge la primera pregunta a la que habría que encontrar respuesta antes de plantearse la cuestión Iberoaméricana cual es: Si los virreinatos americanos obtienen su independencia tan solo treinta y cinco años después que las colonias británicas y en una situación económica, geográfica y cultural similar o incluso mejor a los Estados Unidos, ¿Por qué los Estados Unidos están donde están y los países hispanoamericanos forman cada vez más parte del tercer mundo?

Pues bien, la respuesta a esta pregunta se encuentra en la notable diferencia mental y moral que existía entre los padres de la Revolución Norteamericana de 1776 y los hijastros sudamericanos, nada aventajados de aquella revolución. Para empezar los Washington, los Jefferson y los Franklin eran hombres políticos que buscando, solo en último extremo la independencia, tenían claramente pergeñado en sus mentes el sistema político que vendría después. Así, una vez rotas las hostilidades con la Gran Bretaña tras la declaración unilateral de independencia en 1776 sabían perfectamente que tras la contienda y con la independencia en sus manos tendrían que constituir un Estado internamente cohesionado que mantuviera importantes relaciones comerciales, políticas e incluso militares con Inglaterra y que, en ningún caso, dicha independencia debería deberse a otras potencias extranjeras como Francia y España cuyo apoyo fue decisivo (1) y asimismo tenían muy clara la doctrina del “Destino Manifiesto” que por ejemplo incluía la Isla de Cuba como parte integrante del nuevo estado.

Igualmente los hombres de la independencia norteamericana eran hombres de su tiempo, instruidos, más o menos cultos, conscientes de pertenecer a una cultura (la anglo-sajona protestante) y poco tendentes a caer en corrupciones que pudieran comprometer al país que estaban dispuestos a crear y fortalecer.

Por su parte los líderes de la independencia hispanoamericana como Bolivar, San Martín, Sucre, Hidalgo… eran hombres personalmente limitados, corruptibles y corruptos que ninguna idea de futuro poseían y que desde el inicio de sus pretensiones se mostraron como “mendicantes de independencia” ante potencias extranjeras como la Gran Bretaña que de forma sibilina les presto ayuda contra la España Peninsular a cambio de un elevado interés que, una vez obtenida la independencia, presentó al cobró y se cobró arrebatándoles desde yacimientos mineros hasta territorios enteros.

Desde el origen de la independencia hispanoamericana y más aún, como consecuencia de ella, las riquezas naturales quedaron en manos de potencias extranjeras que sustituyeron a la España peninsular y a los propios americanos en su explotación, circunstancia esta que sin duda provocó un fuerte y creciente distanciamiento entre las republicas recientemente nacidas y España ya que el intercambio comercial con las antiguas provincias se redujo notablemente e incluso llegó cortarse drásticamente a raíz del acoso al comerciante español que se produjo en determinados países como México. Asimismo, aquellos hombres que habían provocado la secesión, se mostraron incapaces de organizar estados modernos porque ellos mismos lejos de ser líderes de naciones, solo alcanzaban a tener una mentalidad de caciques territoriales, que sin criterios políticos para gobernar naciones, apenas alcanzaba su pequeña mente a forjar pésimas administraciones de tierras que, como vulgares terratenientes aficionados al juego y acosados por los acreedores, estaban dispuestos a parcelar segregando pedazos de sus inmensas fincas para mal venderlos al primero que les ofreciera unas monedas (2).

El hombre de la independencia de los Estados Unidos era un hombre coherente, inteligente, político hábil y negociador abierto dispuesto a gobernar un Estado. El hombre de la independencia hispanoamericana era un hombre pagado de sí mismo, dispuesto a adquirir títulos grandilocuentes como “El Sublime” o “El libertador” y a hacerse retratar con uniformes llenos de charreteras y plumas. Los primeros eran zorros, los segundos simples gallos de corral de cresta grande y hermosa y… en esas siguen, los hombres han cambiado pero no sus tendencias al espectáculo ridículo y a la inoperancia política, a la corrupción y al verbo vacío de realidades y mientras tanto, los pueblos sufren o desesperados se dejan llevar por los deslumbrantes focos del escenario ignorando que en nada cambiarán sus circunstancias al final de la función.

Así pues, la independencia de las repúblicas hispanoamericanas salió mal, porque no podía salir de otra forma al ser fruto, no del desarrollo histórico, de la necesidad política o de la voluntad unánime de un pueblo, sino de la ambición desmedida y grosera de unos hombres muy pequeños en los que la independencia desarrolló hasta el gigantismo su inclinación natural a la corrupción política y social e hizo desaparecer cualquier rastro de virtud personal lo que favoreció la aniquilación de todo lo que pudiera ser base de una economía futura, el hundimiento en el abismo de sus países y el muy recurrente odio a España y a los Españoles, cosa que aun hoy les viene muy bien para justificar su patética realidad llamando poderosamente la atención que transcurridos doscientos años desde que España reconociera la independencia de estos territorios, no solo no han mejorado nada en ningún aspecto sino que cada vez se empobrecen más y se alejan más de las posibilidades del imprescindible desarrollo material por lo que debería revisarse la política de colaboración que España tiene con esas repúblicas porque para los pueblos hermanos de Iberoamérica TODO, pero para las bandas de tahúres, gañanes y bandoleros que malamente les gobiernan y les tiranizan, NADA.


(1) Quien esto escribe tiene la idea, que no debe ser peregrina de que entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña existe desde el mismo reconocimiento de la independencia de las colonias en 1782 un acuerdo o tratado secreto político, económico y militar entre ambos países de ayuda y apoyo mutuo. Si no ¿Cómo se podría explicar que durante la gran guerra de 1914 a 1915 Estados Unidos declarase la guerra a Alemania cuando ésta estaba a punto de estrangular económicamente a Inglaterra con la guerra submarina en 1917? ¿Cómo si no se puede explicar que al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939 la armada británica abandonara el Océano Pacífico para concentrarse en el Atlántico y que fuera Estados Unidos quien se encargara de patrullar y en su caso defender el Pacífico, lo que al final el llevaría al enfrentamiento con el Japón?.

Por otra parte Francia y España, jamás recuperaron el dinero prestado a los norteamericanos en su lucha contra los británicos y de aquella independencia solo obtuvieron la devolución de las posesiones de la Luisiana y de La Florida que a los pocos años y mediando presiones y amenazas norteamericanas tuvieron que ser vendidas a los norteamericanos.

(2) Recordemos al respecto como el Sublime Santa Ana, cedió el territorio de Texas a cambio exclusivamente de salvar su vida tras la timba que fue la batalla de San Jacinto.

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