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martes, 9 de octubre de 2012

ENTRE EL SILECIO Y LA PALABRA



         ¿Qué fue primero el silencio o la palabra?. ¿Acaso no es la palabra más que un interludio entre dos orillas de silencio?.¿Puede oír la palabra quien no es capaz de percibir el silencio?. Sin la escucha, la palabra quedaría vacía, reducida a puro monólogo, a un bla, bla, bla..., sin eco. La palabra es mucho más que el ruido, rompedor del silencio. La palabra entraña la intención del hablante, de quien quiere comunicar. El ser humano es tan “faber” como “ loquens”, tan manos como lengua, tan manipulador de la materia como transmisor de ideas.

         De siempre, la palabra ha servido para nominar, para dar nombre a entes de cualquier clase. En Oriente, se pensaba que dar nombre equivalía casi a dar vida a aquello que se nombraba. Pero esta suerte de pensamiento mágico no parece haber desaparecido. En la lógica del materialismo científico, nombrar algo equivale a clasificarlo, señalar un conjunto superior del que forma parte, mostrar sus diferencias con los demás elementos del conjunto y además reseñar los subconjuntos que lo constituyen: creen que es la única manera de definirlo. Bastaría con cambiar el criterio de clasificación, para identificar el ente como si fuera distinto.  Con lo que a esta lógica se les escapa tanto la singularidad individual como la interconexión total de la realidad. Ya que todos los seres, sobre todo los humanos, somos nudos de relaciones, de manera tal que sólo una forma holística, es decir global, totalizante, de razonar se acerca más certeramente a la realidad.

         Podemos emplear la palabra bien o mal. Puede servirnos para favorecer al prójimo o para perjudicarlo, para alegrarlo o para entristecerlo, para sanarlo o para herirlo. Es un instrumento de paz y desgraciadamente, muchas veces de guerra. Sirve tanto para unir corazones como para sembrar discordias. Se puede decir bien, bendecir, y decir mal, maldecir. De ahí, la  advertencia ética del dicho judío: es preferible ser un maldito que el que maldice.

         Además del lenguaje verbal, existe el corporal. Con el cuerpo básicamente “NOS” comunicamos, con el habla podemos comunicar ideas. ¿Quiénes se han irrogado el monopolio de la palabra pública y han reducido a los demás al silencio?. Los detentadores del poder, sea éste político, económico o religioso, que en muchos casos han confluido en las mismas personas. Los oprimidos, las víctimas quedaban reducidas a la mudez, salvo que usaran las voces de los amos, unas veces impuestas por la fuerza y otras, lo que es peor, haciéndolas  suyas, interiorizándolas. Así, durante largos lapsos de tiempo hasta que estallaban en gritos de revueltas y rebeliones, alzando nuevas palabras de liberación. La mayor parte de las veces, estos motines fracasaban, ahogados en sangre y con cadenas aún más graves. Pero en otras, triunfaban, seguramente porque una facción de los poderosos rompía su lealtad originaria y se alineaba con los oprimidos y enarbolaba su bandera, haciendo suyas sus palabras esperanzadas. Pero al triunfar los nuevos regímenes se hicieron con el poder, quitándole la voz al pueblo y encima le decían que era la suya, pero que sólo podía ser interpretada por ellos.

         La invención de la imprenta, la escolarización obligatoria, los medios de difusión masivos, hicieron posible, junto al establecimiento de un sistema de libertades, en algunas partes del planeta, que los poderosos tuvieran más difícil ese monopolio de la palabra pública. El que sea más difícil, no significa que les resulte imposible. La concentración creciente de los medios de comunicación en pocas manos, la impotencia de los Estados nacionales ante los grandes poderes económicos, un consumismo pasivo y conformista, la ausencia de voces críticas significativas y la degeneración de la calidad educativa pueden propiciar esta mudez creciente de las poblaciones dentro de estas democracias meramente formales, donde los ciudadanos son contados en la hora de depositar sus votos, para no contar luego para nada.

         No podemos tampoco olvidar que en los sistemas patriarcales la palabra pública es cosa de varones. La mujer debe callar en lo externo: el ágora, el foro o la iglesia. Su campo de comunicación debe ser exclusivamente el privado. Por, eso históricamente desarrolló mucho más el lenguaje corporal y su interpretación. Hoy, las cosas están cambiando en algunos territorios y en determinados estratos sociales.  La mujer, gracias a las luchas feministas, ha de dejado de ser muda en el espacio público. Reclamó su derecho y ha empezado a ejercerlo en todos los ámbitos. Pero no hay que olvidar que en muchos casos se le niega y se castiga su osadía al intentarlo. La prefieren muda, sometida. Claro que siempre hubo mujeres rebeldes que no se doblegaron. Prefirieron alzar su voz, aunque fuera a costa de castigos, de su aislamiento. La historia, palabra escrita mayoritariamente por varones, intentó silenciarlas, invisibilizarlas, reducirlas al olvido. Claro que en los últimos tiempos se intenta, por historiadores de ambos sexos, recuperar esas memorias, no perdidas, pero sí sepultadas por losas de desprecio discriminatorio. Una de las manifestaciones de esas luchas feministas es la obsesión contra el lenguaje sexista, simbolizado en la primera persona del plural que, sobre todo en las lenguas indoeuropeas, abarca gramaticalmente tanto al femenino como al masculino. Obsesión que casa mal con el empleo por alguna de estas féminas de alusiones a atributos viriles como expresión de ciertas cualidades de las que ellas serían también portadoras. Esta contradicción es, para mí, síntoma de algo más grave: el acceso por algunas mujeres a la voz pública se ha hecho aceptando un lenguaje que incorpora los perniciosos valores de la ideología machista, el afán de dominio y la competitividad insolidaria.    

         Existe, además, otro ámbito en el que la palabra queda reducida a una minoría, como medio de ejercer su poder sobre la mayoría. Es la esfera de las religiones, en que una casta, especializada en separar lo sagrado de lo profano, se atribuye el primer carácter y pretende su intermediación forzosa entre lo trascendente y la conciencia de los fieles. Quienes no aceptan ese papel monopolista son tachados de herejes, al menos en vida, pues después de su muerte, algunos de estos disidentes fueron aclamados como preclaros creyentes. Para mantener ese poder emplearon históricamente dos armas: la amenaza de un castigo eterno en la otra vida y cuando se entrelazaban con el poder político la posible tortura, prisión o muerte. No en Occidente, pero sí en otras zonas del planeta, hay religiones que todavía pueden emplear y emplean estos argumentos persuasores.

         Reclamar este derecho a la palabra para todos y cada uno de los habitantes de este planeta es un deber inexcusable de todas las personas. ¿Como podremos llegar a serlo en su plenitud mientra haya alguien, en cualquier sitio, condenado a un  silencio forzado?.  Hay silencios de protesta que son mecanismos de lucha, pero hay otros silencios que son cómplices de injusticias. ¿Sabemos cuándo tenemos que hablar y cuándo hemos de callar?.

                                                                              Pedro Zabala 

1 comentario:

guicruzgar dijo...

Hola querido Pedro. Es un articulo muy currado, se nota que tienes estudios de Sociologia.
Te felicito y comparto una gran parte de lo que dices.
Saludos cordiales

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