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miércoles, 9 de agosto de 2017

TURISMOFOBIA


Los lemas anti-turismo recuerdan los lemas xenófobos de toda la vida

       El reciente ataque a un autobús turístico en Barcelona por parte de un colectivo próximo a la Coalició de Unitat Popular (C.U.P.) está siendo tratado por los medios de comunicación de una forma muy superficial como si no fuera el colofón de un sentimiento de malestar existente entre buena parte de la ciudadanía barcelonesa y de otras ciudades españolas que muestra una evolución o involución del pensamiento social hacia la pendiente del desquiciamiento. Si para los Medios de Comunicación el ataque ha sido obra de unos radicales que atentan contra la riqueza que proporciona el turismo, para los miembros de la casta política una justificación para atacar al gobierno de la Generalitat y para el amplio sector de los bien pensantes, situados siempre en lo políticamente correcto, un problemilla que se soluciona con regulaciones; lo cierto es que detrás de cualquier acción siempre está el pensamiento o la idea que lo precede y lo alimenta y que, en muchas ocasiones, no es más que el razonamiento perverso de mentalidades incoherentes y que no saben lo que quieren.

            El ataque al autobús turístico se ha calificado por los medios de "Turismofobia", vocablo nuevo inventado por la prensa para referirse a lo que no es más que un cambio de mentalidad de la ciudadanía respecto al turismo: si hace tan solo diez años buena parte de la sociedad española veía al turismo como algo bueno y beneficioso, hoy, crece en esa misma sociedad la idea contraria, la de que el turismo es algo malo y perjudicial.

            Desde los años sesenta del Siglo pasado, el turismo ha sido visto por las instituciones políticas y por la sociedad en general como algo bueno que generaba riqueza, puestos de trabajo e incluso, en aquella época, era anhelado y bien visto por la oposición al régimen franquista al tener la firme creencia de que actuaría como un factor que iría cambiando sociológicamente al país y forzaría el aperturismo político.  Desde sus orígenes, el turismo en nuestro país tuvo sus detractores y sus opositores como prueban las no pocas noticias que sobre turistas extranjeros apedreados en las playas por lucir el famoso "Bikini" publicaban los periódicos del momento, pero dichos opositores eran muy pocos y encontraban enfrente a toda la fuerza represiva de un estado autoritario. Si la primitiva oposición al turismo se situaba entre la pura ignorancia y la caverna, la actual viene, por el contrario, de los llamados sectores progresistas y de personas de cierto nivel, e incluso relevancia, cultural que parecen dar la razón a los primeros.

            Los que hoy protestan contra el turismo, ponen de manifiesto el impacto que este produce en las poblaciones en las que recae porque supone una saturación demográfica, un incremento de la inseguridad ciudadana, un aumento del consumo de agua y otros recursos naturales y el colapso de determinados servicios, pero tal impacto no es nuevo ni viene solo de un tiempo a esta parte. Desde sus inicios, el turismo siempre ha supuesto un enorme impacto en las zonas turísticas como es fácil de comprobar, simplemente, observando en qué se han convertido, desde los años setenta del Siglo XX, cientos de pequeños municipios como Benidorm, en Alicante. La diferencia entre lo que pasaba en España en los comienzos del fenómeno turístico y el presente es que a nadie se le ocurrió que la oposición al turismo pudiera ser un puntal programático e ideológico ni pudiera generar una rentabilidad política hasta hoy.

            No se puede alegar, como hacen los contrarios al turismo, que el turismo de hace cincuenta años fuera mejor que el actual porque el turismo de hoy es el mismo fenómeno y responde a los mismos principios que el de hace cincuenta años. Lo único que ha variado es que hoy el número de población que puede permitirse viajar es mucho mayor que hace cincuenta años y que el negocio turístico en general, al haber alcanzado hace tiempo su cota máxima de explotación de la calidad y no poder seguir incrementando beneficios basados en esa calidad, ha buscado el incremento de beneficios a base de la cantidad.

 ¿No se detectan graves contradicciones de pensamiento en este alegato antiturismo?
Hoy, como hace cincuenta años, el turismo no es más que un desplazamiento masivo de un grupo de población de su lugar de origen a otro que les resulta totalmente ajeno por un periodo de tiempo limitado transcurrido el cual se encuentra totalmente asegurado, o en un porcentaje muy elevado, su retorno al lugar de origen, radicando el negocio del turismo en ofrecer a esa masa de población desplazada satisfacción a todas las necesidades que pueda precisar (cultura, alimentación, vivienda, lugares de recreo, etc...). Ahora bien, cuando la totalidad de esas necesidades ya se encuentran cubiertas desde hace años por la oferta existente, el sector turístico no puede continuar su crecimiento por ahí por lo que, o bien hay que asumir su estancamiento, o bien hay que buscar otras cosas que ofertar a un número mayor y distinto de personas que, tal vez ,tengan menos poder adquisitivo pero que generan el mismo beneficio al suponer un incremento en el número de consumidores. Y de este modo nos encontramos con una degradación del turismo que era cosa previsible desde el principio y que nadie quería ver en su justo momento que es cuando hay que ver las cosas.

            Por su parte, las voces de los políticamente correctos que pretenden quedar bien con todos y no posicionarse al lado de nadie ni contra nadie, creen haber encontrado una mágica solución en una hipotética regulación del sector turístico de la que jamás explican en qué consistiría y que, sin darse cuenta que lo suyo no es más que el hablar por no estar callados, les lleva a posicionarse próximos a la "turismofobia". Al respecto, hay que indicar que bajo el pretexto de volver a un "turismo de calidad" la regulación que proponen solo puede ir en un sentido que es en el de la reducción del número de visitantes a determinados puntos y ciudades con lo que el negocio turístico quedaría afectado sensiblemente puesto que, guste o no, tantos puestos de trabajo y riqueza genera el turismo de "Palace" como el de "Hostel" y además supondría una clara discriminación por razones económicas al premiar de algún modo al turismo de "Visa Platinum" en detrimento del turismo de "mochila".

            El debate, sin duda, está planteado pero debe centrarse exclusivamente en el "quid" de la cuestión que radica en si el sector turístico, como otros sectores económicos, debe estancarse en aras de su sostenibilidad y en contra del incremento del beneficio económico o, si por el contrario, ha de desarrollarse ilimitadamente en aras del beneficio económico y en contra de toda moral y sostenibilidad.

            Pero, no obstante, lo extremadamente curioso y alarmante son los razonamientos que están elaborando ciertos grupos y sectores denominados "progresistas" y de "izquierdas" que, al haber visto en el turismo, un tema de explotación y rentabilidad política no han dudado ni un instante, para saciar su rapacidad, en asumir un discurso que en nada se diferencia de los discursos xenófobos de ciertos líderes de la extremaderecha europea pudiéndose afirmar que la "turismofobia" es la xenofobia de una izquierda que ya tiene que explicar muchas cosas de un discurso que, cada día que transcurre, va ganando en incoherencia, volubilidad y desquiciamiento pues deberían explicar como ellos, que son tan dados a pedir el derribo de muros y fronteras, pretenden crear fronteras y muros para los turistas por el simple motivo de serlo.

               

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