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lunes, 21 de junio de 2010

JOSÉ SARAMAGO: LA MUERTE DE UN IBERISTA


“Hablad de Castellanos y Portugueses

Porque Españoles somos Todos”

Luis de Camoens (1524-1580)


El 18 de Junio pasado fallecía en su exilio voluntario, en la localidad canaria de Tías (Lanzarote, España) el eminente premio Nobel de Literatura; don José Saramago.


Muchos han sido los actos de homenaje con motivo de su sepelio en los que se ha incidido interesadamente en el posicionamiento político del gran escritor hispano-luso, o mejor dicho, ibérico; recalcando su progresismo militante de izquierdas, pero del mismo modo interesado se ha ocultado su iberismo, es decir, su apuesta decidida por la idea de la unión ibérica del estado portugués y del español en uno solo y que, según una encuesta publicada por el diario luso “El Sol” en 2006, es compartida por el veintiocho por ciento de nuestros vecinos portugueses.


Si bien es cierto que don José Saramago fue un intelectual influenciado por la corriente ideológica marxista en la que se sitúa gran parte de su obra y su pensamiento, llegando a militar, en 1969, en el entonces, clandestino Partido Comunista Portugués; no es menos cierto que la militancia comunista no debe confundirse con lo que hoy es y se denomina izquierdismo, pues como claramente definió Lenin en un acertado ensayo, “el izquierdismo no es más que una enfermedad infantil del comunismo” y nada tiene que ver la postura reivindicativa de un intelectual marxista y ateo militante como don José Saramago con la mera pose aparentemente transgresora de los pequeños burgueses que, jugando a hacer la revolución, integran los poderosos partidos socialistas y eurocomunistas europeos.


Por otra parte, y alejado de todo afecto y encomio, se ha pronunciado el Vaticano, que ante el fallecimiento del escritor no ha hecho nada más que recordar que era marxista, laico, ateo y unos cuantos anatemas más ignorando su propia doctrina sobre el perdón y sobre la defensa de la persona humana (aunque se puedan criticar o atacar las ideas que profese) pero, sobre todo, padeciendo la ceguera (valga esta palabra también para recordar una novela de Saramago: “Ensayo sobre la Ceguera”) de negar el reconocimiento que merecen todas aquellas “raras avis” entre la intelectualidad occidental que, frente al mundo materialista actual, mantienen la esperanza de que se pueda reconvertir en algo mejor para todos.


Pues bien, el pensamiento y la obra que don José Saramago nos ha dejado a lo largo de sus ochenta y siete años de vida han hecho que este intelectual se haya convertido en algo que ha transcendido las estables fronteras hispano-lusas. Don José Saramago ha sido un escritor ibérico y utilizando en sus obras tanto la lengua española, como la portuguesa se convirtió en un autor que tendrá, o tiene ya, un puesto en la historia de la literatura portuguesa al mismo tiempo que en la historia de la literatura española, lo que probablemente le configura como el único literato internacional, porque hay que recordar que la nacionalidad de un escritor no es la que figura en su pasaporte, sino la de la lengua, o lenguas, en la que se expresa en sus obras.


Por otra parte, a lo largo de su vida, don José Saramago, trabajó por divulgar la idea de la Unidad Ibérica, es decir, la unión libremente pactada y pacífica de todos los pueblos de la Península en un único estado para resistir las presiones de la cultura y de la economía europea que no es sino la cultura y la economía de Inglaterra, Francia y Alemania, los tres países dominantes en torno a los cuales giran los intereses de la llamada Unión Europea. Esta idea ibérica es la que inspira su novela “La Balsa de Piedra”, la cual, por cierto puede entenderse como una crítica al errático europeismo triunfante tanto en España como en Portugal que lleva al sometimiento de los ciudadanos de estos dos estados a unas políticas supranacionales ajenas a sus intereses cuando no directamente contrarias a los mismos.


Igualmente, los postulados sociales de Saramago quedan plasmados en su primera novela “Levantado do Chao” (1980) en la que, adscrita a un realismo social tardío, describe las duras condiciones laborales de los trabajadores del Alentejo y en la novela “Memorial de un Convento” (1982) que se desarrolla en el medievo describiendo la dura vida cotidiana de los campesinos afectada por el hambre, las guerras y la religión.


Don José Saramago es una figura digna de todo encomio, y a pesar de su ateismo y de su marxismo, que no compartimos, desde aquí queremos rendirle un sentido homenaje porque con los honrados idealistas como él, que tienen sinceramente el bien supremo por objeto, tendremos que entendernos para hacer frente común al modelo economicista, amoral e injusto que se quiere imponer a la humanidad desde los distintos focos de poder, siendo nauseabundo que las plañideras que hace dos días han inclinado llorosamente sus cabezas ante su féretro sean los mismos políticos portugueses que en 1991 le vetaron para el “Premio Literario Europeo” por considerar que su novela “El Evangelio Según Jesucristo” era ofensiva para los católicos obligándole a exiliarse en tierras canarias y los mismos políticos españoles que han hecho constantemente caso omiso a su iberismo y a sus ansias de justicia social.


lunes, 12 de octubre de 2009

EL PREMIO NOBEL DE LA PAZ, UN PREMIO DESPRESTIGIADO

La reciente concesión del Premio Nobel de la Paz al actual presidente norteamericano Barak Obama ha despertado una gran polémica y controversia sobre estos premios que concede anualmente la Fundación Nobel y la Academia Sueca de las Ciencias y que tienen un total de seis categorías, siendo cinco las originarias instituidas por Alfred Nobel en su testamento de 1895 (Física, Química, Medicina, Literatura y Paz) a la que se añadió la de economía en 1968.

Alfred Nobel (1833-1896) fue un químico sueco que inventó diversos explosivos para uso militar como la balistita o la gelignita, siendo su mayor éxito científico la estabilización de la nitroglicerina mezclándola con tierra de infusorios dando lugar a lo que hoy se conoce como “dinamita”. Todos sus inventos así como sus inversiones en los pozos petrolíferos del Cáucaso y en numerosas explotaciones mineras le hicieron amasar una enorme fortuna al tiempo que desarrollaba cierto complejo de culpabilidad por el uso destructivo que la humanidad estaba haciendo de sus descubrimientos lo que, unido a la costumbre de la época de realizar acciones benéficas para perpetuarse en la memoria del género humano tras la muerte, hizo que redactase un testamento en el que donaba prácticamente toda su fortuna a una sociedad filantrópica –la Fundación Nobel- que anualmente otorgaría unos premios a los que hubieran realizado el mayor beneficio a la humanidad.

Los Premios Nobel se empezaron a otorgar en sus cinco categorías primigenias en 1901, siendo el primer galardonado con el Premio Nobel de la Paz, el suizo Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja.

No obstante, a diferencia de las otras cuatro categorías originarias en la que los criterios para otorgar el galardón suelen ser más objetivos, el Premio Nobel de la Paz, que se concede a propuesta de cinco miembros del Parlamento Sueco (Comité Nobel del Parlamento Sueco); no ha estado jamás exento de polémica porque en no pocos casos se ha otorgado por intereses políticos a personas poco dignas de ser consideradas benefactoras de la paz y de la concordia entre los pueblos. Así en 1906 se concedió al Presidente Norteamericano Theodore Roosvelt por su mediación en 1905 en la guerra Ruso-Japonesa, aunque poco se tuvo en cuenta su belicismo contra España en 1898, su intervencionismo militar en Marruecos y en Panamá y sobre todo, el hecho de que fue el instigador oculto del ataque japonés a Rusia en 1904.

A pesar de que desde 1901 el Premio Nobel de la Paz ha sido concedido a muchas personas de dudosa adhesión a la paz y al entendimiento pacífico entre los pueblos, no cabe duda de que el periodo de inflexión de este galardón que supone el declive en el prestigio de esta categoría de los “Nobel” son los años treinta del Siglo XX en los cuales, a pesar de concederse el Premio Nobel de la Paz de 1935 al pacifista alemán Carl Von Ossietzky que en ese año sufría injusta prisión impuesta por el régimen nazi que imperaba en Alemania no se dudó, por parte del Comité Nobel del Parlamento Sueco, en nominar al mismísimo Adolf Hitler para el Premio Nobel de la Paz del año 1938 como reconocimiento a sus gestiones para salvar la paz mundial en el Tratado de Munich.

Así pues, que se haya concedido el Premio Nobel de la Paz al actual presidente de Estados Unidos, Barak Obama, no debe sorprender ni escandalizar a nadie sino que debe entenderse, más bien, como un gesto más para congraciarse con la primera potencia del mundo porque difícilmente se puede considerar que Obama es “un gran benefactor de la humanidad” cuando tan solo lleva ocho meses en la presidencia del país con más cabezas nucleares del mundo y en este tiempo ni ha acabado con la guerra de Irak ni ha dado muestras de desarrollar una política menos agresiva que sus antecesores en Asia Central y en otras partes del planeta.


Recomendamos encarecidamente a la Fundación Nobel y a la Academia Sueca que recen mucho y eleven preces al Altísimo para que el Premio Nobel de la Paz de este año, Barak Obama, no decida durante el mandato que le resta por cumplir o en el siguiente, si es nuevamente elegido en el año 2012, invadir algún país bajo cualquier excusa porque, de no ser así, tendrían que ir pensando en dejar de otorgar el tan famoso, que ya no prestigioso, galardón para no hacer más el ridículo, como lo hicieron con su “pequeño desliz” de 1938 el cual han procurado ocultar durante años sin éxito.

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