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miércoles, 15 de marzo de 2017

¿EL RETO CARLISTA DE FELIPE VI?



La semana pasada, "La Otra Crónica" del diario "El Mundo"publicaba bajo el título de "El Primer Reto Carlista de Felipe VI" una curiosísima noticia según la cual, el 27 de Febrero del presente año, el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicaba la solicitud  efectuada por un magnate navarro de reconocimiento de un título carlista concedido por don Carlos VII en 1875 a un general de sus Reales Ejércitos.

            Que un señor desee adornar su tarjeta de visita inscribiendo en la misma el texto de "fulanito de tal.... Marqués de cual" es una cosa totalmente irrelevante pero tanto la noticia en sí como el tratamiento que de la misma efectúa "El Mundo" requiere algunas matizaciones para el público conocimiento de la ciudadanía soberana de este peculiar país que todavía es el nuestro.

            Para empezar, hay que decir que en nuestra castiza España quien no tiene un título nobiliario es porque o no quiere o no tiene dinero para pagarlo pues para ello solo hace falta que un experto en genealogía, Cronista de Armas creo que se denomina técnicamente, busque en los archivos nobiliarios uno de los innumerables títulos vacantes que existen en nuestro país, realice un profundo estudio genealógico, propio de un patricio romano, del aspirante al título que le vincule al último poseedor del mismo y finalmente que dicho aspirante inicie un procedimiento judicial en el que, a falta de otra persona que pruebe mejor derecho, le será reconocido la utilización del título previo pago de los correspondientes derechos de sucesión al mismo.

            Junto con los antiquísimos títulos nobiliarios españoles que tienen su origen en la época de la Reconquista existe un número importante de títulos nobiliarios que fueron otorgados bien por el Archiduque Carlos de Habsburgo (Carlos III para los Austrancistas) en la primea década del Siglo XVIII durante la Guerra de Sucesión Española o por los distintos representantes de la legitimidad, esto es, por los distintos Reyes Carlistas junto con otros concedidos por José I Bonaparte o Amadeo I de Saboya. Salvo contadas excepciones (1) estos títulos carecían de validez y de reconocimiento legal por el estado al haber sido reconocidos por monarcas que o bien renunciaron al trono o bien fueron derrotados y condenados al exilio.  Así pues, estos títulos se encontraban en un "limbo" legal hasta que la Ley de 4 de Mayo de 1948 promulgada por el dictador Francisco Franco además de restablecer la legislación nobiliaria anterior a la proclamación de la II República permitía en cierta manera el reconocimiento de los títulos nobiliarios austrancistas y carlistas al establecer en su artículo 3º que "Los títulos otorgados por Reyes Españoles en territorios que pertenecieron a la Corona de España podrán, asimismo, rehabilitarse mediante la revisión y tramitación correspondiente" (2).

            Se calcula que los legítimos Reyes Carlistas concedieron entre 120 y 150 títulos de nobleza de los cuales solo unos treinta, entre ellos el de Vizconde de Barrionuevo (¿A alguien le suena el apellido?), se acogieron a la legalidad franquista para su reconocimiento  lo cual dice mucho a favor de aquellos que no suplicaron al general en superlativo reconocimiento alguno porque evidentemente un título nobiliario solo puede ser concedido o reconocido por la persona de un Rey que lo es de forma legítima y no por un general que llega a dictador.

            Ningún Rey ni Emperador puede hacer nobles porque en puridad jurídica y moral a todos los ciudadanos se les presume nobleza por lo que en todo caso un Emperador o un Rey solo puede reconocer esa nobleza pero jamás concederla porque la nobleza es innata al ser humano y se tiene o no se tiene. Numerosas formas tienen los Reyes (y también los presidentes de República) de reconocer esa nobleza siendo una de ellas la de conceder títulos nobiliarios como premio por algún servicio.

Don Carlos Javier de Borbón Parma, único Jefe de la Dinastía Carlista
            Si los Reyes Carlistas concedían algún título lo concedían fundamentalmente como muestra de gratitud y reconocimiento a la lealtad que les demostraban aquellos que sostenían sus legítimos derechos frente a la usurpación triunfante y que, en muchos casos, sufrieron la persecución y el exilio junto a los monarcas. El hecho de que ahora alguien solicite, a través del Ministerio de Justicia, el reconocimiento oficial de un título carlista al actual Jefe del Estado al amparo de una legislación franquista dice mucho tanto del estado que lo reconoce como de la persona que lo solicita con la cual parece no regir la más básica norma de nobleza que es "honrarás a tu padre y a tu madre" o, lo que es lo mismo, a tus ancestros porque, evidentemente, no resulta lógico que un título nobiliario concedido por defender los derechos de la legitimidad vaya a ser reconocido por alguien que desciende de aquellos que persiguieron y proscribieron esa legitimidad, a los representantes de la misma y a sus defensores. Pero bueno ya sabemos eso de "¡cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras!".

            Habla el artículo de "La Otra Crónica del Mundo", que el reconocimiento del título en cuestión será una victoria del Carlismo y nada más lejos de la realidad porque el Carlismo ni gana ni pierde nada con ello y en todo caso lo que sí supone es una victoria, y una victoria aplastante, del Franquismo que demuestra su vitalidad a través de la vigencia de una parte de su legislación que prueba la continuidad y pervivencia en la actualidad de ese régimen al que se opusieron los carlistas con Don Javier I y Don Carlos Hugo de Borbón Parma al frente.

            Por último, y en consonancia con lo anterior, no deja de ser curiosa la manifestación de un portavoz de la Diputación de la Grandeza que recoge el artículo de "La Otra Crónica del Mundo" y que dice que "la tendencia ha sido no aceptar estas solicitudes. Salvo en dos casos. Lo correcto sería, como hacen los sucesores de otras mercedes nobiliarias, tramitar la carta de sucesión ante don Sixto y luego decidir si se va a tramitar o no el uso legal de la misma" porque dicha manifestación ignora, tal vez maliciosamente, que el actual Jefe de la Dinastía Carlista es Don Carlos Javier de Borbón Parma por lo que la mención a don Sixto, conocido ultraderechista implicado en los trágicos sucesos de Montejurra 76 y aliado del franquista Blas Piñar en 1979, está de más salvo que se trate de algún reconocimiento tácito de algo  por parte de alguien o una muestra significativa de comunión de ideales.














(1) Dentro de estas excepciones podemos y debemos mencionar los títulos de Conde de Morella y Marqués del Ter concedidos por Carlos V y Carlos VI al General Ramón Cabrera y reconocidos a éste por Alfonso XII tras su cambio de bando en la III Guerra Carlista.



(2) A falta de "Cronistas de Armas", que permitieran llevar a efecto esta ley con un mínimo de garantías, el General Franco no dudo en nombrar en 1952 "Cronista de Armas" a un falangista que había sido nombrado "Rey de Armas" por Carlos de Habsburgo, llamado Carlos VIII, conocido subsidiado del "El Movimiento", con lo que el dictador daba el mismo valor a la firma de Carlos de Habsburgo que a la de Alfonso (XIII) en lo que era un reconocimiento tácito de realeza.


miércoles, 8 de marzo de 2017

LOS LUGARES COMUNES DE LA POLÍTICA



De todos es conocido que la actividad política en nuestro país,  pero también en todos los demás de nuestro entorno, viene sufriendo una progresiva degradación que se manifiesta en la aparición de numerosos casos de corrupción, en la pérdida de su carácter de servicio público entre los individuos que se dedican a ella y en la falta de ideas novedosas y atrevidas para enfrentar los tiempos difíciles.


            Es precisamente en el plano de las ideas o, mejor dicho, en el de la ausencia de las mismas; donde todas los líderes políticos muestran tendencia a refugiarse en unas pocas expresiones que forman una serie de lugares comunes que, pretendiendo expresar en pocas palabras grandes conceptos, no son más que la manifestación de la vacuidad y evanescencia del pensamiento de quienes las pronuncian. Los lugares comunes de la política pueden ser “grandes” o “pequeños”, los primeros son aquellos  que pretenden ser de universal o, al menos, amplia aplicación siendo los segundos aquellos que solo tienen una aplicación restringida o son patrimonio, prácticamente en exclusiva, de los políticos de un estado concreto.

            Dentro de los “grandes” lugares comunes de la política nos encontramos con tan cacareadas expresiones como “los valores de Occidente” o “los valores republicanos”.

            Por lo que se refiere a “los valores de Occidente”, valores que ya tratamos de descubrir y explicar en un anterior artículo de “ElChouan Ibérico”, resulta curiosa la general alusión a tal lugar común por parte de los políticos de toda tendencia, ninguno de los cuales se ha molestado jamás en explicar que entienden por “los valores de Occidente” y en qué consisten éstos. Evidentemente  la existencia de unos “valores de Occidente” implica la existencia también de unos “valores de Oriente” que se le oponen y se le enfrentan, pero de esos “valores de Oriente” que parecen estar en pugna con los “valores de Occidente” nadie hace referencia, tal vez porque no existan o simplemente porque para los defensores de “los valores de Occidente” les sean totalmente desconocidos. En cualquier caso, todos debemos defender los “valores de Occidente” que deben prevalecer en cualquier circunstancia sobre los otros, sobre los que deben ser los “valores de Oriente”. En realidad, la ausencia de definición de este lugar común nos permite englobar en el término “los valores de Occidente” cualquier cosa o invención de última hora, de tal forma que “valor de Occidente” puede ser la práctica tradicional más inmemorial  que pueda practicarse en lo más profundo de la Selva Negra o la novedad más reciente aparecida en el Sudeste Asiático y que pueda interesar (pues es precisamente el interés de cada momento lo que define “los valores de Occidente”) al político de turno. Lo qué tal vez si pueda explicarse o justificarse sea el recurso generalizado a este lugar común de la política por parte de todas las tendencias y facciones ya que en un planeta redondo, y al menos geográficamente, todos los seres humanos somos tan occidentales como orientales, así por ejemplo los españoles somos occidentales respecto a los mismos franceses mientras que somos orientales respecto a los norteamericanos.

            Curioso es el lugar común que hace referencia a “los valores republicanos”. Este lugar común político tiene su origen en la Revolución Francesa de 1789 y aunque parece circunscrito a Francia, las Guerras de la Revolución lo expandieron por  todo el mundo convirtiéndose en un lugar común “grande” de la política universal aunque puede tener  variaciones terminológicas según el país o estado en el que se recurra al mismo. Así mientras en Francia se hablará de “los valores republicanos”,  en Estados Unidos se hablará de “los valores norteamericanos”, no obstante, y como siempre ocurre cuando se trata de lugares comunes, ni en Francia ni en Estados Unidos se explicarán en qué consisten dichos valores. Presumiblemente, los “valores republicanos” se enfrentan a otros valores que por pura lógica deben ser antagónicos aunque no queda claro cuáles son y en qué consisten. En principio, los “valores republicanos” aparecerían enfrentados a unos supuestos “valores monárquicos”, pero con el transcurso del tiempo a “los valores republicanos” le han ido apareciendo más supuestos valores antagónicos hasta tal punto que los susodichos valores se definen por eliminación como todo aquello que en cada momento apoya, cimenta, confirma y defiende el poder establecido de tal forma que la apelación a “los valores republicanos” o a su defensa suele significar exclusivamente una llamada a la “Unión Sagrada” en defensa del orden público y de la seguridad del estado por lo que “los valores republicanos” constituyen tan solo una transcripción poética de la prosaica expresión “¡Viva el Orden y la Ley!”.

Hasta aquí nos hemos referido a dos de los grandes lugares comunes de la política contemporánea, los cuales siempre hacen referencia a valores o principios axiológicos que pretenden una aplicación universal siendo por ello, precisamente “grandes” lugares comunes en contraposición a los “pequeños”. Sin duda existen más “grandes lugares comunes” de la política pero no se trata de hacer una exhaustiva relación comentada, tarea que sería más propia de un libro que de un breve artículo como este.

            Ahora vamos a intentar tratar algún “pequeño” lugar común de la política, que por su condición de “pequeño” se localiza en un concreto estado o circunstancia y concretamente en todos los discursos de los dirigentes de la casta política española. Curiosamente la política española no es prolífica en la creación de lugares comunes autóctonos haciendo propio el recurso a los “grandes” lugares comunes de utilización política universal seguramente porque los distintos miembros de nuestra casta política resultan tan inútiles e incapaces de hacer frente a nuestros problemas nacionales que su máxima aspiración es disimularlos entre los problemas mundiales en la ilusoria creencia que los de fuera pueden sacarnos las castañas del fuego y solucionarnos gratuita y generosamente nuestras cuitas y cuestiones vitales.

            Desde luego, no cabe duda de que el mayor lugar común al que recurren los representantes de nuestra casta política es aquel de "hacer valer lo que nos une". De un tiempo a esta parte no hay personalidad pública, de mayor o menor relieve, que no recurra a este lugar común como si la insistente repetición del mismo fuera como el bálsamo de Fierabrás que todo lo remedia. Como es el caso de todos los lugares comunes, grandes y pequeños, este constituye una bonita frase que carece de contenido pues por mucho que se repita por doquier, hasta la fecha nadie nos ha explicado qué es lo que hay que hacer valer y qué es lo que nos une mientras que por lo contrario sí que deja patente que hay algo que nos separa y alguien que lo desea hacer valer. Si desde hace más de quinientos años los españoles hemos constituido un estado que tuvo momentos de gran esplendor y momentos de crisis y decadencia es porque, evidentemente, había muchas cosas que unían a los españoles, les animaba a permanecer juntos y  juntos enfrentarse a las dificultades; ahora bien si esa unión es hoy cuestionada será, atendiendo a la pura lógica, porque se han creado razones y motivos que nos separan y más valiera buscar y conocer esos motivos y razones que no apelar genéricamente "a lo que nos une" y que en todo momento nuestros propios dirigentes ignoran lo que es. Echando un rápido vistazo a la actual realidad española resulta que los más nimios motivos sirven para el enfrentamiento y la polémica: la historia pasada, el deporte, la lengua, la sexualidad, el cine y hasta el sentido del humor...  con este panorama el recurso al lugar común de "hacer valer lo que nos une" parece ser la salvífica salmodia de aquellos que, por acción u omisión, han hecho todo lo posible y aun más para permitir, crear y exaltar lo que nos separa y desviar de ellos el dedo acusador de generadores del problema. 

            En fin, el recurso al lugar común en política ha sustituido al argumento y a las ideas y permite al político instalarse en la comodidad de la frase grandilocuente que sirve lo mismo para prometer los cielos como para justificar los infiernos al tiempo que oculta su más completa ignorancia e incompetencia con la apariencia de estar en posesión de las más arcanas sabidurías.


miércoles, 1 de marzo de 2017

CARLISMO Y MÚSICA CELESTIAL





He seguido el debate sobre el Museo de Lizarra y la actitud del carlismo en las matanzas del 36. No voy a repetir lo que venimos contando desde hace tres décadas. Fuimos pioneros en poner apellidos a cientos de matones. Sería pueril negar la responsabilidad de la dirección del carlismo navarro en la masacre de un territorio que dominaban, como tampoco puede negarse que en zonas de mayoría carlista fue donde menos fusilados hubo y que alcaldes de boina roja impidieron todo tipo de represalia.

            Tampoco se puede negar el antifranquismo de las bases carlistas desde los primeros momentos. El trabajo, aún inédito, de Ricardo Urrizola en los archivos militares, muestra que en todos los pueblos se dieron enfrentamientos, a tiros incluso, de carlistas contra falangistas y militares. El que en 1951 se diera en Iruñea la primera huelga general de la dictadura, solo se explica por ese malestar del carlismo que después de ganar una guerra en 100 años, se retiró a rumiar su decepción, su rabia y posiblemente, su remordimiento. La historia de EKA es hija de todo ello.

            Pero una cosa es aclarar las responsabilidades de 1936 y otra distinta es endosar al carlismo el protagonismo “al servicio de la reacción de los ciclos de violencia política más crueles registrados en Navarra entre 1833 y 1950”. Como provocación, pase, pero nada más. Para algunos, siempre es más fácil meterse con el carlismo que pedir la disolución de la Guardia Civil, verdadero terror en Navarra desde su llegada en 1844 para perseguir carlistas primero, quintos, comunaleros, pobres, rojos y separatistas después.

            El Carlismo fue mucho más y eso tampoco está reflejado en el Museo. Tuñón de Lara es uno de los historiadores que destacan el carácter popular de la rebelión carlista, “que viene a ser, ni más ni menos, que el primer signo de formación de una conciencia nacional”. Hasta el virrey de Navarra reconocía en 1834 ese carácter a la sublevación: “la guerra en Navarra es para aquellos habitantes una guerra nacional, y con corta diferencia lo es igualmente en las tres provincias exentas”.

            La jugada fue perfecta: el Ejército liberal, “de ocupación” se llamaba a sí mismo, arruinó a los pueblos que se vieron obligados a vender los comunales. Los ricos compraron a saldo. Navarra descubrió la privatización; el capitalismo. Liberal y rico se hicieron sinónimos. Entre 1860 y 1897 se enajenaron en Navarra 25.000 hectáreas de comunales, amén de derechos de hierbas, molinos, dulas y trujales. Es ahí donde está el origen de las masacres del 36, y de eso no tuvo la culpa el carlismo, sino el capitalismo liberal. Recuerdo la resistencia de mi pueblo por tener que vender el molino comunal, donde todos molían gratis, por el argumento “progresista” de que tenía que tener un dueño. Y además, el servicio militar, estancos, cédulas personales, maestros castellanos, funcionarios, Guardia Civil, fronteras en el Pirineo... Es posible que el carlismo popular vasco no supiera adónde dirigirse (hacia la “independencia de las provincias” apuntaron ya algunas voces) pero tenían muy claro a dónde no querían ir.

            Y a fe que en algunos pueblos consiguieron frenar el despojo. En Artajona todo el pueblo compró sus propios comunales y la Sociedad de Corralizas garantizó gratuitamente hasta la electricidad, demostrando que existían otras opciones al capitalismo acaparador. En Olite, donde les habían robado 7.000 hectáreas comunales, el carlismo, con mucha sangre jornalera en las calles, mantuvo una experiencia cooperativa sin precedentes con Caja Rural, Electra, Harinera, Trilladora, Cine y Casa infantil. Era el “socialismo blanco”, o “rural”, como lo llamó Unamuno.

            La Revolución rusa fue el paradigna que animó a los pobres a pedir tierra y libertad al margen de legitimidades dinásticas. Siempre me ha sorprendido la falta de interés de nuestro mundo académico por un fenómeno tan evidente: el desembarco masivo en muchos lugares de Navarra del carlismo al anarquismo primero y al socialismo después. Y la relación parental que hay entre los voluntarios carlistas decimonónicos, los comunaleros amotinados durante la Restauración y los jornaleros fusilados en 1936. Cuando el ejército del general Concha cruzó el Ebro, amenazó al pueblo de Lodosa con arrasarlo por carlista. Setenta años más tarde lo arrasaron por rojo. Colás, el líder anarquista fusilado, era hijo de un jefe carlista. Azcárate, el último fusilado de Olite, era hijo de Galo, el mítico comunalero carlista. En Allo, el círculo carlista acordó en asamblea convertirse en Ateneo Libertario y fueron fusilados en el 36. Estirando la paradoja, si en el siglo XIX sus abuelos no hubieran recuperado de forma tan inteligente su comunal, posiblemente los 40 de Artajona hubieran sido fusilados por rojos, como ocurrió en tantos lugares donde el robo de los comunales proletarizó al campesinado.

            Luego, ya es sabido. Del frondoso árbol del carlismo se fueron desprendiendo ramas, una al nacionalismo (Sabino Arana era hijo de carlista) otra al socialismo (Dolores Ibarruri también). Otros se mantuvieron a la espera, hasta la llegada de la izquierda abertzale. Yo hace mucho que entendí por qué mi bisabuelo, jornalero, se fue a pelear con Radica, se sublevó contra las quintas y acabó en la guerra de Cuba. Por qué luego mi abuelo, jornalero también, quemó fascales, tiró piedras contra los corraliceros y acabó en la UGT. Y por qué somos astillas del mismo palo. Quien trepe un poco por su árbol genealógico encontrará nidos similares.

            Para algunos historiadores, el carlismo es la “expresión de la conciencia nacional vasca en el siglo XIX”. Pero también lo es como incipiente conciencia de clase y ejemplo de resistencia popular. Y de esto tampoco habla el Museo de Lizarra.

Jose Mari Esparza Zabalegi



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