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lunes, 16 de junio de 2008

LA HISTORIA NORTEAMERICANA Y LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA


Definitivamente yerra quien hoy sostenga, con pueril intelecto, que la guerra civil norteamericana, la más sangrienta de las no pocas guerras que han asolado el Nuevo Mundo, tuvo su origen en los anhelos abolicionistas de la esclavitud por parte de buenas y humanitarias gentes. Son numerosos los documentos conocidos que sirven para desengañar a tales pseudo intelectuales, desde la famosa carta de Garibaldi dirigida a Lincoln en la que exigía que éste proclamase que la guerra era contra la esclavitud para poder aceptar el generalato de los Ejércitos del Norte hasta las propias manifestaciones del presidente norteamericano que llegó a afirmar que se “luchaba por la unidad del país, no contra la esclavitud... Si para mantener la unidad del país fuera imprescindible mantener la esclavitud yo mismo seria esclavista”.

La Guerra de Secesión Norteamericana de 1861 a 1865 fue en realidad la culminación bélica de un hecho político que tuvo su origen en dos interpretaciones distintas de la misma Constitución de 1776 y que surgió desde el instante mismo de la proclamación de independencia: la Federalista, defendida generalmente por los políticos del norte y que era partidaria de la existencia de un poder central federal que absorbiera gran parte de la soberanía de los estados y la Confederalista, defendida generalmente por los políticos del Sur y que era partidaria del mantenimiento de la soberanía de los estados considerando que la Constitución era un tratado que unía libremente a las trece colonias primigenias que conservaban en todo caso su independencia.

Durante los primeros años de los Estados Unidos de América estas diferencias políticas se obviaron por la necesidad vital de la joven república de defenderse de los diversos intentos de Francia e Inglaterra de llevarla a su desaparición, la primera con su guerra de “los Brigantes” y sus constantes amenazas que provocaron la vuelta de George Washington a la jefatura del ejército terminando finalmente de forma diplomática con la compra de Louisiana a Napoleón y la segunda con su intento de invasión que culminó con la estrepitosa derrota británica ante las puertas de Nueva Orleáns en 1815.

Terminada la “amenaza extranjera” la diferencia entre las posiciones federalistas y confederalistas se reavivaron existiendo por parte de algunos estados objeciones a la creación de impuestos estatales que llevaron a un intento secesionista por parte del estado de Carolina del Sur en 1833 y al célebre autor norteamericano Henry David Thoreau a escribir en 1849 su famoso “Ensayo sobre la desobediencia Civil” donde expone las razones para negarse a sufragar los gastos del estado (por lo que hoy en día y de forma totalmente involuntaria podría ser considerado “ideólogo” de las “milicias” norteamericanas si es que el miliciano “Blanco, Protestante y Anglosajón” supiera leer). No obstante la sima abierta entre las dos vertientes políticas americanas se volvió a cerrar aunque en falso durante los años siguientes en los que la República de las Barras y Estrellas siguió la política que designaban las influyentes castas políticas del Sur las cuales impusieron la incorporación de Texas (estado extenso y esclavista) y la guerra contra Méjico en 1847 que terminó con la anexión de Arizona, Nuevo Méjico y California. De forma coetánea a estas ampliaciones territoriales a costa de Méjico, se produce una extensión hacia el oeste que es la que va a desencadenar el resurgimiento de las disputas entre federalistas y confederalistas, así para los primeros, los nuevos territorios se incorporarían a los Estados Unidos de América con el derecho general y común de la república mientras que los confederalistas pretendían que los nuevos estados tuvieran su propia soberanía lo que de facto significaba que adquirieran los derechos, usos y costumbres de las poblaciones que los colonizaban resultando, por tanto, que los territorios colonizados por población sureña gozarían de los mismos derechos que tuvieran en su estado de origen los colonos significando a medio plazo la prolongación de la línea Dixon del Atlántico al Pacifico y una división legal y real del país.

La elección de Abraham Lincoln en 1860 frente al abolicionista radical Seward llevó al enfrentamiento definitivo y violento de las dos tendencias políticas. Lincoln, un abogado de 51 años de Illinois, entendía que el mantenimiento de la soberanía de los estados defendida por los políticos del sur llevaría a medio plazo a la ruptura total del país y lejos de rechazar la esclavitud se proponía simplemente impedir que la misma se extendiera a los nuevos territorios del Oeste presionando moralmente a los estados del sur para que acabaran con ella. No obstante el estado de Virginia entendió que esta postura constituía una intromisión ilegítima en su soberanía y a finales de 1860 proclamo unilateralmente su independencia uniéndose a ella otros estados también del sur constituyendo los conocidos “Estados Confederados de América”. En un primer momento Lincoln que sin duda leyó la carta del presidente confederado Jefferson Davis en la que le decía en perfecto inglés americano “solo queremos que nos dejen vivir en paz”, intentó salvar la unidad del país mediante el compromiso pero, bien fuera por las exigencias del pueblo sureño, exacerbado durante años por sus políticos, o bien por el error político-militar del ex director de artillería de West Point (General Beauregard) que ordeno abrir fuego contra la única guarnición federal que no se había entregado en Virginia, se encendió la llama de la guerra (1).

Durante los primeros años de la Guerra de Secesión, donde los ejércitos del Norte, sin preparación ni generales capaces perdían toda batalla que presentaban, hubiera sido real y posible el reconocimiento de la independencia de los estados confederados por parte del gobierno de Washington de no ser por la única y tenaz oposición personal del propio Lincoln quien afirmo en todo momento que “si la confederación obtiene la independencia, dicha confederación no subsistirá ni veinte años pues por su propia constitución tiene la tendencia a fragmentarse indefinidamente”. Y Lincoln no solo tenía razón sino que además entreveía que la constante fragmentación de los “Estados Confederados de América” provocaría también una amenaza constante sobre Estados Unidos ya que dicha fragmentación propiciaría nuevamente la intervención de las potencias europeas en el continente (2).

El ejercito regular del Sur realmente solo estaba integrado por el “Ejército del Norte de Virginia” (los valerosos “Muchachos de Gris”) y por unidades voluntarias de otros estados entre las que se pueden citar “los tigres de Louisiana” (Zuavos) y “los Tiradores de Texas”. Tras Gettysburg y la conversión en derrota de la debía haber sido la batalla definitiva para el Sur, (y digo definitiva porque tenía por objeto enfrentarse al ejército del Norte, destruirlo y proponer rápidamente la paz al gobierno de Washington, el cual no hubiera tenido mas remedio que aceptarla al no poder reorganizar un nuevo ejército a corto plazo) el gobierno de Richmond, capital de la Confederación, intentó reorganizar el ejército ordenando la creación de un ejercito estatal que asumiera el mando de todas las milicias de los estados, evidentemente esta era una medida que iba contra el espíritu mismo de la Confederación y que fue rechazado de pleno por la mayoría de los estados integrantes de la misma que a partir de entonces no hicieron mas que la “vida imposible” al presidente Davis llevando a la derrota total de la causa confederada. Como curiosidad histórica es de indicar que la “Rendición de Appomatox” el 9 de Abril de 1865 no significó en realidad el fin de la guerra pues el “Ejército Confederado del Oeste” entre los que destacaban los generales Bedford Forrest (futuro fundador del Ku Klux Klan) y el general Wheeler (futuro “héroe” de la guerra Hispano-Norteamericana de 1898) continuó la guerra durante varios días más (3).

Hasta aquí la historia, si no desconocida, al menos no muy conocida de la Guerra de Secesión Americana que queda de antecedente histórico para ciertas tendencias políticas que hoy se están dando en España con lo que llaman “relecturas de la Constitución” y cosas parecidas. No es que la Constitución Española de 1978 sea inamovible y sacrosanta porque además fue una “Constitución de circunstancias” malamente elaborada, tampoco es que nuestro país deba ser uno y homogéneo lo cual iría contra nuestra historia y contra todo sentido común, pero lo que sí es cierto es que cuando se empieza un camino hay que saber a donde se quiere ir, sabiendo donde se quiere ir es más difícil perderse y el ejemplo de los primeros años de la República Norteamericana son luces de aviso que nos indican peligros, porque, aun justificando la existencia del Estado Español simplemente como unidad o unión de convivencia, si se procede o se favorece la “liquidación” del mismo ¿No será la Península Ibérica un foco de conflictos constantes durante los próximos siglos? ¿No surgirán irredentismos y “mini-imperialismos” desestabilizadores? Los nuevos estados que pudieran surgir de esa hipotética liquidación de España, ¿No llevarían en sí mismos el germen de la desintegración constante? La atomización peninsular, ¿No provocaría la intervención de toda clase de potencias extranjeras?. Una cosa sí se vislumbra y se puede afirmar desde ahora mismo y es que de todos los considerados dirigentes que existen sobre la “piel de toro” y que cacareando constantemente no son capaces nada más que de infectar de guano inútil todas las Instituciones que ocupan, no saldrá nadie con la visión política de Lincoln, ni con el espíritu de sacrificio de Davis, ni con la honorabilidad de Lee ni por supuesto con el “valor poéticamente estéril” de los quince mil de Pickett, aunque si es posible y muy posible que, más de uno, resulte con la adicción etílica de Grant o con las tendencias criminales de Quantrill.


(1) De hecho se puede decir que la independencia de los Estados Confederados y la Guerra posterior nunca fue querida ni deseada por nadie. Para los políticos Sureños, Lincoln, pretendía dar un “Golpe de Estado” al violar la Constitución de 1776 y es la defensa de esa constitución y lo que ellos consideran “el apartamiento de la misma” por parte de los políticos de Washington lo que legitima su ruptura con el norte. Asimismo es curioso indicar que Lincoln ofreció la dirección de los Ejércitos de la Unión a Robert E. Lee, por aquel entonces profesor en la Academia Militar de West Point, quien considerando en todo momento “la esclavitud una bajeza moral y la independencia un hecho inconstitucional”, solo sirve en las filas confederadas por “no poder disparar contra Virginia”.

(2) Es de recordar que la ruptura de hostilidades entre el Norte y el Sur favoreció la intervención militar francesa en Méjico, la cual solo termino cuando concluyo la Guerra Civil Norteamericana y los norteamericanos desplegaron su ejército en la frontera mejicana.

(3) Otra curiosidad digna de mención es la alineación del Estado de Maryland con la Unión ya que dicho estado fue el único estado esclavista que no se unió a la Confederación y lucho al lado del Norte quedando por tanto excluido de la abolición de la esclavitud decretada por Lincoln en 1863 y que solo afectaba a los esclavos de los estados de la Confederación sobre los que por cierto el gobierno de Washington no tenía autoridad alguna en ese momento. Un dato irrefutable de que la Guerra de Secesión Americana no fue una guerra contra la esclavitud.

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El Cristo Negro de Montejurra

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