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lunes, 14 de noviembre de 2011

¿CUÁNTAS PERSONAS LIBRES CONOCEMOS?

Cuando oí la pregunta, me apresuré a contestar pocas, muy pocas. En los grandes textos, podemos leer que los seres humanos nacemos libres e iguales. Sin embargo, todos sabemos que un recién nacido que es el ser más necesitado del mundo, no puede ser libre todavía. Y que ya en la cuna hay enormes diferencias, según el lugar y la familia donde aparece. Tiene todo el derecho a desarrollarse para llegar a ser libre, sin que ninguna suerte de discriminación pueda entorpecerlo.


La libertad se recibe como un don ya que va unida a nuestra condición de personas humanas, a nuestra dignidad esencial. Pero alcanzarla supone todo un proceso de liberación que muy pocas llegan a culminar. Por eso, mi respuesta, pasada por el tamiz de la reflexión tiene que ser todavía mucho más restringida. En realidad sólo sé de una persona auténticamente libre. Se llama Jesús y vivió allá en Palestina. Puede que haya habido alguno más: Sócrates, Buda… Los seres humanos, hemos de conquistar la libertad, a través de un proceso de liberación, rompiendo las cadenas, externas e internas que nos coartan. Para ello, hay que atreverse, debemos superar la cobardía innata que nos paraliza. Empezar a volar por cuenta propia exige un acto de decisión, dejar el calor del nido, abandonar la rama que nos da seguridad. Suele ocurrir que nuestros vuelos son cortos y titubeantes. Enseguida, buscamos otra rama, otro apoyo donde reposar. En escasas ocasiones nos arriesgamos a un vuelo largo y prologado, a subir a las alturas del desasimiento. Las personas nos diferenciamos en el grado de libertad que hemos alcanzado. He de confesar que me siento más libre que en mi juventud, pero que todavía tengo que superar muchísimos escalones en esa ascensión hacia mi liberación.


La libertad humana no es absoluta. Está acotada, como corresponde al ser finito que somos. Tiene límites con los que tropieza. Ilusionar una libertad absoluta es de necios, porque enseguida nos tropezamos con la realidad que nos enmarca. Pero los límites que existen no son rígidos sino flexibles. Precisamente, son los osados los que empujan esos límites y los desbordan. Y nos abren cauces que antes creíamos cegados y nos marcan caminos que aparecen como novedosos.


No son los otros, con los que convivo, límites a mi libertad. Al contrario, aumentan mis posibilidades de actuación. Sólo me desarrollo como persona en relación con otros tús, formando nosotros en los que encuentro espacios para vivir mi libertad. Plantear la libertad como exaltación del ego individualista es bloquearla. Cierto que el libre albedrío es mucho más que la posibilidad de elección entre varias alternativas. Consiste primordialmente en la capacidad de disponer de uno mismo. Está disposición podemos hacerlo cerrada, centrada en nuestro ego, pretendiendo olvidar a los demás, o podemos hacerla abierta, en disponibilidad hacia el resto de las personas. La primera opción nos empequeñece, nos encadena, la segunda nos agranda, nos da la oportunidad de irnos liberando. Evadirse o liberarse es la radical alternativa con la que se enfrenta todo ser humano.


Claro que hay condiciones externas que pueden restringir o anular la libertad. La esclavitud, la opresión, la miseria, la incultura, son jaulas externas que impiden a muchos seres humanos descubrir la ilusión de la libertad. Pero su condición alienada, nos aherroja a nosotros también, aunque no estemos sometidos a esas situaciones injustas. Mientras haya un esclavo en la tierra, la libertad de todos está amenazada, externamente pues corremos el riesgo de sufrir la misma suerte e internamente también, pues nuestro silencio cobarde, nuestra complicidad al consentirlo con nuestra abstención pasota rebajan esa auto-disposición solidaria que es el núcleo de la libertad.


Pero hay también otras jaulas invisibles, dentro de las cuales, estamos enclaustrados. En situación de esclavitud externa, hay quienes han sabido conquistar una libertad interna, a pesar de sus opresores. Pero podemos no tener grilletes en las manos ni en los piés, pero haberlos interiorizado en nuestra mente, sin apercibirnos de ellos. Existe un engarce entre las cadenas externas y las interiores. Ambas son impuestas desde fuera por los poderosos. Las primeras son burdas, propias de regímenes tiránicos o despóticos. En cambio, las interiores, las invisibles, nos sido implantadas por mecanismos más sutiles y sofisticados. Nos socializan en ellas sin que apenas nos demos cuenta, aunque requieren nuestra complicidad para aceptarlas y, sobre todo, para mantenerlas. En los países desarrollados, dotados de democracias formales, el sistema político-económico-mediático es una formidable máquina de creación de esclavos que aceptan sumisamente el pensamiento único dominante que nos envuelve en jaulas invisibles.


¿Qué jaulas invisibles podemos identificar?. Me fijaré en tres que me resultan más llamativas. Un afán desmesurado de seguridad, provocado por el miedo que nos inculcan al posible terrorista, al pobre, al extranjero, al diferente. Y la opinión pública reclama asustada más leyes represivas, más controles, más cárceles, penas más duras, más policías –públicos o privados-, más impermeabilización de fronteras. Un instinto gregario, que se nutre de ese individualismo despersonalizado, que necesita sentir el calor de la manada, que impide pensar por cuenta propia, buscar caminos originales, pues sólo en el rebaño se siente seguro. Y un consumismo compulsivo, ya que el éxito y el sentido de la vida se han puesto en el tener y acumular, en el usar y tirar artefactos en cuya posesión y uso parece que estuviese la felicidad. Y así andamos estresados y agobiados en busca de métodos fáciles de enriquecernos, aunque sea a costa de empobrecer a otros y arruinar la naturaleza.


Conviene repetir la pregunta. ¿Cuántas personas libres hay? ¿Lo soy yo?. ¿Estoy dispuesto a liberarme y a trabajar con otros en la conquista de la libertad?.


Pedro Zabala


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