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jueves, 16 de enero de 2014

…Y EN EL CAMINO NOS ENCONTRAREMOS

   Cada año en que la festividad de Santiago cae en domingo se celebra el Año Santo Xacobeo. Y son miles las personas que peregrinan hacia el mítico sepulcro del Apóstol. Supongo que muchas de ellas por fervor religioso. Otras, sin embargo, por múltiples motivos profanos. Pero todas tienen común la andadura del camino y el cambio que suponen en el hondón más profundo de su intimidad las muchas horas de caminata, a menudo en silencio y en contacto directo con los múltiples parajes que la naturaleza les va mostrando a lo largo de la ruta. Pero algo me llama la atención que no ocurría con los peregrinos de otros tiempos. Se ven a muchos hacia Compostela, a pié, en bici o en caballería, pero a ninguno desde allí hacia sus lugares de origen. Hacen la mitad de la caminata que sus antepasados. Hoy regresan rápidamente en los medios, seguramente colectivos,  actuales de trasporte.

               ¿Se les nota luego en su vida ordinaria esa transformación o incurren en el sedentarismo mental común entre las gentes? Una amiga mía francesa tiene por segundo apellido el castellano Rey. Al preguntarle si tenía ascendencia española me dijo que no. El apellido rey en su patria sustituía al que tenían antes los que habían hecho el camino de Santiago. Era el reconocimiento popular hacia esa gesta extraordinaria que suponía entonces el haber culminado uno de los mayores itinerarios culturales europeos. Y un antepasado suyo, por línea materna, lo había hecho.

               La vida humana, toda, es un caminar. Me refiero a quienes son protagonistas de la misma y no se limitan a esperar a que sea ella quien les lleve de tumbo en tumbo. Hay quienes, fatalistas, creen en el destino ciego o en la voluntad divina como rectores absolutos de su existencia. Otros apostamos por la libertad como la vocación más excelsa del ser humano. Puede hacerse ilusoriamente considerándola absoluta mientras que otros, más sensatos, advierten la resistencia que ofrece la realidad, los obstáculos, internos y externos, que nos encontramos para ser libres. Pero son ellos los que posibilitan nuestra libertad, lo mismo que el pájaro necesita la resistencia del aire para poder volar.  Porque es utopía pensar que nacemos ya libres. Nacemos con esa vocación y esa posibilidad que podemos y debemos desarrollar para ser auténticamente personas, más personas. El camino de nuestra vida es la conquista progresiva de mayores cotas de libertad, venciendo esos obstáculos que vamos encontrando.

               Resulta que la libertad es mucho más que la capacidad de elegir entre varias cosas. Podemos tener una pluralidad de ellas a nuestro alcance y esto es necesario para nuestra existencia. Pero esas opciones no suponen más que superar una indeterminación, sin que ello implique una nueva forma de existencia. Es que la relación con las cosas no compromete nuestra existencia, ni la libera. La libertad más profunda y auténtica es la autorrealización del sujeto, la elección de sí mismo, la opción por la auto-elaboración de su propia existencia, la realización de sus posibilidades. Esa decisión fundamental en la vida de ser humano es una actitud que se va conformando a lo largo de la vida. Es asumir la responsabilidad de nuestro devenir dentro de la situación en que nos encontramos. Vivir humanamente es construir nuestra personalidad haciendo realidad lo que sólo poseíamos virtualmente al nacer. Pues, como dice Ruiz de la Peña, “ser hombre significa disponer de sí; y sólo dispone de sí el que se hace disponible, el que se pone a disposición”. Disposición que es una respuesta relacional, abierta a lo definitivo.

               Hay que subrayar el carácter relacional de nuestra personalidad, es decir de nuestra libertad. Nos relacionamos con las cosas tomándolas como medios y como dice el profesor Coll con una doble parcialidad. “El objeto es considerado parcialmente ya que nos interesan sólo determinadas cualidades en orden a su utilización y prescindimos, por tanto, de todo lo demás. También el sujeto participa en la relación de  modo parcial, deseando lo bueno y rechazando lo malo, pero en ningún momento toma posición con todo su ser”. En cambio, a las personas debemos tratarlas como fines en sí mismas, so pena de profanar su dignidad. De ahí, que “la relación interpersonal es doblemente totalizadora. El tú no podría ser conocido ni amado, si no es como totalidad. Toda consideración parcial supondría una objetivación de la persona del otro… Y ante el tú como totalidad, el yo debe comportarse también como totalidad Si intentara participar en el encuentro de modo parcial, le quedaría cerrado el acceso a la totalidad personal del otro.  La persona del otro sólo nos resulta accesible, cuando ponemos en juego la totalidad de nuestra persona”.

               Es en esos encuentros existenciales, profundos con  otras personas, es donde se despliega esa opción fundamental de la libertad humana. No son encuentros funcionales, en los que impera el “do ut des”, basadas en el servicio que nos prestan o prestamos a cambio de una remuneración o contraprestación, que deben regirse por un  respeto traducido en justicia. Se trata de relaciones basadas en la pura gratuidad, en la comunicación profunda entre dos personas reflejada en un afecto recíproco, en cualquiera de las distintas clases de amor humano, de pareja, familia, de amistad. Esta comunicación viene mediada por nuestra corporalidad. Nos comunicamos  a través del lenguaje, pero, sobre todo, por la vía no verbal. Nuestra mirada, la sonrisa o su ausencia, los gestos de la cara, de las manos y de todo nuestro organismo transmiten mensajes continuamente. Comunicamos cosas y “nos” comunicamos, convirtiéndonos nosotros mismos en objeto de nuestro mensaje. En estos encuentros con esos tus que conforman lo mejor de nuestra existencia es donde nuestro yo se realiza y perfecciona. Pero esto exige el respeto mutuo como personas. Esto conlleva, como dice Coll “renunciar a la objetivación del nuestro cuerpo o del cuerpo del otro. Nuestro cuerpo no es una cosa en el  mundo de las cosas, sino que es acceso a las cosas y sobre todo acceso a la relación interpersonal”. Si lo objetivamos, si lo reducimos, por ejemplo a mero instrumento de delectación estética o apetencia libidinosa, y no lo captamos como signo de la total personalidad, la relación no será humanizante sino incompleta.

               Es en los encuentros plenos y gratuitos en el camino de nuestra vida, donde vamos conquistando nuestra libertad y forjando nuestra personalidad. Lo triste es que la educación no se plantea con ese objetivo y muchos no saben descubrirlo por sí mismos. ¿Puede extrañar que bastantes gentes se mueran sin haber “vivido”, sin haber encontrado el secreto de una felicidad al alcance de nuestra frágil condición? Sólo el amor puede dar sentido a la existencia humano. O sea el cariño recíproco entre los distintos tus que solidifica una convivencia e incluso el sentirse amado por ese Tú, creador y salvador, que nos hace esperar en un más allá de la misma muerte…

Pedro Zabala

viernes, 27 de diciembre de 2013

MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL



En la pasada noche del 24 de Diciembre, como todos los años desde Diciembre de 1975, Su Excelencia el Jefe del Estado y Gran Maestre de la Orden de Cisneros ha dirigido unas palabras a los españoles durante casi doce minutos a través de la radio y de la televisión demostrando que no se puede hablar más en tan poco tiempo para no decir nada.

            A un Jefe de Estado o Primer Ministro no se le puede pedir que se dirija a su auditorio con el mismo lenguaje que emplea un parroquiano en una conversación de taberna, pero cuando un país atraviesa una crisis social y política sin precedentes en su historia, como la que en estos momentos están atravesando Las Españas, lo menos que se puede pedir es que se hable claramente, sin vaguedades, sin dar lugar a interpretaciones variadas y, por supuesto, de forma creíble.

            Cuando el pueblo español esta sufriendo un progresivo empobrecimiento económico, cuando los ciudadanos españoles están viendo recortados sus derechos sociales, cuando el propio estado esta amenazado de extinción y cuando todo indica un retroceso a tiempos de inmediata postguerra y uno se encuentra con el discurso de Su Excelencia del pasado día 24 de Diciembre no se puede por menos que recordar y echar de menos aquel bello, claro y creíble mensaje de Winston Churchill pronunciado en la Cámara de los Comunes el 4 de Junio de 1940 en el que dijo: continuaremos hasta el final... lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y los océanos, lucharemos con cada vez mayor confianza y mayor fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste, lucharemos en las playas... lucharemos en las pistas de aterrizaje... lucharemos en los campos y en las calles... lucharemos en las colinas... no nos rendiremos jamás” porque, ante la grave situación en la que se encontraba en aquel momento la Gran Bretaña, su Primes Ministro dejó claro al mundo, y sobre todo a sus enemigos, que no se rendirían jamás y además sus palabras eran creíbles porque al mismo tiempo que se pronunciaban el ejército británico se aprestaba a defender las playas de su isla y la fuerza aérea limpiaba de molestos mosquitos alemanes los cielos de Inglaterra.

            En cambio, el discurso de Su Excelencia no fue un discurso apropiado para aclarar las cosas y engendrar confianza en el pueblo español. Fue un discurso difuso y totalmente desconectado de la realidad política y social del país en el que el ponente se acogió al recurrente “Espíritu de la Transición”, de una Transición que hoy está completamente enterrada, y al respeto a unas “Reglas de Juego” que en el presente se encuentran en franca liquidación. Por otro lado ¿Qué quería decir con todo ello? ¿A que se refería Su Excelencia con su apelación al “espíritu de la Transición”? ¿A olvidar el Franquismo? ¿A renunciar a los ideales en aras de encontrarnos todos en un punto medio y mediocre? y ¿Qué quería decir con la reforma de las Reglas del Juego? ¿Se refería a las reglas de las mesas de Black Jack que ya no estarán en Eurovegas o pedía la reforma de una Constitución que esta cada día más cuestionada por todos?.

            Por otra parte, el discurso de Su Excelencia careció en todo momento de credibilidad porque lamentablemente resulta cuanto menos paradójico que se apele a la ejemplaridad cuando personas muy allegadas al Jefe del Estado se encuentran imputadas por sonados casos de corrupción o bordeando dicha imputación.

            En definitiva, en su discurso navideño, que ha sido el de menor audiencia de todos los pronunciados hasta el momento,  Su Excelencia el Jefe del Estado a Título de Rey y Gran Maestre de la Orden deCisneros transmitió la impresión de encontrarse más allá del bien y del mal cual Soberano Celeste del Imperio Solar siendo más necesario que nunca el habitual “cordón protector” que en los días siguientes le tienden todos los partidos políticos con representación parlamentaria y las interpretaciones de plumíferos palmeros que, cual Sibilas ante el Oráculo de Delfos, por interpretar son capaces de interpretar hasta el atrezzo de la puesta en escena del discurso.

           

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