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lunes, 21 de septiembre de 2009

INSUMISOS A LA SGAE

Tras un verano lleno de llamativas noticias en la que la Sociedad General de Autores y Editores pretendía cobrar a dos literarios pueblos ibéricos, concretamente a Zalamea de la Serena (Badajoz) y a Fuenteovejuna (Córdoba) por representar dos obras clásicas del teatro español como son “El Alcalde de Zalamea” de Calderón de la Barca y “Fuenteovejuna” de Lope de Vega, ha saltado la noticia, no menos llamativa, de que la SGAE pretende que el Partido Socialista Obrero Español pague un canon, tasa o similar cada vez que se cante “La Internacional” en sus actos públicos.


Es justo y lógico que una entidad privada de gestión colectiva como es la Sociedad General de Autores y Editores intente defender y velar por los derechos de sus miembros y socios, pero esa defensa termina donde empiezan los derechos de los consumidores y los derechos generales no resultando tan lógico ni justo que la mencionada entidad reclame el pago por reproducir obras literarias, artísticas o musicales de autores que no son miembros de la misma por ser extranjeros o llevar fallecidos varios siglos.


Si lo que se pretende es tener alguna justificación, aunque sea discutible, para cobrar por todo y engordar los bolsillos, también podrían exigir las poblaciones de Zalamea de la Serena o de Fuenteovejuna el pago de una cantidad a la Real Academia de la Lengua, a la SGAE, al estado español o a toda empresa editora o teatral cada vez que se publiquen o representan las obras inspiradas en sus respectivas localidades porque, al fin y al cabo, sin su inspiración no habrían existido esas dos conocidas piezas del teatro del Siglo de Oro y el repertorio clásico español seria más breve.


En esta misma línea argumental se puede afirmar que la adaptación de una obra clásica puede generar algún derecho para aquel que la adapta, pero en puridad lógica, no puede generar los mismos derechos que al autor que la ha creado, siendo el adaptador, en realidad un intruso que, en la mayoría de los casos, sin permiso del genio creador trabaja sobre la genialidad para apropiársela o, como poco, compartir una fama que no le corresponde. Acaso un adaptador de Cervantes ¿Paga al insigne manco por comentar, anotar o modificar su texto original?. Más aún, el adaptador, que en realidad es incapaz de crear y que con sus adaptaciones pretende igualarse al creador, en parte recibe una recompensa por ver unido su nombre al del genio.


Por otro lado, y en el caso concreto de La Internacional, se impone hacer un seguimiento muy próximo de la SGAE, pues en primer lugar la Sociedad General de Autores y Editores debería acreditar que el adaptador de la letra o de la música es socio de dicha entidad y en segundo lugar que la reproducción de la letra o música de “La Internacional” genera derechos en España, pues es de indicar que la letra original de tan proletaria canción data de 1871 y se debe a Eugene Pottier quién la escribió en francés mientras que la música fue compuesta en 1888 por Pierre Degeyter, quién falleció en 1932 y del que se puede dudar que haya sido alguna vez miembro de la SGAE y a cuyos herederos, si es que los tiene, les corresponderían los derechos de “La Internacional” y no, desde luego, a la Sociedad General de Autores y Editores. Por otro lado, teniendo en cuenta que existen al menos tres versiones de la letra de “La Internacional” que se cantan en España (la versión comunista cantada por el Partido Comunista de España, la Anarquista cantada ocasionalmente por la CNT-AIT y la socialista cantada por el PSOE) con sus correspondientes adaptaciones musicales cabe la duda de que la Sociedad General de Autores y Editores realmente no haya pretendido lanzar un “aviso” a su socio político para que muestre más entusiasmo en el apoyo a sus demandas.


Teniendo en cuenta que parece ser que el lema de la Sociedad General de Autores y Editores es “Cuando hablan de Cultura, pongo en marcha mi caja registradora”, sería interesante que los amantes de la cultura nos planteásemos la insumisión ante tal entidad y sus amigos, porque la cultura nos pertenece a todos y el acceso a la misma ha de ser libre y sin restricciones. Considerando la postura totalmente recaudadora que ha tomado la SGAE y recordando que también agrupa a los editores no se puede menos que recordar la última carta escrita por el magnífico autor italiano Emilio Salgari antes de suicidarse huyendo del hambre:


"A mis editores: A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari"


martes, 1 de septiembre de 2009

CON SORNA E IRONÍA: LOS SANTOS NECESARIOS

De regreso a las tareas cotidianas tras la finalización de las vacaciones estivales, surge nuevamente el amenazante síndrome post-vacacional no existiendo mejor manera de combatirlo que recordando que ya queda menos de un año para disfrutar de un nuevo y largo periodo vacacional veraniego al tiempo que hacemos uso de cierto sentido del humor. En este sentido, llevo tiempo pensando (y a tan importante tarea he sacrificado los últimos minutos de mis vacaciones) que existen profesiones y asociaciones que o no tienen santo patrón o no se encuentran bien representadas en el actual santoral religioso, por lo que se requiere (y desde aquí hago un serio llamamiento a todos los Cardenales y Obispos) que se canonice con urgencia a ciertos y conocidos personajes a fin de que todos tengan el más justo y merecido Santo Patrón.


Así, por ejemplo y atendiendo tanto a las no muy lejanas declaraciones de la Presidenta del Tribunal Constitucional de España, doña María Emilia Casas Bahamonde, en las que afirmaba que la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña “debería satisfacer a todos” como a la actitud generalizada de los jueces y magistrados españoles mostrada a lo largo de la historia, no estaría mal que se canonizara a Poncio Pilatos, aquél prefecto de Judea que queriendo y pudiendo hacer Justicia (con mayúsculas) salvando a Jesucristo no se atrevió y se lavó las manos en señal de que no quería saber nada del asunto satisfaciendo de esta forma al gran público. Sin duda alguna la aparición en el Santoral de San Poncio Pilatos, daría un magnífico y muy justo Santo Patrón a la judicatura española en particular y a toda la administración de justicia en general.


Igualmente y en una muy dura y reñida pugna con Hans Johst, aquel infausto y pésimo dramaturgo que popularizó en una de sus obras la conocida frase “Cuando hablan de cultura quito el seguro a mi Browning”; la jerarquía eclesiástica debería iniciar los trámites de canonización de Harpagón, celebre protagonista de la comedia “El Avaro” de Moliere, quien por sus cualidades de riqueza material y avaricia usurera merecería ser santo y así, una vez reconvertido en San Harpagón, erigirse en el digno patrón de la Sociedad General de Autores Españoles (SGAE) quién, en su paroxismo recaudador, ya está planteándose reclamar el pago de un canon a los escolares por las tradicionales representaciones teatrales navideñas de las obras clásicas cuyos derechos han pasado, no se sabe muy bien por qué título, de ser públicos a pertenecer a esa aristocracia intelectual, a esa “crem de la crem” de la cultura hispánica de ambos mundos que es la Sociedad General de Autores Españoles.


Por último y para terminar con esta lista puramente enumerativa pero jamás exclusiva de santos necesarios tenemos que afirmar que sería también imprescindible canonizar a la Celestina, personaje fundamental de la obra teatral del mismo nombre, pues por su condición de tercera previo pago, porcentaje o comisión y por su carácter egoísta y manipulador, convertida por beneficio eclesiástico en Santa Celestina de Fernando de Rojas no cabe duda que destronaría a Santo Tomás Moro y sería la más excelente y representativa Santa Patrona que podría tener clase política española tan exuberante en vicios como escasa en virtudes.


He aquí nuestra sarcástica sugerencia que sabiendo de antemano que será desatendida y anatemizada con espanto por la jerarquía eclesiástica esperamos, al menos, que sea acogida con alguna sonrisa por parte de nuestros lectores. No obstante, y considerando que ha surgido en nuestro país la irrisoria moda de hacer bautizos constitucionales, siempre podremos considerar a estos personajes o a otros semejantes como los más justos y merecidos amparadores cívicos y paganos de los colectivos e instituciones mencionadas.



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