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lunes, 18 de julio de 2011

“LA CAIDA DE LOS GIGANTES” de KEN FOLLET

Iniciado ya el periodo vacacional veraniego, tiempo propicio para el descanso y la lectura, deseamos recomendar como libro de acompañamiento estival “La Caída de los Gigantes” del escritor británico Ken Follet.


Ken Follet, que empezó cultivando el género clásico de suspense y de espionaje con populares novelas como “La Isla de las Tormentas” (llevada al cine bajo el título de “El Ojo de la Aguja”) o “La Clave esta en Rebeca”, se pasó a finales de los años ochenta del pasado siglo al género de la novela histórica con su gran éxito editorial “Los Pilares de la Tierra” a la que acompañó una segunda parte titulada “Un Mundo sin Fin” y, ahora, “La Caída de los Gigantes”, primera novela de una trilogía que abarcará prácticamente toda la historia del Siglo XX.


“La Caída de los Gigantes”, que ha sido publicada simultáneamente en diecinueve países, narra la historia y peripecias de cinco familias inmersas en los acontecimientos políticos y sociales de comienzos del Siglo XX hasta el inicio del periodo de entreguerras, siendo el tema central de esta novela los orígenes, desarrollo y consecuencias de la Gran Guerra (1914-1918).


En este sentido es de remarcar que “La Caída de los Gigantes” es una obra literaria perfectamente documentada que se nutre de importantes fuentes historiográficas describiendo perfectamente la sociedad anterior a la Gran Guerra y el clima político y social que llevó a la gran catástrofe que supuso aquella conflagración, siendo de señalar lo bien que describe los grandes esfuerzos diplomáticos por evitar la catástrofe y el como los Jefe de Estado de los países contendientes se vieron arrastrados por los acontecimientos entre los que destacan la imprudente creencia de que la otra parte se echaría atrás en el último momento y la presión de sus respectivas cúpulas militares deseosas de entrar en combate para demostrar sus teorías bélicas así como también la presión de las respectivas opiniones públicas favorables, previa una sabia preparación por parte de la mayor parte de la prensa; a lo que se creía que sería una guerra corta y victoriosa.


En “La Caída de los Gigantes” aparecen perfectamente narrados los episodios más característicos de la Primera Guerra Mundial, desde las tensiones diplomáticas previas a las declaraciones de guerra, hasta el telegrama Zinnermann, pasando por aquella navidad de 1914 en la que los combatientes salieron de sus trincheras para confraternizar o la ofensiva del Somme y la Revolución Rusa para culminar con el inmediato ambiente de postguerra en el que ya se vislumbraba la otra guerra que habría de venir todo ello ligado a través de una serie de personajes de diversas nacionalidades que desarrollan las más variadas actividades a lo largo de la novela, desde el contrabando al espionaje pasando por la conspiración revolucionaria, la milicia o la actividad política pacifista y feminista.


Tan solo se puede criticar a “La Caída de los Gigantes” por el hecho de que Ken Follet, tal vez por ser británico, haya omitido todo lo relativo al levantamiento irlandés de 1916, que en toda esta extensa novela es despachado en menos de una línea y a la “diplomacia secreta” existente en los años previos a 1914 y que llegó a implicar a la misma Gran Bretaña en extraños manejos con el Imperio Alemán para repartirse las posesiones Belgas en África. No obstante y en cualquier caso, “La Caída de los Gigantes” no solo constituye una lectura amena y entretenida para cualquier momento sino también una lectura obligada para todo aquel que desee aproximarse a conocer básicamente las causas y el desarrollo de aquel conflicto europeo del que estamos a punto de conmemorar su primer centenario y del que aún sufrimos no pocas consecuencias.


martes, 1 de septiembre de 2009

CON SORNA E IRONÍA: LOS SANTOS NECESARIOS

De regreso a las tareas cotidianas tras la finalización de las vacaciones estivales, surge nuevamente el amenazante síndrome post-vacacional no existiendo mejor manera de combatirlo que recordando que ya queda menos de un año para disfrutar de un nuevo y largo periodo vacacional veraniego al tiempo que hacemos uso de cierto sentido del humor. En este sentido, llevo tiempo pensando (y a tan importante tarea he sacrificado los últimos minutos de mis vacaciones) que existen profesiones y asociaciones que o no tienen santo patrón o no se encuentran bien representadas en el actual santoral religioso, por lo que se requiere (y desde aquí hago un serio llamamiento a todos los Cardenales y Obispos) que se canonice con urgencia a ciertos y conocidos personajes a fin de que todos tengan el más justo y merecido Santo Patrón.


Así, por ejemplo y atendiendo tanto a las no muy lejanas declaraciones de la Presidenta del Tribunal Constitucional de España, doña María Emilia Casas Bahamonde, en las que afirmaba que la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña “debería satisfacer a todos” como a la actitud generalizada de los jueces y magistrados españoles mostrada a lo largo de la historia, no estaría mal que se canonizara a Poncio Pilatos, aquél prefecto de Judea que queriendo y pudiendo hacer Justicia (con mayúsculas) salvando a Jesucristo no se atrevió y se lavó las manos en señal de que no quería saber nada del asunto satisfaciendo de esta forma al gran público. Sin duda alguna la aparición en el Santoral de San Poncio Pilatos, daría un magnífico y muy justo Santo Patrón a la judicatura española en particular y a toda la administración de justicia en general.


Igualmente y en una muy dura y reñida pugna con Hans Johst, aquel infausto y pésimo dramaturgo que popularizó en una de sus obras la conocida frase “Cuando hablan de cultura quito el seguro a mi Browning”; la jerarquía eclesiástica debería iniciar los trámites de canonización de Harpagón, celebre protagonista de la comedia “El Avaro” de Moliere, quien por sus cualidades de riqueza material y avaricia usurera merecería ser santo y así, una vez reconvertido en San Harpagón, erigirse en el digno patrón de la Sociedad General de Autores Españoles (SGAE) quién, en su paroxismo recaudador, ya está planteándose reclamar el pago de un canon a los escolares por las tradicionales representaciones teatrales navideñas de las obras clásicas cuyos derechos han pasado, no se sabe muy bien por qué título, de ser públicos a pertenecer a esa aristocracia intelectual, a esa “crem de la crem” de la cultura hispánica de ambos mundos que es la Sociedad General de Autores Españoles.


Por último y para terminar con esta lista puramente enumerativa pero jamás exclusiva de santos necesarios tenemos que afirmar que sería también imprescindible canonizar a la Celestina, personaje fundamental de la obra teatral del mismo nombre, pues por su condición de tercera previo pago, porcentaje o comisión y por su carácter egoísta y manipulador, convertida por beneficio eclesiástico en Santa Celestina de Fernando de Rojas no cabe duda que destronaría a Santo Tomás Moro y sería la más excelente y representativa Santa Patrona que podría tener clase política española tan exuberante en vicios como escasa en virtudes.


He aquí nuestra sarcástica sugerencia que sabiendo de antemano que será desatendida y anatemizada con espanto por la jerarquía eclesiástica esperamos, al menos, que sea acogida con alguna sonrisa por parte de nuestros lectores. No obstante, y considerando que ha surgido en nuestro país la irrisoria moda de hacer bautizos constitucionales, siempre podremos considerar a estos personajes o a otros semejantes como los más justos y merecidos amparadores cívicos y paganos de los colectivos e instituciones mencionadas.



domingo, 31 de agosto de 2008

CON SORNA E IRONÍA: CONTRA LA DEPRESIÓN, LA COLECCIÓN

Finalizado ya el mes de Agosto y con él, el periodo vacacional y estando próximos a iniciar nuevamente la actividad laboral, aparece en muchos ciudadanos el síndrome postvacacional que se manifiesta a modo de depresión tendente a amargarnos la existencia durante el mes de Septiembre, pero ¿Qué importa tal depresión? ¿Quién necesita psicólogos para superarla?. Para aminorarla e incluso hacer que pase desapercibida bastan solo dos cosas simples: en primer lugar, pensar en las próximas vacaciones o, todavía mejor, en el aún más próximo fin de semana en el que uno podrá evadirse haciendo excursionismo por los lugares próximos a nuestras respectivas residencias y en segundo término iniciar una de las numerosas colecciones que se nos ofrecen por televisión.

Como espejismo playero emulando las horteras tiendas de souvenirs para turistas, reabren en el mes de Septiembre los kioscos de prensa diaria ofertando por módicos precios iniciales variopintas y variadas colecciones capaces de satisfacer al más exigente y voraz acumulador, que no coleccionista, de trastos inútiles, de pobre calidad y de dudoso gusto.

Así, en este mes de Septiembre, un amante de los barcos e ingeniero naval frustrado, podrá disfrutar comenzando la construcción del acorazado “Bismarck” en tamaño reducido, sin importar que tal vez la miniatura tardará más en construirse que el mismísimo buque original y eso sin considerar la posibilidad de que la empresa suministradora de piezas no deje de suministrarlas nada más poner la quilla.

Igualmente, cualquiera de nosotros puede emular al emperador Carlos I en su afición adquiriendo, por poco menos de mil de la antiguas pesetas, una serie de relojes de bolsillos, réplicas exactas de relojes pertenecientes a personajes históricos que ofrecen decorativas cajas y esferas, pero que son incapaces de marcar las horas con seguridad y exactitud, salvo, claro está, que cada reloj marque, inamoviblemente, la hora del fallecimiento del supuesto propietario de la pieza original.

También se nos ofrece la posibilidad de reconstruir en nuestra casa la Biblioteca de Alejandría, con libros semanales de los más variados temas y autores que casi ninguno de quienes los compran los leerán, lo cual es curiosísimo pues resulta que ni siquiera tienen una encuadernación estética que permita utilizarlos como objetos decorativos y eso sin considerar el hecho irrefutable de que solo los necios decorarían una casa con libros porque constituye un medio inmejorable para acopiar polvo en nuestro domicilio.

No obstante, este año en el que nos encontramos, porque no todos los años van a ser lo mismo, la novedad del coleccionable se encuentra en los muñequitos de plomo. Superadas ya las colecciones de soldados y maquinaria militar de todas las guerras, que podían poner en duda la existencia de tanto uniforme y de tanta guerra y guerrero y que hacían que uno tuviera en su casa más divisiones militares que toda la OTAN junta, se ofertan como novedad figuritas de plomo de los “superhéroes” de Marvel, de personajes del Salvaje Oeste y de personajes y naves espaciales de la saga cinematográfica de “La Guerra de las Galaxias”. ¡¡¡Que hermoso poder iniciar estas tres colecciones y hacer que “Superman” luche al lado de Luke Skywhalker y en un acto fantástico ayuden al Sheriff y al pistolero en la defensa de “la Diligencia” contra los indios apoyados por el eternamente risueño “Jockey”!!!.

En conclusión señores… que las vacaciones se han acabado y quién no se consuela es porque no quiere. La mayoría de quienes inician una o varias de estas colecciones no las terminarán jamás y eso es conocido por las empresas que las venden y ofertan, pero que mejor manera de superar una depresión y entretenerse entre vacación y vacación que haciendo una colección. Estando como está estadísticamente probado que el primer abandono masivo de las colecciones que se inician en Septiembre coincide con el gran puente de Diciembre no cabe duda de que muchas personas utilizan este medio como sistema paliativo del síndrome postvacacional o es que tal vez este coleccionismo otoñal constituya un síntoma de tal síndrome, pero que nadie se asuste… solo restan tres meses para el puente de Diciembre y cuando llegue cogeremos el autocar, el tren, el avión o el barco, nos olvidaremos de encargar al dueño del kiosco que nos reserve la entrega semanal correspondiente a nuestro coleccionable y a la vuelta, entre las preocupaciones de las compras navideñas y la planificación del nuevo año con la proximidad de la nueva edición de la “Operación Bikini”, tan solo unos polvorientos objetos que ocuparán un espacio importante generándonos el problema de qué hacer con ellos nos recordarán la depresión postveraniega y que iniciamos una colección.

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