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miércoles, 17 de enero de 2018

ESPAÑA Y RUSIA. ¿CONFLICTO DIPLOMÁTICO?




 Aunque el Presidente Ruso, Vladimir Putin, lo niega rotundamente, no paran de publicarse noticias sobre la intromisión de Rusia en la política interna de distintos estados de Occidente, entre ellos España, con gran escándalo e indignación por parte de nuestros mal gobernantes que son incapaces de entender lo más elemental de la política internacional y de las reglas de este nuevo "Gran Juego" (1) que se comenzó hace algunos años entre Rusia y los aliados de Estados Unidos.

            La última noticia sobre esta supuesta intromisión, ha sido que el líder de la ultraderecha rusa y candidato en las elecciones presidenciales que tendrán lugar en Rusia el 18 de Marzo próximo, Vladimir Zhirinovski, ha protagonizado una manifestación ante la embajada Española en Moscú  en apoyo del reconocimiento de la independencia de Cataluña y aunque Zhirinovski no es miembro del gobierno ruso, no por ello deja de apoyar la política del presidente Vladimir Putin en cuanto a política exterior se refiere por lo que es dudoso que  dicha manifestación no contase, como poco, con el beneplácito del gobierno y del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, tal y como  ocurría en los primeros años de la década de 1940 con las manifestaciones ante la embajada británica en Madrid reclamando Gibraltar (2).

            Las relaciones políticas no son relaciones de amistad sincera porque son precisamente eso: relaciones políticas, lo que es lo mismo que decir que son relaciones de interés, y la política internacional no es nada más que un enorme tablero de ajedrez en el que los  estados ocupan la posición que les corresponde, hacen los movimientos que pueden y que les interesa y luego... tienen que soportar deportivamente las acciones del contrario pues solo un tonto puede creer que una acción no genera una reacción.

            Desde la descomposición de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a principios de los años noventa del siglo pasado, Rusia, su estado sucesor, ha visto como iba perdiendo influencia en el mundo y que la zona de seguridad, que Stalin consiguiera situar bajo la órbita soviética en 1945, constituida por los estados del Este Europeo no solo se ha perdido sino que dichos estados se han ido integrando progresivamente en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta el extremo de que en estos mismos momentos Rusia tiene en sus fronteras unidades de combate de dicha organización militar. Por si esto no fuera poco, la Unión Europea capitaneada por Alemania ha llevado a cabo en los dos últimos años una agresiva política tendente a extenderse con la incorporación de Ucrania, lo que ha provocado que Rusia haya reaccionado con todo su potencial diplomático que incluye la advertencia firme y la utilización de las diversas grietas que le ofrecen sus enemigos que no son otras que la ambición y estupidez de algunos dirigentes y las disputas internas.  

En este nuevo "Gran Juego" que Rusia se ha visto obligada a jugar con Occidente y que terminará por desembocar en una nueva "Guerra Fría", lo inteligente hubiera sido que nuestro país hubiera permanecido neutral, pero no ha sido así. A España le faltó tiempo para apoyar la desmembración de Yugoslavia en 1999, lo que significaba la pérdida de la tradicional influencia rusa en los Balcanes, corrió velozmente a sumarse al proyecto de escudos antimisiles autorizando el despliegue de cuatro destructores norteamericanos en la base naval de Rota  y, finalmente, desde hace poco más de un año nuestro país aporta, con trescientos militares y ochenta vehículos blindados,  el contingente militar más potente de los desplegados en Letonia por la OTAN.

            Con estos antecedentes, los distintos miembros de la casta política española, y especialmente los que forman parte del gobierno, deberían hacérselo mirar porque no pueden extrañarse ni asombrarse de que Rusia haya utilizando o esté utilizando el tema de Cataluña para perjudicar a una potencia que tiene desplegadas fuerzas militares a tan solo doscientos kilómetros de sus fronteras y de este modo intentar desestabilizar el Sur de la Alianza Atlántica mientras ésta tiene todo su empeño en el frente Sureste (Ucrania) y Noreste (Países Bálticos).

            A Rusia, como a cualquier otra potencia internacional, prácticamente le sale gratis utilizar las debilidades y los conflicto internos de sus oponentes, por lo que la cuestión de Cataluña, aún cuando claramente le trae sin cuidado, sin duda le supone una enorme oportunidad para demostrar a sus contrarios que "donde las dan las toman y callar es bueno".








(1) Con el nombre de "El Gran Juego" se conoció el enfrentamiento geopolítico sostenido durante el Siglo XIX entre Gran Bretaña y Rusia por el control de Asia Central y especialmente por el control de Afganistán. De hecho, durante la segunda mitad del Siglo XX lo que se llamó "Guerra Fría" no fue más que una reedición de "El Gran Juego" entre la URSS y Estados Unidos, potencia sucesora del Imperio Británico, a escala global y no solo limitada a Asia Central.


(2) En cierta ocasión y ante una numerosa manifestación de ciudadanos españoles ante la embajada británica en Madrid, el Ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer se puso en contacto telefónico con el Embajador Británico en España, Samuel Hoare, y al ofrecerle el envío de más policía el embajador británico le contestó: "Prefiero que me envíe menos manifestantes".

miércoles, 8 de febrero de 2017

HURACAN TRUMP




"La mejor manera de solucionar un
problema es no buscarlo donde no existe".

            Tras ganar las pasadas elecciones presidenciales, los más sesudos politólogos dudaban de que Donald Trump intentase siquiera cumplir alguna de sus polémicas promesas electorales, pero en tan solo una semana en el cargo de Presidente de los Estados Unidos ya ha comenzado cumpliendo doce de sus veintiocho propuestas abriendo el más amplio debate en el seno de los Estados Unidos y de la Comunidad Internacional desde los años treinta del siglo pasado.

            En un mundo que reduce toda cuestión a la simpleza de la calificación de "bueno" o "malo", "aceptable" o "inaceptable", parece ser que ya se ha encasillado a Donald Trump sin mayor análisis, como si fuera un fenómeno extraño y ajeno a toda lógica que ha llegado al poder en Norteamérica. Donald Trump no es un individuo que ha ganado unas elecciones y ha accedido a la Presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump es un resultado, un resultado larga e irresponsablemente creado durante las últimas décadas en el que subyace un sustrato ideológico no ajeno a las más profundas tradiciones norteamericanas.

            Como ya explicamos en nuestro artículo "Trump Triump", la ideología mostrada por Donald Trump no es nueva ni novedosa porque encuentra su fuente en el viejo aislacionismo norteamericano, en la Doctrina Monroe y en la teoría del Manifiesto Destino, además de inspirarse en el espíritu del informal movimiento W.A.S.P., acrónimo inglés de White, Anglo-Saxon and Protestant (Blanco, Anglo-Sajón y Protestante),que nunca ha dejado de estar presente entre las más altas esferas de la sociedad norteamericana. Tal es el sustrato ideológico de la política que desarrollará Trump, por lo que solo a los ignorantes de la historia norteamericana puede llamar la atención y escandalizar los decretos presidenciales que está firmando el Presidente norteamericano.

            Por otra parte, Donald Trump es la consecuencia de setenta y cinco años de ausencia de política porque desde el final de la Segunda Guerra Mundial no ha existido, ni en Estados Unidos ni en Europa, una acción política al reducirse todo a la más pura economía y estar todo al servicio de ésta. La reconstrucción de Europa tras la guerra mundial, la interesada y descontrolada descolonización que generó la aparición del Tercer Mundo con sus graves problemas humanitarios e incluso la Guerra Fría no fueron nada más que enormes acciones económicas  para beneficio de los mercados y de quienes en ellos actúan.

            El Plan Marshall, que levantó económicamente Europa tras el último conflicto mundial, resultó imprescindible para que el viejo continente pusiera en marcha sus mercados y se convirtiera en un importador de bienes de equipo y de consumo norteamericanos mientras que la descolonización abría grandes espacios en África, Asía y Oceanía para la explotación salvaje de los recursos naturales por parte de las grandes multinacionales al mismo tiempo que las antiguas potencias colonizadoras se lavaban las manos ante los problemas del emergente Tercer Mundo y los nuevos estados se convertían en piezas a adquirir por las superpotencias para sus respectivas áreas de influencia en el gran teatro de la Guerra Fría. Por su parte, la misma Guerra Fría fue más un enfrentamiento económico que político en la que se dilucidaba el control de determinados recursos y mercados por parte de las superpotencias más que la extensión de la ideología comunista o liberal.

            Tras la caída del muro de Berlín en 1989, fue cuando se empezó a hablar de globalización que consistía en la entrada en los estados ex-comunistas del capital occidental  a fin de hacerse con las infraestructuras y recursos económicos que hubiera en los mismos y hacerse con sus mercados abriéndolos a los productos occidentales. Al amparo de esta globalización capitalista que ya no tenía quien la pudiera contrarrestar, se empezó a dar el fenómeno de la deslocalización en dos fases siendo la primera de ellas lanzar "globos sonda" por parte de los empresarios solicitando una legislación laboral más laxa que abaratase los costes de la mano de obra en los estados capitalistas occidentales y la segunda, simple y llanamente, en trasladar la producción de los bienes a cualquier punto del globo donde se dieran las condiciones laborales exigidas por las empresas, la mayoría de ellas multinacionales, que no tenían nada que temer ante una premisa económica que aseguraba el derribo de todo arancel en aras de la idea del libre comercio con su libre circulación de capitales, mercancías y personas.

            Después de un cuarto de siglo de práctica globalizadora, los resultados no han podido ser humanamente más desalentadores: sobreexplotación salvaje de los recursos naturales, degradación de las condiciones laborales en los países capitalistas occidentales, perpetuación de la pobreza en el Tercer Mundo, aparición de paraísos de explotación laboral en África, América y Asia, etc.... y todo ello en beneficio de un reducido número de personas que son propietarias de las grandes empresas multinacionales o se sientan en sus Consejos de Administración.

            La deslocalización ha provocado en el mundo occidental capitalista un desempleo creciente que se ha pretendido combatir inútilmente con bajadas de impuestos que han ido en detrimento de las prestaciones sociales y con reformas laborales que han degradado al máximo el mercado laboral generando nuevos problemas sociales.

            Es precisamente este escenario quien ha dado la victoria electoral a Donald Trump en Estados Unidos quien, dicho de otra forma, ha prometido a los norteamericanos más América y menos compromisos exteriores. En este sentido, y en materia de política exterior, es muy previsible que la administración Trump revise su posición en el seno de la Alianza Atlántica, mantenga acuerdos y alianzas puntuales con algunos "aliados" europeos y se retraiga del frente Atlántico no alentando la expansión de Europa y de la OTAN hacia el Este europeo, concretamente hacia Ucrania, lo que eliminaría un punto de fricción con Rusia y dejando la lucha contra el integrismo islámico, problema que tanto han ayudado a crear las anteriores administraciones norteamericanas, en manos de Rusia y de los países europeos, que al fin y al cabo son los más próximos al mismo. En cambio Estados Unidos se volcaría en el frente del Pacífico intentando minimizar el impacto que la economía China en particular y asiática en general tiene sobre la economía norteamericana imponiendo barreras arancelarias y denunciando los tratados de libre comercio lo que provocaría, al menos en teoría, el retorno de numerosas plantas de producción industrial a Estados Unidos, la reducción de la inversión norteamericana en Asía aumentándola en el propio país y un descenso notable del desempleo.

            Curiosamente las primeras medidas tomadas por Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, que cuentan con el respaldo del cuarenta y nueve por ciento de los ciudadanos norteamericanos, han sido duramente atacadas por las grandes multinacionales que deben temer no poder seguir considerando a los trabajadores mera carne a la que pueden usar y tirar según sus particulares criterio de rentabilidad siendo las grandes defensoras del TTIP (Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones), las grandes beneficiarias de la explotación laboral en el Tercer Mundo y las grandes responsables del cambio climático.

            Es posible, muy posible, que Donald Trump se convierta en un problema para la humanidad, pero ese problema ha sido creado por el insaciable deseo egoísta de unos pocos por enriquecerse ilimitadamente en detrimento de las grandes masas trabajadoras, lo que ha originado que la cuerda se haya tensado tanto que posiblemente ya se haya roto. Es igualmente posible, muy posible, que Donald Trump no termine normalmente su mandato en la Casa Blanca y tenga que dimitir, pero si eso ocurre no será fruto de las movilizaciones de un millón de estudiantes en los campus universitarios norteamericanos como pretenderán que nos creamos, sino por los intereses materiales de las grandes corporaciones económicas que pueden verse afectadas por el giro político que supone el programa de Trump.


miércoles, 26 de febrero de 2014

LA CRISIS UCRANIANA

            Desde hace varios meses las noticias de las manifestaciones y protestas en Ucrania contra el presidente Yanukovich han ocupado la primera plana de todos los medios informativos occidentales resaltando que se trataba de unas protestas ciudadanas en contra del aplazamiento “sine die” de la firma del Tratado de Asociación con la Unión Europea acordado por el ejecutivo ucraniano, pero en realidad la crisis Ucraniana esconde mucho más que un simple posicionamiento europeo o antieuropeo de unos políticos.

            Tras la desintegración de la Unión Soviética en 1990, las fronteras Occidentales de Rusia se convirtieron en altamente inestables al ceder la Rusia postsoviética todas aquellas áreas de influencia y territorios que habían marcado su política exterior durante todo el Siglo XX y que, por fin, había conseguido en las Conferencias de Yalta y Postdam. Si gracias a los acuerdos de Yalta y Postdam la URSS conseguía extenderse hacia occidente conquistando Koningsberg (hoy Kaliningrado), que quedó incorporado a Rusia, y la Rutenia Subcarpática, que se incorporó a Ucrania; reconquistando territorios los perdidos en 1917 por el Tratado de Brest-Litovsk como los Países Bálticos (Lituania, Estonia y Letonia), la Carelia (en la frontera soviético-finlandesa) y una gran extensión de Polonia que fue repartida entre Bielorrusia y Ucrania; en 1990 veía como los Países Bálticos proclamaban nuevamente la independencia aislando por completo al territorio ruso de Kaliningrado y como igualmente Bielorrusia y Ucrania proclamaban la independencia, dejando ésta última a Rusia sin prácticamente salida al Mar Negro y generándose entre ambos estados una primera crisis diplomática a causa de la propiedad de la Flota del Mar Negro estacionada en Sebastopol.

            Todos los nuevos países independizados de la extinta URSS presentan desde su origen problemas similares ya que en su interior existen unas minorías muy cualificadas de población rusa o pro-rusa a los que Rusia no reconoce como nacionales suyos y a los que algunos nuevos estados, como es el caso de Letonia, tampoco les reconoce como ciudadanos propios generándose los naturales problemas de marginación que tal situación provoca. Aunque Ucrania, sí reconoce a los rusos que viven en su territorio como ciudadanos ucranianos, la situación se agrava al resultar la base territorial del actual estado ucraniano fruto de la anexión de grandes extensiones de territorio a costa de Polonia y de Rutenia Subcarpática (que hasta 1938 fue parte de Checoslovaquia y que ha partir de ese año fue un estado independiente posteriormente ocupado por Hungría) en Occidente y de la cesión arbitraria por Stalin de grandes territorios en Oriente y en el Sur que tradicionalmente habían sido siempre Rusos entre los que cabe destacar la Península de Crimea. Esta situación demográfica que hace que prácticamente una cuarta parte de la población sea rusa o tenga simpatías por Rusia es el mejor caldo de cultivo para que el estado ucraniano sea un estado fallido a causa de posibles conflictos étnicos o secesionistas (en el caso de Rutenia Subcarpática o de la propia Crimea).

            No obstante, lo que ha ocurrido y amenaza con ocurrir en Ucrania no tiene nada que ver con un conflicto étnico o secesionista interno sino que es una clara crisis internacional protagonizada por Alemania y por Rusia. Si se observa con atención y objetividad se puede observar que desde el derrumbe de la URSS en 1990 Alemania lidera la política exterior de la Unión Europea hasta poderse afirmar que es Alemania y no un acuerdo de los países miembros de la Unión Europea quien marca las pautas de la política exterior común. De esta forma, ya en 1992, Alemania impuso a sus socios europeos en Maastricht el reconocimiento internacional de Croacia y Eslovenia bajo la amenaza de un reconocimiento unilateral de estos nuevos estados lo que termino generando un recrudecimiento de la guerra en la exYugoslavia. Igualmente fue Alemania quien impuso a toda la Unión Europea una ampliación de la misma hacia el Este admitiéndose tan solo en los tres años que mediandesde 2004 a2007 adiez estados pertenecientes al antiguo bloque soviético muchos de los cualespresentaban y presentan graves déficits en materia de libertades y derechoshumanos y notables diferencias económicas que no les permitían cumplir ninguno de los requisitos de convergencia económica con Europa. A pesar de todo ello esta rápida ampliación de la Unión Europea a los países del Este permitía a Alemania comprar a muy buen precio las grandes industrias de estos países (Skoda en Chequia, astilleros de Gdánsk en Polonia…) accediendo al control económico de los mismos y obteniendo importantes bolsas de mano de obra más barata. Esta ampliación de la Unión Europea al Este iba acompañada de una ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en la misma dirección hasta que en el año 2007 las fronteras de Rusia se vieron reducidas a las mismas que existían con anterioridad a la batalla de Poltava en 1709 y con la amenaza de que dos estados fronterizos, Bielorrusia y Ucrania, cayeran también bajo la influencia de la OTAN y de la Unión Europea que es lo mismo que decir bajo la influencia de Estados Unidos y Alemania.

            Desde mediados de la primera década del Siglo XXI la Unión Europea, que, repetimos, viene a ser lo mismo que decir Alemania, han sostenido una especie de “Gran Juego” con Rusia como el que a lo largo del Siglo XX mantuvieron el Imperio Ruso y el Británico por Asia Central teniendo por objeto esta vez Bielorrusia y Ucrania. Si bien el juego parece haber terminado con la victoria de Rusia por lo que a Bielorrusia se refiere, las partes mantienen actualmente un pulso por Ucrania.

            Ucrania tiene una reciente vinculación política e histórica con Alemania porque al firmarse la paz de Brest-Litovsk en 1917 las tropas del Imperio Austro-Húngaro y del Imperio Alemán que ocupaban gran parte del territorio ucraniano favorecieron un primer estado independiente bajo la dirección de Pavló Skoropadski quien el 29 de Abril de 1918 se proclamo Hetman (Caudillo) del gobierno de Ucrania conociéndose este periodo político como Hetmanato. Skoropadski y su gobierno actuaron como un auténtico gobierno títere al servicio del Imperio Alemán hasta que tras la derrota de los Imperios Centrales y el levantamiento de Symon Pleitura y  Nestor Majno en Noviembre de 1918 se vio obligado a abandonar el poder retirándose a Alemania junto con las tropas germanas. El Hetmanato fue sustituido por un Directorio de cinco miembros dominado por Symon Pletiura que primero con el apoyo de las armas de los ejércitos austriaco y alemán en retirada y luego del ejército polaco de Jozef Pilsudsky consigue mantener un efímero estado ucraniano independiente hasta 1920 caracterizándose su política por innumerables razzias contra la comunidad judía que causaron la muerte de entre 35.000 y 50.000 judíos. Durante la II Guerra Mundial, al iniciarse la invasión de la URSS por parte del ejército alemán este es recibido en Ucrania, al igual que en los países bálticos, como un libertador e inmediatamente se entablan conversaciones entre los nazis y los nacionalistas ucranianos fruto del cual se crea el “Ejército Nacional Ucraniano” integrado por varias divisiones y brigadas de infantería y algunas unidades menores dedicadas a la lucha contra la guerrilla y a funciones de policía que sumaron un total de doscientos cincuenta mil hombres, alguno de ellos destinados a la custodia de campos de exterminio como el de Sobibor. La estrechez de miras y el fanático racismo antieslavo de los líderes nazis provocó una ruptura con una facción del nacionalismo ucraniano que creó el “Ejército Insurgente Ucraniano” que combatía tanto a los alemanes como a los partisanos soviéticos. El líder del “Ejército Insurgente Ucraniano”, Stépan Bandera, detenido por los alemanes fue protegido por Pavló Skoropadski que logró que lo liberaran en Octubre de 1944 para que, al frente del “Ejército Insurgente Ucraniano”, combatiera exclusivamente contra el Ejército Rojo y cubriera la retirada alemana del Sector Sur del Frente Oriental. Al final de la II Guerra Mundial algunos miembros del “Ejército Nacional Ucraniano” se incorporaron al “Ejército Insurgente Ucraniano” mientras que la mayoría se rindió a los británicos quienes los transfirieron como prisioneros de guerra al general polaco Wladyslaw Anders quien evitó su deportación a la URSS. Por su parte, el “Ejército Insurgente Ucraniano” siguió combatiendo contra el Ejército soviético hasta la rendición alemana en Mayo de 1945. Curiosamente de los líderes más significativos del nacionalismo ucraniano durante el periodo comprendido entre 1917 y 1945, Pavló Skoropadski, Stépan Bandera y Symon Pletiura, los dos primeros murieron en Munich (Alemania) en 1945 y 1959 respectivamente, por su parte Pletiura sería asesinado en Paris en 1926.

            Estos hechos históricos acaecidos en la primera mitad del Siglo XX ponen de manifiesto un claro interés geopolítico de Alemania por Ucrania que tras el derrumbe de la URSS y la independencia Ucraniana en 1990 ha resurgido con fuerzas renovadas. Hace un siglo el control de Ucrania habría significado para Alemania el acceso a enormes extensiones de tierra de cultivo que la habrían hecho totalmente independiente en materia alimentaria, en cambio actualmente este control significaría además cuarenta y cinco millones de consumidores más para los productos alemanes y el acceso de la industria aeronáutica y automovilística alemana a las muy importantes plantas de producción aeroespacial y de automoción ucranianas que harían a Alemania plenamente competitiva en estos sectores estratégicos de la industria en detrimento de la industria francobritánica y en clara equivalencia con la norteamericana.

            La incorporación de Ucrania a la Unión Europea y, presumiblemente, a la OTAN solo beneficiaría a Alemania mientras que el resto de estados miembros de la Unión verían deteriorarse gravemente sus relaciones con Rusia, para la seguridad de la cual ha sido vital desde la segunda mitad del Siglo XX el mantenimiento de una especie de “Estados Tapones” que la separasen de Alemania y del Occidente Europeo, por lo que presumiblemente se obligase a la gran potencia eslava a pactar con China y otras potencias menores (Irán, por ejemplo) algún tipo de alianza “antioccidental”. Sin ningún género de dudas la extensión de la Unión Europea y por ende de Alemania a Ucrania abriría una crisis entre Rusia y Occidente equivalente a la que supuso la anexión de Bosnia-Herzegovina por Austria-Hungría en 1908 y que figura como una de las causas que originaron el estallido de la I Guerra Mundial.

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