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domingo, 13 de septiembre de 2020

PEDRO SÁNCHEZ: “ATRÉVETE CON LOS VIVOS”


Siempre sonriente, siempre mirando para otro lado

 Los desechos de la Transición se le acumulan al presidente del Gobierno sobre la mesa de su despacho de la Moncloa. Y se amontonan, también, como un goteo incesante, en la memoria histórica reciente de la “izquierda institucional”. El alejamiento físico del emérito solo aplaza temporalmente sus responsabilidades y su destino. Y su hijo, el actual jefe del Estado, intenta demostrar que no pasa nada, que está limpio de polvo y paja, pero el declive de su imagen pública y de la propia institución continua imparable. Nadie se cree, excepto el aparato de propaganda gubernamental, que la monarquía vigente no participa de los vicios franquistas. Y a los entusiastas de la Constitución del 78 hay que recordarles que, en la institución monárquica, no se puede distinguir entre la persona y la propia institución: Juan Carlos de Borbón -a título de rey- es la única persona que figura con nombre y apellidos en el texto constitucional, para vergüenza de quienes continúan apoyándola -“inasequibles al desaliento”- cual texto sagrado. 

            Al binomio paterno-filial, herencia de la Dictadura, se le han añadido la pasada semana dos hechos significativos que siguen recordándonos que la Transición se cerró en falso. Por un lado, la citación en un juzgado argentino de Martín-Villa, por su presunta responsabilidad en los crímenes del post-franquismo, y por otra la sentencia -recurrible- sobre la propiedad del Pazo de Meirás. Dos hechos que nos recuerdan que una parte importante del régimen franquista pervive, cuarenta y cinco años después de la muerte del General. Las libertades democráticas siguen hipotecadas y los residuos del franquismo continúan mostrando sus vergüenzas. El tránsito del franquismo a la democracia sigue siendo una herida sangrante que se cicatrizó en falso… y comienza a oler a podrido. 

            No ha sido la justicia española quien ha tomado la iniciativa de investigar la basura que se esconde bajo la raída alfombra de la Constitución del 78. Investigar hechos cometidos por relevantes ciudadanos con pasaporte español y que afectan directamente a la legalidad institucional, han tenido que iniciarse fuera de nuestras fronteras, para mayor gloria de nuestro aparato judicial, siempre tan exquisito en su independencia como complaciente con el sistema. Han tenido que ser un juez suizo, en el caso del emérito, y una jueza argentina en el caso de Martín Villa, quienes abrieran los procedimientos.

            Que la justicia ordinaria -en este caso la española, que algo tiene que hacer- haya reconocido que el Pazo de Meirás fue ofrecido al general Franco en tanto que jefe del Estado, y por tanto debe volver a ser patrimonio público, es una buena noticia. Y debería de ser el inicio para la recuperación de otros bienes de dudoso origen, actualmente en propiedad de los herederos biológicos y políticos del Dictador. La ministra portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, ha celebrado la sentencia: “nos parece de justicia, es un patrimonio que pertenece al pueblo español y tenía que volver al pueblo español…/… un patrimonio que de forma ilegal o fraudulenta fue hurtada al Gobierno español”. ¿Y ese mismo argumento no sirve, igualmente, para demandar al emérito que, aprovechándose de su impunidad constitucional, ha amasado presuntamente una fortuna valorada, hace algunos años, por la prensa americana, en dos mil millones de dólares? ¿No debería esa fortuna revertir íntegramente en la hacienda pública española siguiendo el ejemplo del Pazo de Meirás? Pero la defensa de la memoria democrática, a la que tanto recurre la izquierda institucional, no sirve para investigar -independientemente de su prescripción- la venta por don Juan de Borbón del Palacio de la Magdalena de Santander; aquel palacio, pagado dos veces por la ciudadanía -primero como regalo a Alfonso XIII y posteriormente como compra-, no era “¿patrimonio que pertenece al pueblo español?” ¿Lo que demandamos a la familia Franco no es demandable a los Borbones liberales? ¿Qué diferencia legal o ética hay entre la patrimonialización privada de bienes públicos, como el Pazo de Meirás o el Palacio de la Magdalena?.

Martín Villa, ¿Cantando la Macarena?
 De la imputación de Martín Villa, por una jueza argentina, por sus responsabilidades en diversos sucesos sangrientos ocurridos en los primeros años de la Transición hay que destacar, como ya ocurrió en el caso del heredero del Dictador, la defensa cerrada que la clase política, la “nomenklatura constitucional”, ha hecho del político. De entre todos los apoyos recibidos por Martín Villa hay que destacar, entre otros también reseñables, el de José Luís Rodríguez Zapatero, ex-presidente del Gobierno e impulsor de la Ley de la Memoria Histórica. Según Zapatero, no le consta que Martín Villa, ministro en los primeros años de laTransición, tuviera responsabilidades en aquellos asesinatos; entonces, ¿quién las tenía? Y para proteger al político de origen franquista el ex-presidente socialista no duda en recordar la Ley de Amnistía, una ley que, recordemos, equipara legalmente la lucha por la democracia con los asesinatos de Estado. La Ley de la Memoria Histórica, en muchos aspectos tan necesaria para cerrar las heridas de la Guerra Civil, aclarar los crímenes del franquismo y sepultar dignamente a los vencidos, debe de tener continuidad histórica, e investigar los crímenes de Estado cometidos durante la Transición. Pero todo nos conduce a pensar que el sistema –y especialmente la clase política profesional- no tiene interés en sacar los cadáveres de los armarios: aunque les vaya en ello su propia credibilidad democrática y su honestidad política. 

            Aun tiene que cumplirse un año del traslado de los restos del Dictador desde la basílica del Valle de los Caídos al cementerio de Mingorrubio. Aquella inhumación se presentó como una apuesta personal del Presidente Pedro Sánchez, una operación de propaganda mediática facilona y sensiblera, aunque un tanto deslucida por los excesivos honores que se le tributaron a Franco. Pero la sombra del franquismo, más allá de la momia del Pardo, es muy alargada, continúa en el aparato policial, en el Ejército, en las finanzas, en la justicia… Y conviene, aquí y ahora, recordar unas pintadas que hace pocos años aparecieron en Pamplona, efectuada por jóvenes carlistas, cuando se planteó el desmantelamiento de algunos monumentos erigidos durante el franquismo: “Atrévete con los vivos”. Pues eso, Pedro Sánchez: atrévete con los vivos, con Juan Carlos y Felipe, con Martín Villa… 


viernes, 15 de mayo de 2020

ENTREVISTA EN EL LIMBO A BILLY EL NIÑO




 Quienes me siguen en la prensa local saben que suelo hacer entrevistas en el Limbo a gente fallecida. Una licencia literaria, que me permite hacer hablar a quienes ya no pueden hacerlo. Y del Limbo regresaba -con los años cada vez estoy más por allí- cuando me crucé por el camino con Billy el Niño, a quien el coronavirus acababa de dar avío a la Eternidad.

Imagínense la escena: los dos parados en aquellas soledades cósmicas, como cuando se encuentran dos montañeros en alguna cumbre. Guardando la distancia de seguridad, nos sentamos a descansar en un rabo de nube. Me di cuenta que el hombre tenía ganas de hablar y que venía muy enfadado de su paso por la Tierra. Aproveché la ocasión y, por provocarle, le solté lo que pensaba de él: “Billy, eres un ser abyecto. Naciste en la Extremadura del hambre, y en lugar de dedicarte al toreo, o convertirte en revolucionario vasco como tu paisano Txiki, o simplemente, ser un emigrante honrado, te dedicaste al arte de perseguir a los demás, machacarlos en comisaría y hacinarlos en mazmorras. A pura fuerza bruta subiste hasta la cima de la Brigada Político Social, escalando sobre los cuerpos magullados de cuantos caían en sus manos. Ahora, hasta Wikipedia te pone como chupa de dómine. Te condenarán aquí arriba, ya que la jueza Servini no ha podido hacerlo ahí abajo. ¿Cómo te sientes?”.

         Para mi sorpresa, en lugar de verlo abajado por el vituperio primero y el coronavirus después, me encontré con un hombre altivo y de un discurso cruel, pero coherente: “Sí, yo fui un torturador. ¿Y cuál es el problema? Cumplía órdenes, era el franquismo, todos hacíamos lo mismo. Políticos y jueces nos lo ordenaban, la prensa aplaudía, la Iglesia bendecía. ¿Por qué tengo que ser el único paganini y no esos que se hicieron demócratas de repente, empezando por los Borbones? Mira mi amigo y compañero Melitón Manzanas: en 2001 le concedieron la Gran Cruz de reconocimiento civil y millonarias indemnizaciones a su familia como víctima del terrorismo. ¿No torturó tanto o más que yo? Y si todos torturábamos en nombre del gobierno franquista, ¿por qué Carrero Blanco, nuestro jefe supremo, ha recibido tantos honores y prebendas?”.

         Por seguir tirándole de la lengua, le digo que esos mismos honores los hubiera tenido él, si lo hubiera matado la ETA. “¡Por supuesto, eso es lo que me indigna! -responde airado- Si los etarras me hubieran pegado un tiro junto a Melitón, o volado junto a Carrero, ahora sería un héroe de España y mi familia tendría el riñón cubierto. Pero como no lo hicieron, me echan a las pezuñas del oprobio y el vilipendio”.

 “Además -continúa Billy- si fui tan malo en el franquismo ¿por qué en 1977, ya con gobiernos democráticos, me enchufaron en la Brigada Central de Información, para seguir haciendo lo mismo con el Grapo, con los de ETA y con cuantos caían en mis manos? ¿Acaso Adolfo Suárez y Felipe González no sabían de mis métodos y de mi experiencia profesional? ¡Por supuesto que lo sabían! Yo seguí haciendo lo mismo bajo otros mandos. Y por eso Rodolfo Martín Villa, otro converso, me entregó la medalla de plata al Mérito Policial. Y posteriormente otras tres medallas más, todas en la democracia”.

         Me muevo inquieto en el rabo de nube. Billy tiene razón. A él no lo condecoró el franquismo, sino quienes vinieron después. Aparento empatizar con él y le digo que eso ocurría en los inicios de una débil democracia, amenazada por el golpismo y los vascos malos… “¡No me vengas con cuentos! -me espeta cabreado-. Tortura, tortura, lo que se dice tortura, y a mansalva, fue lo que vino después, en la sacrosanta democracia. A nosotros no se nos fue tanta gente en la bañera, el potro o la picana como a los que nos sucedieron. Arregi, Gurutze, Zabalza, Geresta, Lasa, Zabala ¡Qué falta de profesionalidad! Hace falta ser torpes para poner la cabeza como se la pusieron a Unai Romano, pero claro, eso el juez Grande-Marlaska no lo veía y, aún así, ha acabado de Ministro de Justicia. ¡Toma ya! Como el juez Garzón, que casi le dan el Premio Nobel de la Paz. O Sánchez Corbí, condenado por “relajar” a Kepa Urra y acabó de jefe del operativo de Catalunya. O Gil Rubiales, que después de darle pasaporte a Arregi lo enviaron de comisario jefe a Canarias. La tortura, en la democracia, ha sido la escalera de los ascensos. ¿Por qué se meten ahora conmigo? Pues para tapar con la capa de la lejanía sus desaguisados actuales. Y espera, que ya son más de 4.000 denuncias de torturas las que ha aceptado el Gobierno Vasco, y las que van a seguir viniendo. ¿Cuántos Billy el Niño, y peores que yo, hay detrás de todas esas denuncias? Dentro de unos años, cuando los verdaderos culpables se sientan seguros, buscarán otro cabeza de turco como yo, y comenzarán a perseguirlo como a mí, para que la gente crea que la justicia funciona y que vive en un país decente. Así funciona España”.

         “Jobar Billy -le digo- te voy a tener que dar la razón”.

         Nos despedimos. “¿Voy bien camino del Limbo?” -me pregunta-. Le digo que no, y sin dudar le señalo otro, un alcorce hacia las calderas de Pedro Botero. Y hacia allí se dirige, confiado, libre ya de cámaras y periodistas. Al final, pienso mientras regreso, no es más que un pobre diablo, al que el coronavirus ha librado de su verdadero infierno terrenal. Este virus cabrón debería afinar la puntería y disparar más arriba.

Jose Mari Esparza Zabalegi

Editor

martes, 3 de marzo de 2020

CARLISMO Y PODEMOS: CONFLUENCIAS Y DESENCUENTROS




 La irrupción de Podemos en el contexto político actual demuestra haber sido una de las posibles canalizaciones de la indignación social surgida a causa de la crisis económica de 2008,  y de la escandalosa corrupción política que hasta ese momento había existido en España. De manera que ha servido como un revulsivo que ha llevado a una cierta catarsis política.

            El carlismo es el movimiento político más antiguo de nuestro país, mientras que Podemos es uno de los movimientos políticos más recientes y novedosos. Y les une, pese a la distancia temporal, la crítica al liberalismo económico-político, que también hacían en el pasado, al mismo tiempo que los carlistas, las organizaciones  obreras.
El liberalismo económico  se presentaba, en el siglo XIX,  como solución a los problemas del déficit de la Hacienda Pública, a costa de la privatización de los recursos y bienes comunales, lo que llevó al Carlismo a su lucha contra un liberalismo que también se traducía como la imposición centralista de un Estado auspiciado por una única cultura, bajo el idioma castellano, al que se llamaría español, dejando todas las demás lenguas, culturas y tradiciones peninsulares completamente marginadas y desprotegidas. Aquel liberalismo que pretendía, como hoy, una España centralista y uniforme, que niega la personalidad, el alma de la diversidad existente de los antiguos reinos peninsulares, y que siempre el carlismo había tenido presente en su solución federalista desde la autogestión económica, territorial y política bajo el paraguas de la vieja institución referente que significaba la Monarquía Hispánica. La protesta social carlista vino también motivada por la precariedad material de las clases populares que estaban experimentando los efectos del liberalismo económico, ya que la privatización de los recursos y bienes comunales los dejaba sin hogar, sin trabajo y sin futuro, por ello clamaron contra el proceso de empobrecimiento del que estaban siendo objeto. 

            Un proceso de empobrecimiento muy similar, aunque salvando las distancias por el contexto y situación temporal, al de la crisis del año 200 que, bajo los efectos del déficit presupuestario y la creciente deuda pública, de nuevo las fuerzas liberales presentaron sus soluciones basadas en la privatizaciones de los recursos y bienes públicos. Años antes de la crisis,  se habían producido las grandes privatizaciones del comunal público, a las cuales desde el siglo XIX tanto el movimiento obrero como el Carlismo, se habían venido oponiéndo y criticando,  desde sus diferentes experiencias e ideas que los inspiraban. Las concentraciones de los indignados contra el desempleo, la precariedad laboral, las condiciones abusivas hipotecarias y de los alquileres, echaron a la gente a la calle, para defender un sistema público que defendiera la justicia social,  la vivienda, la atención social, la educación , la sanidad, el trabajo y un sistema de pensiones digno.

            Para el Carlismo, la defensa de la institución monárquica tradicional se hacía desde la base del respeto de aquella institución por la autogestión: territorial, política y económica, basada en un concepto de soberanía mucho más concreto y no tan abstracto como el defendido por el liberalismo. Ese viejo concepto carlista, que hoy día entronca con la defensa de la soberanía alimentaria o la soberanía energética, es mucho más concreto que la tan cacareada y patriotera soberanía española, la cual termina cayendo en la dependencia del poder financiero internacional; toda una contradicción en quienes se autoproclaman  patriotas. En los orígenes del Carlismo  la soberanía económica venía defendida por el acceso a la tierra y el respeto al medio ambiente. Los carlistas,  sin desarrollar un planteamiento ideológico,  tenían una gran preocupación por la ecología y el medio ambiente, ya que sabía que su modo de vida dependía de su sustento, y éste lo conseguía del acceso a los recursos y bienes comunales, los cuales debían preservarse evitando cualquier tipo de sobreexplotación.

            Podemos sin darse cuenta ha puesto en valor una gran parte del discurso y planteamiento del Carlismo histórico: desde la puesta en escena de los círculos, pasando por la defensa del comunal público frente a las privatizaciones, hasta la necesidad de vertebrar las Españas bajo un sistema federal, desde abajo a arriba. El pactismo del carlismo, se esgrime en Podemos, y de alguna manera ha recogido la tradición pactista de la vieja monarquía peninsular ibérica-hispánica.

 Los postulados teórico de Podemos han chocado en gran parte con algunas actuaciones llevadas a cabo por la élite dirigente del partido, que en algunos momentos ha recordado las acciones centralistas de corte jacobino robesperiano, o a los liberales centralistas, o a los métodos estalinistas, algo que realmente choca con el espíritu inicial de la formación morada, que se presentaba con una imagen más transversal, para luego señalar que su transversalidad se hacía desde posiciones izquierdistas.  La relativa ambigüedad de Podemos, dentro del arco político, es comparable al Carlismo histórico, que tampoco tuvo una clara ubicación política, ya que el tablero político decimonónico y los dirigentes tradicionalistas,  lo situaron al margen de las reivindicaciones populares que planteara.

            Para los carlistas la agresión al medio ambiente perpetrada por el liberalismo económico podía ser hasta combatido desde posiciones ludistas, con demostraciones de rechazo a la máquina y a las tecnologías que no sólo sustituían la mano del ser humano, sino que además bajo su proceso de fabricación y de uso contaminaban. Sin embargo, aquella crítica hacia el liberalismo que se presentaba como reaccionaria, ante la crisis ecológica medio ambiental que tenemos a nivel mundial, es hoy progresista. Si bien los tiempos han cambiado, y el liberalismo nos ha alejado de la praxis comunal de la aldea, para muchos, quienes nos conocen, reconocen que el carlismo vislumbró que los carlistas teníamos razón. Pero no basta con tener razón o que nos den la razón, porque buscamos la transformación social, después de la deformación a la que ha conducido el liberalismo a toda la humanidad. Esa deformación a  nivel mundial se traduce por ejemplo en la contaminación del medio ambiente, y en la explotación laboral, aprovechando las condiciones de desprotección social en las que se encuentran millones de seres humanos, con las consiguientes migraciones de refugiados ecológicos, o refugiados medio-ambientales. De alguna forma el carlismo previó y criticó el impacto negativo de la contaminación ambiental auspiciada por la industrialización liberal sobre los usos y formas de vida tradicionales más apegados al mundo rural.

            Por otro lado, desde Podemos, y muchos colectivos feministas, debería afinarse el feminismo desde la convicción de la lucha contra la violencia de género, contra la misoginia, la lucha contra el machismo, la lucha contra la desigualdad social, desde el ejercicio de la lucha de clases, y no bajo una óptica de deformación por la cual se nos presente al feminismo como una suerte de guerra de sexos, traducido en misandria, pues ningún sexo es superior o inferior al otro. Que la explotación capitalista no entiende de sexos, pero quiere vernos inmersos en esa guerra, para dejarlo libre a los efectos de la praxis de su corolario económico: dejar hacer, dejar pasar, y seguir con la explotación de personas, animales y recursos ecológicos.

            La entrada de Podemos en el Gobierno Central en coalición con el PSOE ha abierto una fórmula de colaboración política inédita hasta ahora en la democracia española contemporánea. El ejecutivo actual ha sido recibido por las fuerzas políticas de la derecha, y  por su “acorazada” mediática,  como ilegítimo y contrario a los intereses de España. La legitimidad del Gobierno actual está fuera de toda duda. La derecha tiende a confundir sus intereses particulares con el bien común, y su patrioterismo excluyente solo conduce al enfrentamiento y a la discordia. Pero partiendo de la indiscutible legitimidad y legalidad del Gobierno, la praxis de su gestación y la actitud de las fuerzas políticas que lo componen inducen a recibirlo con cautela. Del aparato del PSOE se puede esperar cualquier conducta: puede presentar una propuesta y su contraria sin solución de continuidad y sin ningún tipo de pudor. Podemos también ha dado muestras de incoherencia y apetito de poder. ¿Por qué la fórmula de la actual legislatura no fue posible en la anterior?, con un alto coste político y social que tuvimos que pagar todos los ciudadanos. La moral acomodaticia de la “casta” de Podemos ha taponado hasta las más generosas tragaderas: desde las lágrimas de cocodrilo del líder, a los aplausos vergonzantes al Jefe del Estado, en el escenario de la cámara de los representantes del pueblo.

            Pero más allá de la estética política y de las sobreactuaciones para la galería, el nuevo ejecutivo ha encarado con decisión –y con prudencia y cautela- los dos mayores desafíos del momento: la crisis de Catalunya y la política social. Esperamos y deseamos que el desafío independentista se conduzca por los caminos del diálogo y se alcance un mínimo pacto federal. Y que este Gobierno, teóricamente progresista, al menos aminore y suavice las profundas desigualdades sociales y económicas que están soportando amplios sectores de las clases populares: la sanidad, la educación, las pensiones, la vivienda, el trabajo, la dependencia y la igualdad de género no pueden esperar.


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