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miércoles, 30 de marzo de 2011

HABÉIS OÍDO QUE SE DIJO... PERO YO OS DIGO...

Aquel Maestro, llamado Jesús de Nazaret, enseñaba con autoridad propia. No dependía de los dichos de los sabios, ni de los escribas. Se atrevía a ir más allá de ley judía, llevándola a su radicalidad, con lo que la trascendía. Rompía su esquema retributivo y se situaba en otra esfera. Se dijo “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: “Amad a vuestro enemigos”. La ley del talión, el ojo por ojo y diente por diente, resulta desbordada.


¿Los seguidores de Jesús habremos de poner la otra mejilla, tendremos que renunciar a hacer frente a quien nos agravia, nos estará vedado el resistir al mal?. Y aquí los exégetas empiezan a discutir, a razonar sobre lo que dijo o quiso decir, sobre si la traducción es fiel a las palabras recogidas por el evangelista. ¿Dónde quedaría la justicia o la legítima defensa?... Lo que realmente rompen las palabras de Jesús es la distinción opositora entre los míos y los otros, entre los amigos y los enemigos. A los nuestros los calificamos de buenos, de los extraños solemos sospechar su maldad. Cuando ocurre un crimen en un lugar, lo primero que dicen las gentes, es si habrá sido alguien que vino de fuera. Y recelamos de forasteros y extranjeros, sobre todo si son pobres. El horror nos paraliza y angustia, si resulta que el criminal es alguien de dentro, de nuestro pueblo, de nuestra casa.


El mal moral existe, producido por los seres humanos, desde los principios de la historia. Hoy lo seguimos cometiendo en formas mucho más refinadas y agigantadas. Y todo mal tiene autor o autores, a menudo cómplices, y siempre víctimas. El sufrimiento de las víctimas clama al cielo y golpea a toda conciencia recta. No podemos permanecer impasibles ante ese llanto, ante esas heridas físicas o morales. Hemos de atender, consolar, cuidar a las víctimas. Pero más aún: hemos de tratar de impedir que ese daño se siga produciendo. No podemos callar, ni mirar hacia otro lado, aunque no hayamos participado en la comisión inicial, nuestro silencio cobarde, nuestro pasotismo inmoral nos convertiría en cómplices. La exigencia de verdad ante las injusticias, ante los crímenes, ante las violaciones de Derechos Humanos es el primer escalón de la justicia.


Luego viene el deber de reparar el daño causado. La impunidad del mal es el mejor caldo de cultivo para que se siga produciendo. Cuando alguien atropella, arrasa, esclaviza, violenta a otros seres humanos, los emplea de instrumento para conseguir sus fines, la equidad exige que repare, en lo posible, el daño causado. Pero, ¿quién puede devolver la vida a los asesinados, quién podrá secar las lágrimas de las víctimas, quién podrá restituir el honor a los vilipendiados?. Los vencidos no suelen tener más consuelo que el recobrar la memoria de la injusticia cometida, pero la historia suele estar escrita por los vencedores o por mercenarios a su servicio. La reparación sería el segundo escalón para una justicia humana. Lo difícil es no traspasar la línea tenue que separa la justicia de la venganza. En ese sentido, la ley del talión representó un avance histórico: una cierta proporción entre el daño causado y la pena impuesta por él. Era la familia, el clan de los agraviados, quienes la aplicaban. El derecho de las víctimas a juzgar y castigar a los ofensores fue universal, cuando podían ejercerlo.


Un paso siguiente en el avance civilizador fue la exigencia de que no se podía ser juez y parte al mismo tiempo. El juzgador debía ser imparcial, alguien ajeno a la víctima y al ofensor. Los jueces eran elegidos por la comunidad o designados directamente por quien ejercía el poder político. Las reglas reguladoras de la pena podían seguir siendo las mismas: el ojo por ojo. Claro que con la invención del dinero podía convertirse en pecuniaria. Y se dio con frecuencia una tasación en función de la calidad de la víctimas: cuando la víctima era un notable, la sanción era mucho más elevada que cuando se trataba de un villano.


Otro avance de calado mucho mayor se produjo cuando se introdujo la distinción entre el crimen involuntario, la culpa objetiva, de aquel provocado con intencionalidad. A lo hora de juzgar, la apreciación de lo que hoy llamamos circunstancias agravantes, atenuantes y eximentes condujo a un aquilatamiento mucho más equitativo de la responsabilidad. Y otra conquista fue la superación de la responsabilidad familiar o colectiva. Ni los descendientes, ni el clan fueron ya sancionados por delitos cometidos por un antecesor u otros miembros de la comunidad.


En el mundo occidental, la llegada de la modernidad se tradujo en este campo en tres conquistas: la exigencia de la tipificación previa del delito en una ley o código; las garantías jurídicas en el proceso penal para evitar la comisión de arbitrariedades, con la presunción de inocencia de todo acusado y su derecho a un abogado defensor. Y recaída la pena, la superación de ésta como mero castigo o efecto disuasorio en la sociedad, para tratar de conseguir a través de ella, un efecto rehabilitador en la persona del delincuente. Varias críticas pueden hacerse hoy a la práctica penal y penitenciaria: la pervivencia de la pena muerte (esa forma de asesinato legal) en varios Estados; el olvido muchas veces de las víctimas; el escaso efecto rehabilitador de las sanciones: y la discriminación real, en función de la clase social o etnia, en el castigo de los delitos.


Desgraciadamente, se sigue dando la impunidad en delitos cometidos directamente por el propio poder político o por bandas delictivas, con cierto apoyo social. La llamada razón de Estado juega en estos casos para favorecer la no persecución de estos crímenes. La negativa de Estados poderosos a aceptar la jurisdicción del Tribunal Internacional de Justicia es el ejemplo más grave de la arrogancia de quienes se sitúan por encima de las leyes. Pero hay otras prácticas muy graves que lesionan Derechos Fundamentales de las personas, amparadas por los ordenamientos jurídicos que están condenando a millones de seres al hambre, la sed, la enfermedad, al destierro, en definitiva; a la muerte.


¿Cuál debe ser la conducta de los seguidores de Jesús ante esta realidad tan dramática?. Es ineludible que resistamos al mal, lo mismo que cualquier persona honesta, sean cuáles fueren sus creencias o increencias, con ellas y codo a codo con ellas. Cerrar los ojos y los oídos ante el sufrimiento de tantos hermanos es injusto, nos convierte en cómplices del mal. Claro que una resistencia que incremente el dolor de otras personas no puede ser legítima. La violencia, el devolver mal por mal, la venganza, aparte de incrementarlo, no resuelve el problema. Existen formas de resistencia no-violenta, algunas de ellas ya probadas en la historia, que deben utilizarse. Tienen sus riesgos indudables, desconocerlo sería suicida. Exigen superar el propio miedo y enfrentarse cara a cara con los malhechores, denunciar sus abusos, negarse a consentir sus desmanes...


Pero las palabras inquietantes de Jesús nos piden bastante más. Amar a los enemigos nos sitúa en otro nivel, más allá del estrictamente retributivo. Para ello, tenemos que renunciar a juzgar, no podemos conocer el interior de las personas. Hay resistir al mal, pero reprimiendo el afán de convertirnos en enemigos de quienes lo cometen. Para ello, hemos de reconocer el mal que existe en nuestro interior, el daño que también nosotros hemos cometido contra nuestros prójimos. Y al sabernos perdonados por el Amor incondicional nos ayudará a dar nuestro perdón. Como decían las líneas finales, dirigidas a quien le iba a asesinar, en la carta póstuma del superior de los monjes asesinados en Argelia, recogida en la película “De dioses y hombres”: “Y a ti, también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también GRACIAS y este A-DIOS en cuyo rostro te contemplo y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío”. Sí, son las palabras de nuestro Hermano mayor en la Cruz :”Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Pedro Zabala


sábado, 4 de diciembre de 2010

TESTAMENTO POLÍTICO DE S.M.C. DON CARLOS HUGO DE BORBÓN PARMA

Mis hijos me lo han pedido y a ellos, a mis carlistas, a mis amigos, a los que me acompañaron con su fidelidad a lo largo de tantos años, dedico este escrito en el que me propongo fijar lo esencial del papel que ha desempeñado, desempeña y, estoy seguro, desempeñará nuestra familia en la historia.

Si enarbolamos como lema la "Esperanza", no fue para alentar una vana ilusión. "Esperanza" ha significado para nuestros antepasados a la vez una opción y un compromiso.

La opción era la de sostener un humanismo cristiano, fundamento de valores que se han perfilado cada vez mas a lo largo del tiempo, como la justicia, la solidaridad fraternal, la libertad, el respeto a los derechos humanos, a los derechos culturales de los pueblos, el respeto a la vida que la palabra antigua de "fueros" sobre-entiende. Pero, esto si, cuidando siempre, desde San Luis a Carlos VII y a mis antepasados mas próximos, de separar claramente la autoridad religiosa de la política, sin lo cual no se puede pretender alentar un verdadero humanismo cristiano. Para no ser estéril, el humanismo requiere que los valores sean capaces de promover cambios progresivos sociales, económicos y políticos. Porque hay una interrelación constante entre los valores que son el patrimonio mas precioso del hombre y la Vida. Los valores impulsan a la vida y esta, la vida de los hombres, el pensar y opinar de los hombres, a su vez en su dinámica nos obliga a volver a formular constantemente los valores que le han impulsado. Solo así se va hacia adelante. Por lo tanto, y aquí interviene la exigencia y el compromiso a los que me he referido antes, hay que saber ponerse al frente de estos cambios y no frenarlos como lo han hecho tantas veces los príncipes y los responsables políticos, para asegurar el avance de las sociedades y la paz que requiere.


Este es el papel de nuestra dinastía. Cada uno de sus miembros ha recibido gratuitamente en herencia multisecular una cierta autoridad histórica. Donde cesa la gratuidad es en el manejo de esta herencia: la sociología política habla de los "guardianes de la conciencia histórica de los pueblos" refiriéndose a los que están revestidos de un prestigio histórico. Pueden utilizarla pretendiendo interpretar solos y en sentido restrictivo esta coincidencia histórica para favorecer el culto a la personalidad o, al contrario, utilizarla para abrir las puertas de esta conciencia histórica hacia otros horizontes y nuevos valores, permitiendo responsabilizar a los pueblos con las tareas sociales y políticas.


Nuestros antepasados, hasta con tropiezos y errores, actuaron así, primero dentro del marco de naciones-estado como Francia, España y Parma, donde hemos reinado hasta hace poco; y cuando faltó este marco, como espacio de una autoridad reconocida, utilizando este don de Dios al hombre, el tiempo, el tiempo vital para seguir cumpliendo con su responsabilidad en el largo plazo de la historia. Así, mi padre, Don Javier, promovió el intento de paz separada en la primera guerra mundial entre Austria y los aliados, Francia, Bélgica e Inglaterra. Luego asumió el liderazgo político y dinástico del Carlismo, designado como era por el rey, Alfonso Carlos, en una de las etapas mas arriesgadas de su historia: la guerra civil. Participo en la segunda guerra mundial y en la resistencia al nazismo en Francia, tierra de nuestra estirpe capetiana, que le valió estar encerrado en el atroz campo de concentración de Dachau. Después retomo el mando del carlismo para su revalorización en aras de una preparación de la post-guerra.


Mi padre, Don Javier, me transmitió el testigo. En la etapa en la que, bajo su dirección, he estado al frente del carlismo, no solo como su Príncipe, sino como su líder y jefe político, ha sido marcada por esta voluntad de cumplimientos en el peculiar marco español y en la peculiar etapa del franquismo.
A nuestra generación, le ha tocado la clarificación ideológica del Carlismo, la expresión moderna de sus aspiraciones históricas, fueristas y socialistas y participar con otras fuerzas progresistas a la transición democrática. Junto a mis hermanas Ma Teresa, Cecilia y Mª. de las Nieves, junto a mi esposa Irene de Holanda y a todos los militantes que me secundaron, hubo que convertir a esta antigua fuerza popular en partido moderno y progresista, luchando contra la dictadura franquista en el largo camino hacia la democracia. Llevar, el increíble cambio de un régimen elevado sobre los escombros de una guerra civil a una democracia moderna, solidaria y abierta al mundo que alejó los fantasmas de la guerra civil y cambió completamente España, incorporándola a Europa. Cambio que se reputó de milagroso: así Dios opera sus milagros a través de los hombres cuando los hombres se inspiran en una espiritualidad cuyas raíces hay que buscar en la palabras de Cristo. También en los grandes maestros de la humanidad que han surgido a lo largo de la historia.

Luego tuvo lugar la vuelta a nuestro antiguo Ducado de Parma con la ambición, desde allí, desde nuestras tradicionales Ordenes familiares, de promover hombres y mujeres, una élite mundial que participen en una activa pedagogía política, económica, ecológica a través de artículos, libros y conferencias dirigidas a la naciente sociedad mundial.


Nos hallamos sin duda en un momento difícil de la historia del mundo. Los progresos en los campos de la tecnología y de la ciencia, en general en esta parte del Orbe, no se han revertido en la "aldea global" sino solo en esta área privilegiada en la que vivimos. Y aun, en lo que se refiere tanto al poder económico como al político, en favor de determinantes agentes de nuestra sociedad.


De allí el desorden, el caos que tanto temían los griegos, es decir, la ausencia de un orden profundo, de un orden basado en una opción humanista que regule toda la complicada maquinaria del mundo, tanto de la sociedad humana como del planeta en general. El resultado es, por una parte, la violencia como expresión de la ira de los pueblos, de determinados grupos en el seno de estos pueblos o de países enteros; ira sin rumbo, pero no sin razones, que se caracteriza como terrorismo, visto como si fuera una especia espontanea, cuando en realidad es el fruto detestable de otra violencia, la gran, la terrible injusticia que caracteriza el mundo actual, la gran y terrible inconsciencia por parte de los privilegiados que envuelve, en general, a esta injusticia.


Ahora quiero hablar del futuro, de la problemática mundial. Lo he dicho al principio. La Esperanza, lema antiguo de nuestra familia, tanto en su andadura francesa como española o italiana, nos exige realismo y voluntad de acción.

Aun teníamos una ambición mayor, la de hacer participar mas activamente la sociedad toda en la decisión política, a través de una gestión global responsable: gestión que abarque a la sociedad desde todas sus instancias en lo territorial como en otros ámbitos como el profesional, a todos los pueblos de España, a todos los pueblos de Europa, con sus tradiciones propias. Queda en pie el proyecto; no es estéril. Queda en pie como una proyección hacia la sociedad global, una sociedad cohesionada pero representativa. Hay que volver a construir una moral exigente en el campo de la justicia, del respeto a los derechos humanos y, el primero, a la creencia religiosa de cada pueblo, exigente en el campo de la solidaridad y de la compasión. Una moral compartida por los creyentes de las grandes religiones del mundo y por los que, sin pertenecer a ellas, están en línea con los valores que predican en el marco de un humanismo ilustrado. Hay que proponer un proyecto político factible de gestión común de la sociedad mundial, algo que los pueblos anhelan y que, de hecho, representan como intentos interesantes, aunque no suficientemente representativos, las grandes instancias internacionales de hoy día. Es la única manera de salvar la vida colectiva de los grandes peligros que la acechan, el primero de ellos de disolverse en un penoso y tumultuoso sobrevivir donde cada uno vela por sus propios intereses y aun lo proclaman con orgullo. El futuro no es solamente una secuencia cronológica del pasado. El futuro es una creación nueva; os lo confío.


Mis hijos, Carlos Javier, Jaime, Margarita y Carolina estáis todos, ya por vuestra propia opción de trabajo y voluntad, comprometidos con este proyecto en la profesión altruista que habéis elegido: ayudar a cambiar el mundo, cambiar el rumbo fatalista de la sociedad actual. A mi hijo mayor, Carlos Javier, que será el nuevo Duque de Parma, transmito solemnemente los derechos dinásticos que recibí de mi padre, seguro de que cumplirá con las obligaciones que suponen. Después de él sera a sus hijos legítimos y, si faltaran estos a su hermano Jaime.


Os puedo legar ahora el testigo. De donde esté velaré por el. Que Dios os guarde, mis hijos, mi familia toda, mis colaboradores, mis queridos carlistas y amigos y os permita cumplir con esta tarea.

Tomado, salvo error u omisión, de la revista Carlismo Hoxe - Extra de Novembro 2010

viernes, 27 de marzo de 2009

EL SIGNIFICADO DE UN SERMÓN MUY VIGENTE

Muy conocido y repetido en diversas versiones es el erróneamente considerado poema y más erróneamente atribuido a Bertolh Brecht “Cuando los nazis vinieron…” cuya traducción íntegra al castellano es la siguiente:


Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.


Este texto no es ningún poema sino que forma parte de un sermón pronunciado por su autor, el pastor protestante Martín Niemöller, en Kaiserslautern durante la Semana Santa de 1946 y cambiando los sujetos que se mencionan en el mismo tiene diversas versiones.


Realmente el texto es eterno pues, como se ha dicho en el párrafo anterior, basta cambiar los sujetos del mismo para adaptarlo a las distintas situaciones de represión que se dan hoy en día en diversas partes del mundo e incluso también en nuestro país, pero el significado del mismo no es tanto una denuncia de un estado totalitario y represivo como un ataque a la actitud individualista e indiferente de los ciudadanos.


Efectivamente, más que un ataque al régimen nazi lo que representan estas palabras es una crítica a la actitud pasiva e indiferente ante el mal que asumió la práctica totalidad de la población alemana durante las persecuciones nazis. Esta actitud que se reduce a las, entre otras, muy populares afirmaciones “Tu no te metas”, “A mi que me importa” o “no es asunto mío” es propia de las sociedades desarmadas y desorganizadas por todo estado que, de una forma u otra y bajo diferentes pretextos, fomenta la ausencia de crítica, la aceptación sumisa y la obediencia absoluta.


Es necesario que los individuos sepan y asuman que cualquier acción u omisión que realicen en el marco de su libertad particular tiene sus consecuencias, positivas o negativas, en la colectividad de la que forman parte por lo que siempre existe un compromiso con los demás que el ser individual no puede ignorar en beneficio propio salvo que, con tal actitud egoísta, quiera ser gobernado más por sus vicios que por sus virtudes y descender al Tártaro donde la degeneración ética y moral será la piedra alrededor de la cual estará condenado a caminar por siempre para beneficio de los tiranos de todo tiempo, clase y condición.

viernes, 13 de marzo de 2009

FILANTROPÍA, CARIDAD Y JUSTICIA

Una de las ultimas encuestas que sobre el perfil sociológico de los españoles realiza periódicamente el C.I.S. (Centro de Investigaciones Sociológicas) revela que somos, entre otras cosas, mas solidarios y menos heroicos. Ahora intentaremos analizar lo que esta "solidaridad y falta de heroísmo" significa.


El C.I.S. califica a los ciudadanos de "solidarios" basándose en los datos que indican una numerosa participación en organizaciones no gubernamentales y en las actividades "filantrópicas" que estas desarrollan. La filantropía (término este acuñado en el siglo XVIII y que etimológicamente proviene de las palabras griegas “filos” y “antropos” significando textualmente "Amor al Género Humano" tiene su origen en la lucha a muerte que sostuvo y aun sostiene el liberalismo contra la Iglesia Católica. Siendo patrimonio del Catolicismo la virtud teologal de la "Caridad"; el liberalismo necesitaba algo similar para contraponer y así surgió la "filantropía" y con ella multitud de sociedades filantrópicas.


La "filantropía" se diferencia de la "Caridad" en que la primera prescinde de los requisitos de la existencia de Dios y del sometimiento a sus leyes, mientras que la "Caridad" exige la creencia en Dios y la obediencia a sus preceptos para ejercitarla. Es mas, mientras la "filantropía" se ejercita para con otros hombres, la "Caridad" se practica exclusivamente para con Dios, aunque de esta practica puedan derivarse y de hecho se deriven la mayor de las veces beneficios para el prójimo.


El filántropo puede ser católico o no, hombre religioso o ateo, mientras que el hombre caritativo, a fuer de no caer en una contradicción in terminis, ha de ser un hombre profundamente religioso.


La "filantropía" ha sido y es el entretenimiento de hombres ociosos con cierto poder adquisitivo que generalmente se agrupan en asociaciones, fundaciones e incluso sociedades secretas. A sensu contrario, la "Caridad" puede ser ejercida por cualquier persona sin distinción alguna ya que un acto caritativo no solo consiste en "dar dinero a un pobre", sino que también puede consistir en enseñar a quien no sabe, sacar del error a quien esté inmerso en él, etc ...


Una ultima, y no por ello menos importante, diferencia entre la "Caridad" y la "filantropía", la encontramos en el desinterés. La "Caridad" se practica desinteresadamente, sin intención alguna de obtener un beneficio económico, fiscal o laboral, en cambio, en el ejercicio de la "filantropía" sí existe tal interés, tal afirmación se demuestra con los múltiples beneficios fiscales y subvenciones que reciben las sociedades filantrópicas (hoy llamadas Organizaciones no Gubernamentales) y con las referencias a tales actividades que se hacen en los "Curriculums" a la hora de solicitar algún puesto de trabajo.


En relación con esta eclosión de un sin numero de voluntarios que sientan plaza bajo no sé qué bandera, de un humanismo desmesurado y de un amor apasionado al hombre que inunda esta sociedad nuestra de principios de siglo, surge, porque tiene que surgir, la otra cualidad de la que son legítimos propietarios los españolitos de hoy y que es la falta de heroísmo o sentido del sacrificio.


La falta de heroísmo esta íntimamente relacionado con la practica filantrópica porque la "filantropía" es un fin en si misma, quien la practica suele dedicar a la misma unas cuantas horas a la semana o quizás al mes dando unos Euros o visitando a algún necesitado y con ello el filántropo considera que ha cubierto todos sus objetivos para con la sociedad. En cambio, la practica de la "Caridad" no se agota en si misma, al hombre religioso que la practica, se le exige además que practique las otras dos virtudes teologales (Fe y Esperanza) y también las "Virtudes Morales", entre las que se encuentra la JUSTICIA. Siempre se ha dicho que "La Caridad alivia el mal, pero no lo remedia" y no lo remedia porque no tiene la misión de remediarlo. El deber de remediar los males materiales que existen en el mundo corresponde a la JUSTICIA y el hombre caritativo por ser hombre religioso y, más aun católico, tiene también que practicar la virtud de la JUSTICIA y luchar, si ello fuera necesario, para imponerla en el mundo.


El hombre caritativo, para no ser un católico emasculado, ha de luchar infatigablemente por la Justicia soportando en esa lucha todas las penalidades y sufrimientos que sean necesarios y por eso podemos afirmar que los hombres que esto hiciesen estarían recorriendo el duro camino que culmina con la obtención de las palmas del martirio o los laureles del heroísmo. En el otro lado de la balanza, el filántropo, al contentarse con su mediocridad, nunca exigirá el imperio de la Justicia y por ello jamás sentirá la necesidad de arriesgarse en ninguna lucha por la consecución de algún alto ideal.


Hoy, a comienzos del Siglo XXI, cuando la "Caridad" parece retroceder ante el avance de la "filantropía", la cual fue definida por el ilustre Chateubriand como "la moneda falsa de la Caridad", surge el filántropo como un nuevo tipo de hombre que caracterizara a la sociedad de la que forme parte como CONFORMISTA, HIPOCRITA, COBARDE y sobre todo PELIGROSAMENTE CONTRADICTORIA.

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