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sábado, 19 de julio de 2008

HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA por Jules Michelet

Sorprendentemente y contradiciendo mis reiteradas y ya publicas opiniones sobre la extraña y rara política editorial, tendente siempre a editar como completas obras en extracto o empezar a publicarlas por el último volumen haciendo esperar al lector un año o quizás más a que aparezca la ansiada continuación, la editorial Ikusager de Vitoria ha editado en colaboración con la Fundación Pablo Iglesias y en tres volúmenes perfectamente editados y presentados la célebre obra del historiador, panfletista y sociólogo francés Jules Michelet “Historia de la Revolución Francesa”.

La edición que ofrece en el presente la editorial Ikusager, reproduce la primera edición en español preparada y traducida por Vicente Blasco Ibáñez, entre los años 1898 y 1900, para la editorial valenciana “Biblioteca Popular” y al igual que ésta se encuentra amenizada con ilustraciones de gran calidad a cargo de Daniel Urrabieta Vierge, fiel discípulo de Gustavo Doré cuyo estilo informa todos los bellos grabados que aparecen en la obra.

“Historia de la Revolución Francesa”, fue escrita por Jules Michelet entre los años 1848 y 1852 y siendo una obra perfectamente documentada, ya que su autor gozó del privilegio de escribirla mientras estuvo a cargo de los Archivos Nacionales en París; resulta necesaria y justificadamente extensa (posee casi tres mil páginas) pero su estilo, sin duda copiado o inspirado del que su antagonista, el también historiador francés Jacques Crétineau-Joly, desarrollase en su “Historia de la Vendee Militar”, la aleja del aburrimiento científico para acercarla a la agilidad de exposición novelada sin apartarse en ningún caso del rigor que ha de mostrar toda obra histórica, haciendo que esta obra de Michelet sea la fuente documental principal de la novela histórica que, ambientada en el periodo de la Revolución Francesa, se escribe actualmente.

La edición presentada por la editorial Ikusager se enriquece con la inclusión de un estudio preliminar a cargo del propio Vicente Blasco Ibáñez sobre la vida y obra de Jules Michelet en el que se echa en falta una disertación sobre el paralelismo y la rivalidad que, sin duda debió existir en vida, entre Michelet, historiador liberal, republicano y anticlerical y Crétineau-Joly, historiador, sacerdote, monárquico y antiliberal. Este paralelismo y rivalidad se demuestran, no solo en la temática tratada por ambos autores sino, sobre todo, en la práctica coincidencia cronológica en la publicación de sus respectivas obras. Así por ejemplo parece que la “Historia Religiosa, Política y Literaria de la Compañía de Jesús” publicada por Cretineau-Joly entre los años 1844 y 1846 es la refutación a las teorías vertidas sobre los jesuitas por Michelet en diferentes conferencias pronunciadas a lo largo de 1841 y que la propia “Historia de la Revolución Francesa” es una contestación a la “Historia de la Vendee Militar” publicada por Crétineau en 1842.

Siendo “Historia de la Revolución Francesa” de Jules Michelet una obra interesante, amena y de lectura altamente recomendable es de lamentar que, hasta el momento, ninguna otra editorial española haya publicado alguna de las numerosas obras escritas por Jacques Crétineau-Joly (preferentemente alguna de las dos mencionadas anteriormente o las dos) que permitiera observar a los lectores la rivalidad entre estos dos magnos historiadores franceses del Siglo XIX y disfrutar de dos puntos de vista radicalmente opuestos sobre unos mismos acontecimientos para un mejor enjuiciamiento de la historia contemporánea en sus mismos orígenes.

viernes, 4 de abril de 2008

LAS AVENTURAS DE DAVID BALFOUR de R. L. Stevenson

Recientemente he sido obsequiado con un extenso volumen de más de setecientas páginas que bajo el título de “Las aventuras de David Balfour” ha publicado la editorial Valdemar en su colección “Club Diógenes” y que reúne dos novelas del conocido literato escocés, R.L. Stevenson, tituladas “Secuestrado” y “Catriona”.

Ambas novelas, “Secuestrado” y “Catriona”, que integran un todo narrativo siendo la segunda pura continuación de la primera, que bien podría haberse prolongado por el autor sin necesidad alguna de escribir una segunda novela; tienen por objeto las aventuras y desventuras del joven David Balfour, que al perder a su padre y quedarse totalmente desamparado en su aldea natal se dirige a Edimburgo para ponerse bajo la protección de su tío, quien, al ver peligrar su fortuna, lo entrega al patrón de un barco mercante para que lo venda como esclavo en América y lo haga desaparecer. Durante la accidentada travesía, que termina con el naufragio del buque frente a las costas de las Tierras Altas de Escocia, entabla amistad con el agente jacobita y prófugo de la justicia británica Alan Breck con el que se vera envuelto en una falsa acusación de asesinato y en una trepidante fuga a través de toda la Hightland escocesa en la que David Balfour conocerá a diversos clanes jacobitas, será testigo de una gran injusticia producida por la conspiración de unos magistrados corruptos y terminará enamorándose de Catriona, nieta del famoso Rob Roy.

“Secuestrado” y “Catriona” están ambientadas en la Escocia de mediados del Siglo XVIII, pocos años después de la derrota de la Causa Jacobita en la batalla de Culloden (1745) y aunque se hallan en ellas innumerables referencias al “cuarenta y cinco” mencionándose en varias ocasiones la terrible represión a la que fueron sometidos los habitantes de las Tierras Altas Escocesas por su apoyo a Carlos Jacobo Estuardo, rey legítimo de la Gran Bretaña (prohibición de determinadas canciones y danzas, prohibición de usar el Kirk, prohibición de usar el Tartan, prohibición de portar el Dirk…), se encuentran bastante alejadas de ser novelas históricas porque en la narración cobra mayor importancia las peripecias y circunstancias personales de los protagonistas que toda la ambientación histórica tratándose por ello, más bien, de unas novelas de aventuras bien trabajadas y entrelazadas que hacen de ellas unas obras de lectura fácil y agradable equiparables en calidad y estilo a la famosísima novela del mismo autor “La Isla del Tesoro” aunque, para mi gusto particular, se podría haber profundizado más en las circunstancias históricas involucrando a los personajes en el contexto histórico, el cual aparece como una nebulosa difusa que envuelve la historia siendo totalmente independiente de la actividad de los protagonistas.

lunes, 31 de marzo de 2008

“LOS MISERABLES” de VÍCTOR HUGO O LA NOVELA COMPLETA


Cuando en 1862 Víctor Hugo escribió “Los Miserables”, no pudo ser consciente de que posiblemente estaba escribiendo, no una de sus obras más emblemáticas, pues “Nuestra Señora de París” también lo fue para su autor, sino la que posiblemente sea la mejor novela de la literatura contemporánea.

“Los Miserables” adquiere su condición de mejor novela de la literatura contemporánea tanto por su argumento como por su estructura narrativa.

En cuanto al argumento de la novela pretende ser una epopeya popular que extrae de las clases populares la mayor parte de sus protagonistas principales (los cuales resultan ser en numerosos casos de noble y heroica condición) siendo el mensaje subliminal y principal de la obra la idea de que hay individuos que se ensalzan desde su más baja condición mientras que otros, por la maldad intrínseca a su personalidad, serán siempre unos miserables morales. En este sentido, “Los Miserables” es una novela que, aunque escrita en un momento en el que el anticlericalismo y el laicismo militante hacían furor en el mundo literario y político, esta totalmente impregnada de un mensaje social y moral cristiano (no en balde el protagonista Jean Valjean, es redimido al principio de la historia por un obispo) que la hacen una obra literaria atemporal cuya lectura no desmerece por el tiempo transcurrido desde su publicación.

No obstante, es en su estructura narrativa donde “Los Miserables” alcanza una cota de perfección difícilmente lograda por otras obras posteriores. Así en primer lugar, nos encontramos en la extensa obra de Víctor Hugo con historias de multitud de personajes, en principio independientes las unas de las otras, que terminan confluyendo en la historia principal donde finalmente todos los personajes están históricamente relacionados y guardan conexión. Así, por ejemplo; Thenardier guarda relación con Mario Pontmercy por haber sido el primero un saqueador de heridos en Waterloo donde intentando robar un reloj al padre del primero, éste cree que le está salvando la vida y le queda eternamente agradecido haciendo también deudor de gratitud a su hijo. Igualmente ocurre con el personaje del pilluelo parisino de Gavroche quien, teniendo aparentemente una historia sin relación alguna con ningún otro personaje, resulta ser hijo de Thenardier. En gran medida esta estructura donde los personajes siempre guardan íntima relación aunque en un principio no sea aparentemente así hace que el lector de “Los Miserables” mantenga siempre el interés y no deje de asombrarse de lo que va descubriendo según va recorriendo las páginas.

Por otra parte, “Los Miserables” es una novela completa porque en ella se aparecen felizmente reunidos infinidad de estilos prosaicos, siendo a la vez un folletín amoroso y de aventuras, una novela social y una novela histórica, siendo la descripción de la batalla de Waterloo que contiene de una belleza y perfección tal que el mismísimo ex Ministro de Asuntos Exteriores francés Villepin no pudo prescindir de tal descripción para escribir su reciente historia de “Los Cien Días”. Además de contener todos los estilos novelísticos anteriormente mencionados, existen en “Los Miserables”, varias digresiones técnicas que, manteniendo el hilo de la narración, constituyen auténticos ensayos de diversas materias como es el dedicado al “Caló”, que se convierte en un discurso lingüístico sobre el argot de las gentes del hampa propio de un académico de la lengua.

Todo esto hace de “Los Miserables” no solo la mejor novela de la literatura contemporánea a cuya calidad muchas se le han acercado pero ninguna la ha igualado (y mucho menos superado), sino también una novela completa o novela de novelas que vale la pena leer y releer aunque solo sea por puro deleite.

lunes, 24 de marzo de 2008

ELOGIO Y REPROCHE DEL SIGLO XIX


Si en estricto cómputo cronológico un siglo tiene cien años justos no ocurre lo mismo desde el punto de vista de la historia humana por la cual un siglo puede prolongar su vida más allá de los cien años no empezando y terminando necesariamente los mismos años que empiezan y terminan los siglos cronológicos. Precisamente tal es el caso del Siglo XIX que si bien cronológicamente empezó en 1801 y termino en 1900, históricamente empezó tras las guerras napoleónicas en 1815, que en realidad supusieron una prolongación del siglo XVIII y terminó en 1920, cuando los últimos tratados de paz de la Gran Guerra liquidaron toda la estructura política internacional fijada por el Convenio de Viena de 1815.
Es el Siglo XIX, tan vilipendiado por muchos, uno de los siglos que no puede pasar desapercibido para la historia de la humanidad, porque, tal vez fue un momento donde todo pudo lograrse y nada se logró por los vicios humanos, donde el hombre rozó con la punta de sus dedos la unión con Dios y la posibilidad de instaurar en la tierra el Reino de los Cielos.
En el Siglo XIX, se produce una renovación en la ciencia historiográfica y una vuelta al estudio apasionado del mundo clásico, casi como modelo a seguir, que dará tres grandes historiadores universales, como son el británico Gibbon y los alemanes Momsen y Droysen. El primero de ellos, preocupado analista de las sociedades humanas, elaboro una filosofía de la historia del Imperio Romano en su obra “Decadencia y Caída del Imperio Romano”, mientras que Momsen más científico y menos filósofo escribió su monumental “Historia de Roma” que aún hoy es uno de los mayores compendios de Historia Antigua, junto con la “Historia del Helenismo” trilogía escrita por su compatriota Droysen e integrada por las obras tituladas “Historia de Alejandro Magno”, “Historia de los Diadócos” e “Historia de los Epígonos”.
También el Siglo XIX es el siglo del Hombre, que es tratado, estudiado y reivindicado por la filosofía y por la literatura surgiendo innumerables pensadores y autores literarios de conciencia social más o menos pura o disimulada con elementos novelísticos sin que por ello desmerezca para nada las reivindicaciones subyacentes. Entre los primeros, no se puede dejar de mencionar a Carlos Marx quién en su obra “Crítica de la Economía Política”, comúnmente conocida como “El Capital”, puso de manifiesto la maldad intrínseca del capitalismo generalmente admitida por todos aunque no logró acertar con el remedio a tal maldad con su Socialismo Científico y su Materialismo Histórico. Igualmente acertados en la crítica a la explotación humana y quizás más acertados en los remedios estuvieron los literatos franceses Eugenio Sue, Victor Hugo y Emilio Zola.
Aunque la obra de Sue “Los Misterios de París”, adopte la forma del folletín y tenga numerosas licencias literarias, no por ello deja de ser una novela de denuncia social repleta de valores morales que finaliza dejando siempre la puerta abierta a la esperanza que nace de la bondad humana, cosa que le diferencia de Emilio Zola y de los literatos militantes en el socialismo científico. Mas socialmente didáctica resulta posiblemente “Los Miserables” de Victor Hugo, más que novela, epopeya popular en la que esta presente de forma continúa la crítica política y social y en la que se apela a la generosidad y bondad del corazón humano para la superación de todo tipo de injusticias.
No por ser el siglo del Hombre, deja de ser, el Siglo XIX; el Siglo de Dios. Así la Iglesia Católica, que desde la Revolución Francesa, sufre persecución política y paulatino ostracismo social (como muestra la invasión militar de los Estados Pontificios en 1870), renueva todo su pensamiento político y social surgiendo numerosos pensadores católicos comprometidos con la cuestión social dando lugar a la creación de agrupaciones obreras católicas y a la corriente de pensamiento Social-Cristiano encabezada por los franceses La Tour Du Pin y Le Play que promueven un nuevo tipo económico donde el interés y el beneficio quede supeditado a la justicia social y al bien común. Igualmente el pensamiento Católico empieza a combatir las tendencias estatalistas que comienzan ya a surgir y que culminarán con los totalitarismos de todo signo.
Por último, es el Siglo XIX, el siglo de la acción y es en esta acción donde fracasa toda ilusión y esperanza. Es la “Comuna de París” de 1871 la acción por excelencia del Siglo XIX y la que materializa el fracaso provocado por el sectarismo de unos y por las cortedad de miras de otros que pervive en la actualidad. Tal es la impresión que deja la lectura de la “Historia de la Comuna de París” de Lissagaray, ya que en la misma se narra que el principal motivo del levantamiento comunero no es la supuesta traición del Ejercito Francés que abandona el campo al ejército prusiano y se encierra en Metz para luego capitular, ni la pretensión de hacer una revolución socialista en Francia, sino, la de defender la República Francesa de una supuesta restauración monárquica en la persona de Enrique V. Así, resultan constantes en la obra las alusiones a los movimientos monárquicos en las provincias francesas y al triunfo de las candidaturas monárquicas en las elecciones. Pero lo cierto es que la hipotética restauración de la monarquía en Francia en la persona de Enrique V estaba muy lejana y que la propia personalidad e ideario del que fuera Rey Legal de Francia hacía posible que las reivindicaciones sociales de los “comunards” hubieran sido justamente atendidas creando una nueva situación social que se habría convertido en ejemplo a seguir por las demás potencias europeas. No obstante, tal posibilidad se vio impedida, en primer lugar, por la estúpida cerrazón del movimiento comunero, que sitiado en Paris por los generales del recientemente derribado Segundo Imperio, solo veía al Rey de Francia y a la bandera blanca florlisada tras los cañones que bombardeaban incesantemente la ciudad diezmándolos y, en segundo lugar, por la ceguera de la mayoría de los consejeros de Enrique V, quienes no teniendo más interés que la restauración de la pompa de una corte donde lucirse, impidieron al Conde de Chambord lanzar un manifiesto en el que se recogiera gran parte de las reivindicaciones sociales de la Comuna. El final de todo esto ya es conocido: Los “comunards” se vieron obligados a rendirse, sufriendo persecución y deportación, Enrique V jamás reinó en Francia a pesar de que la Asamblea Francesa era mayoritariamente partidaria de la restauración monárquica en su persona y los generales franceses instauraron una escandalosa “Tercera República” bajo su constante tutela y protección.
Tal vez de haberse llegado a un acuerdo entre el Conde de Chambord y la Comuna de París, la historia universal hubiera sido diferente y las sociedades humanas hubieran profundizado en los logros sociales y morales reivindicados en el Siglo XIX habiéndose evitado muchos de los males que hoy en día se padecen y se agudizan.

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