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lunes, 3 de mayo de 2010

LA GRAN CONMEMORACIÓN DEL 2010: EL BICENTENARIO DE LA EMANCIPACIÓN AMERICANA

A pesar de que a mediados del año 2009 se anunciaban a bombo y platillo desde las instituciones del estado español grandes celebraciones que tendrían lugar en el presente año 2010 para conmemorar el bicentenario de la independencia de las Américas, no se sabe si por causa de la crisis económica o porque se ha impuesto el sentido común ya nos encontramos doblando la primera mitad del año y, salvo alguna serie de reportajes publicados en revistas minoritarias especializadas en temas históricos, la “gran” efeméride está pasando sin pena ni gloria.

Como suele suceder siempre en esta España nuestra, las deseadas conmemoraciones de históricos acontecimientos siempre resultan estúpidas, bien porque se plantean mal y se organizan peor cayendo en el despilfarro faraónico y en el ridículo más espantoso, o bien, porque realmente no existe motivo alguno para conmemorar. Y es que, en el caso que nos ocupa, el año 1810, año en que se inició en cascada el proceso de independencia de los antiguos virreinatos americanos y el nacimiento de más de veinte nuevas repúblicas solo significó dos cosas y ninguna digna de celebrarse cuales son: el desencuentro y el fracaso.

La independencia Americana supone filosóficamente hablando un desencuentro porque todos los cabecillas del movimiento emancipador eran criollos, es decir, descendientes directos de españoles nacidos fuera de la península, lo que hace que la independencia de las Américas fuera en gran medida una enorme tragedia familiar donde los hijos o los nietos renegaban de los padres o de los abuelos.

Por otra parte la emancipación de las Américas supone a nivel político y social posiblemente el mayor fracaso y el mayor fiasco que ha existido en toda la historia universal basando tan rotunda afirmación en numerosos y variados motivos entre los que hay que citar los siguientes:

1º. La independencia de las Repúblicas Americanas supone la creación de numerosos estados fallidos pues todos ellos desde el mismo momento del reconocimiento de la independencia por parte de la Corona Española pierden esa independencia política al convertirse en territorios políticamente dependientes del Imperio Británico primero y de los Estados Unidos después hasta el punto de ser considerados actualmente como “el patio trasero” de Estados Unidos convirtiéndose en una especie de “estados de soberanía” limitada en vez de potencias pujantes dentro de la Comunidad Internacional.

2º. A pesar de ser naciones ricas en recursos naturales, que al tiempo de acceder a la independencia poseían unas importantes explotaciones mineras y agropecuarias acordes con la época, en la actualidad gran parte de esas explotaciones agropecuarias se han abandonado y se ha dejado la explotación de los recursos naturales y energéticos en manos de las grandes multinacionales, convirtiéndose en países importadores de bienes manufacturados y por tanto presentando una economía extremadamente dependiente con notables desequilibrios en sus respectivas balanzas comerciales.

3º. Y por último y lo más grave es que son naciones que, a pesar de la independencia y de los doscientos años transcurridos, tienen graves conflictos internos y pueriles envidias que les han llevado a sostener más de una docena de guerras entre ellas además de presentar tal caos social y económico que provoca que millones de sus ciudadanos no tengan más posibilidad para poder salir de la miseria que la emigración hacia los Estados Unidos, hacia Europa o, concretamente, hacia la antigua metrópoli de la que se independizaron.

Todo lo expuesto anteriormente, unido al hecho histórico objetivo y cierto de que la independencia de las nuevas repúblicas americanas supuso el comienzo de una generalizada masacre de pueblos indígenas, que hasta entonces vivían amparados por las leyes de la Corona Hispana, para favorecer de este modo la expropiación de sus tierras, hace que surja la gran cuestión sobre si el proceso emancipador de la América Hispana supuso un progreso para los pueblos hispanoamericanos o sí, por el contrario, significó una involución política, humana y social. En cualquier caso, el bicentenario de la independencia de la América Hispana constituye un acontecimiento que debe ser estudiado y recordado pero no es digno de conmemorarse ni a uno ni a otro lado del Atlántico.

miércoles, 31 de marzo de 2010

INAUGURACIÓN DEL MUSEO DEL CARLISMO

El pasado 23 de Marzo del 2010, contando con la presencia de S.M. el Rey de las Españas don Carlos VIII, Hugo, y del Secretario General del Partido Carlista, don Jesús María Aragón, se procedió a inaugurar en la muy noble villa navarra, y en otro tiempo capital carlista, de Estella-Lizarra; el Museo del Carlismo.

Con el acto de inauguración culminaron diez años de trabajo cuyo resultado es la muestra de 412 piezas de alto valor histórico que, cedidas principalmente por el Partido Carlista para su exhibición permanente, constituyen el fondo del museo que abarca la historia de este gran movimiento político y popular desde su nacimiento en 1833 hasta 1939.

El Museo del Carlismo, que se une a la red de museos de Navarra y que es el segundo existente en Lizarra-Estella tras el dedicado al pintor Gustavo de Maeztu, está instalado en un antiguo palacio construido por Juan de Echavárri y Larrain en la actual calle de La Rúa y que ha sido cedido por el Gobierno Foral de Navarra para tal fin distinguiéndose en la disposición del mismo tres partes claramente diferenciadas: la dedicada a la exposición permanente en la primera planta, la dedicada a exposiciones temporales en la planta baja y una sala multidisciplinar en la que se puede encontrar todo lo referente a la historia del edificio ubicada en el sótano.

Es de desear que el museo tenga un enorme éxito en el número de visitantes y que sirva para un mayor conocimiento del movimiento carlista, tan presente en la historia política española de los dos últimos siglos como actualmente desconocido por la mayor parte de la sociedad, así como que el mismo se vaya ampliando pues, como señaló Su Majestad en el acto de inauguración, en el museo “falta algo”. Y es qué, efectivamente, falta mucho. En primer lugar, falta toda referencia al Carlismo como movimiento político notándose una primacía de la historia bélica del Partido Carlista sobre la historia política e ideológica del mismo, lo que unido a que el museo se detiene, no se sabe por qué motivo, en el año 1939 falta toda referencia histórica a la dura época de la oposición Carlista al régimen franquista y a las persecuciones sufridas por los carlistas a causa de su lucha por la libertad y el federalismo y que culminaría con la participación del Partido Carlista en todos los movimientos unitarios a favor de la democracia. Asimismo, y en segundo lugar, se echa en falta que en el amplio edificio no haya un espacio dedicado a biblioteca especializada y a archivo documental, que hiciera del museo, además de una exhibición de objetos, un centro de documentación sobre el Carlismo a modo del que tiene el Partido Comunista de España o la Fundación Pablo Iglesias cuando a mayor redundancia se cedieron para el proyecto museístico tanto por parte del Partido Carlista como por personas particulares numerosa documentación original que abarca desde 1833 hasta la actualidad.


Como hemos dicho, deseamos larga vida al Museo del Carlismo de Estella-Lizarra así como el mayor de los éxitos haciendo votos por ello, pero atendiendo a las numerosas traiciones, defecciones y engaños que han sufrido los carlistas a lo largo de su historia no podemos dejar de tener presente aquel museo que también existió en Estella-Lizarra y que por no poder llamarse carlista (el franquismo no lo permitía) se denominó “Museo de Recuerdos Históricos de Navarra”, esperando que el actual “Museo del Carlismo” no acabe como aquel con la pérdida de alguna pieza irreemplazable.


domingo, 1 de noviembre de 2009

LA CONFEDERACIÓN CONTRA ESPAÑA



Los grandes acontecimientos de la historia son prácticamente conocidos por todos, aunque menos conocidas son las pequeñas cosas o anécdotas que los acompañan o rodean y que, en no pocos casos, hacen que los hechos se produzcan tal y como los manuales de Historia hacen que lleguen hasta nosotros.


Tal es el caso de la cuestión cubana que culminaría en la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898 y que hay que englobar dentro del desarrollo práctico de la “Doctrina del Destino Manifiesto” que, si bien fue definida por el periodista norteamericano John L. O'Sullivan en su artículo “Anexión” publicado en 1845 en la revista “Democratic Review” de Nueva York, ya inspiraba toda la política norteamericana desde el momento mismo de la independencia del joven país en 1776 y que fue fruto fundamentalmente de la tenacidad de emergentes políticos del Sur donde el deseo de independencia frente a la Gran Bretaña era mayor que en las colonias del Norte donde existía un importante sentimiento “lealista” entre los colonos.


En los primeros sesenta años de existencia, la política general de la joven república norteamericana era la que imponían los estados del Sur y sus políticos que llegaron a forzar la compra de la Lousiana y de la Florida, la guerra con México y la anexión de Texas, Nuevo México y Arizona al tiempo que ya mostraban interés por la incorporación a Estados Unidos de la Isla de Cuba. Este interés decayó al producirse la secesión de los Estados del Sur y la consiguiente guerra civil de 1861 a 1865 para retomarse nuevamente a mediados de la década de los años setenta del Siglo XIX, siempre encabezada por demandas de los políticos sureños quienes sabían de las importantes inversiones realizadas por ciudadanos norteamericanos en la isla y soñaban con la anexión de la misma.


El primer enemigo de los intereses de España en aquella época y secreto promotor de la guerra que se auguraba, no fue como se puede creer ni el presidente estadounidense Cleveland ni siquiera su sucesor McKinley, sino el exgeneral Confederado y Cónsul Norteamericano en La Habana Fitzhugh Lee (1835-1901). Fitzhugh Lee era sobrino del General en Jefe del Ejército del Norte de Virginia, Robert E. Lee, y se incorporó al Ejército Confederado al iniciarse la Guerra Civil en 1861 con el grado de Teniente consiguiendo, en 1863, el ascenso a Mayor General de la caballería confederada. Tras la guerra se dedico a la política llegando a ser Gobernador del Estado de Virginia en 1885 y, después de ser derrotado en las elecciones de 1893 al Senado norteamericano, logrando ser nombrado Cónsul General de Estados Unidos en La Habana. Desde su llegada a Cuba sostiene un fuerte pulso con las autoridades españolas y en vez de aplicar la política benevolente de su presidente Cleveland azuza el odio hacia España protestando contra las tácticas represivas de los españoles y luchando por los derechos de los ciudadanos norteamericanos en Cuba, incluidos aquellos que apoyaban abiertamente a las fuerzas insurrectas cubanas, como la tripulación del barco filibustero “Competitor”, capitaneado por Don Ricardo Ruiz de Ugarrio y Salvador, un cubano nacionalizado estadounidense. Si es muy posible que Fizhugh Lee estuviera detrás de la tendenciosa campaña periodística orquestada contra España por los periódicos de Hearst y de Pulitzer, es seguro que fue él quien requirió que un barco de guerra estuviese preparado en Key West, por si fuera necesario intervenir directamente. El buque designado para la misión fue el “Maine” que fue enviado a la Habana en Febrero de 1898 siendo su Capitan, Charles Dwight Sigsbee, quién mantuvo a partir de entonces unas estrechas comunicaciones con el cónsul Lee llegando éste a ordenarle que se preparara para entrar en acción en cualquier momento e impidiendo que abandonara el puerto donde explota accidentalmente el 15 de Febrero de 1898. Fitzhugh Lee es el primer personaje vinculado no solo a la política sureña, sino al mismo ejército confederado que vemos aparecer en los hechos que constituyeron o dieron lugar a la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898, tras la cual, por cierto, permaneció en Cuba como comandante del Ejército de Ocupación de La Habana y responsable de restaurar el orden en la isla.


Tras unos meses de tensión diplomática y precedida por acciones de corso contra buques españoles perpetradas por el Almirante norteamericano Sampson, Estados Unidos declara la guerra a España el 25 de Abril de 1898. En ese preciso momento Estados Unidos, aunque tenía una flota capaz de sostener adecuadamente la guerra contra España, no tenía un ejército suficientemente numeroso, equipado y adiestrado para desembarcar en Cuba por lo que tiene que acudir a reclutar unidades enteras de voluntarios con mandos propios como es el caso del “Primer Regimiento de Caballería” de Theodore Roosvelt, los conocidos Rought Riders, y a encuadrar a los numeroso voluntarios que nutrían las unidades del ejército regular bajo mando de antiguos oficiales Confederados siendo el más relevante de los mismos el General Joseph Wheeler (1836-1906). Wheeler era un militar profesional que dimitió de su cargo en el ejército norteamericano para unirse al Ejército Confederado donde asciende rápidamente a Coronel teniendo el mando el 19 Regimiento de Infantería de Alabama y termina la guerra siendo uno de los dos Generales de la Caballería del Ejército Confederado del Oeste (el otro sería el tristemente famoso Bradford Forrest, creador del Ku Klux Klan). Al finalizar la Guerra Civil norteamericana se dedica a la política trabajando por la reconciliación entre el Norte y el Sur hasta que el estallido de la Guerra Hispano-Norteamericana hace que el Secretario de Defensa de los Estados Unidos le nombre General en Jefe de las fuerzas terrestres que iban a desembarcar en Cuba, siendo el General que manda las tropas norteamericanas que avanzan sobre las Guásimas el 24 de Junio del 1898 y el que se enfrenta, el 1 de Julio de 1898, al frente de casi ocho mil hombres a los quinientos cincuenta españoles que bajo el mando del General Vara del Rey defienden el fuerte de “El Viso” y el poblado de “El Caney” derrotándolos tras una fuerte y heroica resistencia por parte de los españoles. Tras la Guerra Hispano-Norteamericana Joseph Wheeler, que es el segundo personaje vinculado al ejército confederado que tiene un papel importante en los acontecimientos, continua en el ejército estadounidense mandando una brigada de infantería en la guerra que tuvo lugar de 1899 a 1900 entre Estados Unidos y los Filipinos, al no reconocer los primeros la independencia de los segundos.


El último, pero no menos importante personaje que mantiene una vinculación con el antiguo ejército de los Estados Confederados de América y que participa en la contienda contra España es el conocido comandante de la unidad guerrillera confederada “Los Fantasmas Grises”, el Coronel John S. Mosby. John Singlenton Mosby (1833 -1916) ejercía de astuto abogado y, aun siendo contrario a la secesión, al estallar la guerra civil se incorpora como voluntario a la unidad de “Rifles Montados de Washington” hasta que en Enero del año 1863 recibe la orden de crear y mandar el “43 Batallón de la Caballería de Virginia” que tendría la misión actuar en la retaguardia nordista utilizando tácticas de guerrilla siendo la única guerrilla confederada que el gobierno de Richmond reglamentó. La fama y la eficacia de la unidad de Mosby, que logra en diversas acciones capturar a muchos altos mandos del Ejército de la Unión así como cuantioso botín de guerra junto con cierto respeto hacia la vida humana, incluso hacia la de los enemigos, que le hacen diferenciarse radicalmente de otras guerrillas confederadas como la dirigida por Quantrill, hace que sea conocida como “Los Fantasmas Grises” (The Grey Ghosts). Terminada la guerra con el grado de Coronel, Mosby vuelve a ejercer su profesión de abogado e intenta favorecer la reconciliación entre los antiguos combatientes llegando a ser uno de los directores de la Campaña presidencial en Virginia del ex general y futuro Presidente norteamericano Ulyses S. Grant lo que le lleva a sufrir diversas amenazas y la quema de su casa hasta que en 1878 es nombrado Cónsul en Hong Kong, cargo este que desempeña hasta 1885. Durante el ejercicio de su cargo de Cónsul en la colonia británica consigue que las autoridades autoricen la entrada y abastecimiento de buques de guerra norteamericanos, acuerdo éste que servirá para que en 1898, Hong Kong sea la base naval de donde partirá la flota norteamericana que derrotara a la española en Cavite y que desembarcara en Filipinas. En 1898, al estallar la Guerra Hispano-Norteamericana, John S. Mosby organizara un regimiento de caballería voluntaria que denominado “Los Húsares de Mosby” tendría como misión desembarcar en Cuba, desplegarse tras las líneas españolas y llevar una guerra guerrillas de gran movilidad contra el ejército español, no obstante, aunque la unidad llega a crearse y a acantonarse en Tampa en espera de ser embarcada hacia Cuba, el rápido e inesperado final de la guerra le impide entrar en acción.


Estos son los hechos históricos irrefutables que muestran que los líderes políticos y militares de los derrotados Estados Confederados de América desarrollaron una activa campaña diplomática contra a España, tendente a aislarla de cualquier apoyo internacional y favoreciendo el estallido de una guerra en la que muchos de ellos participan directamente reclutando o dirigiendo tropas en acciones militares, por lo que este sería un argumento más contra el falso rumor que ha ido adquiriendo gran difusión y cierta, pero errónea, condición de certeza historiográfica de que durante la Guerra de Secesión Norteamericana hubo voluntarios españoles, concretamente veteranos carlistas (¡Nada menos que ocho mil), en el Ejercito Confederado en el que incluso llegaron a constituir unidades propias y al que ya se intentó dar justa respuesta en estas mismas páginas de “El Chouan Ibérico” mediante el artículo (que no post) titulado “¿Carlistas en el Ejército Confederado?" poniéndose de manifiesto en el citado artículo la imposibilidad material y la dificultad ideológica y política de que tal hecho pudiera haberse producido.



miércoles, 19 de agosto de 2009

PREMIO BIPOLAR

Sorprendido y muy agradecido me entero, recién aterrizado de tierras lejanas, concretamente de la nunca romanizada Hybernia, que el blog “DE INTERES” (http://www.solo-de-interes.blogspot.com) me ha otorgado un premio denominado bipolar.


Ignoro cuales son mis méritos pero como es de bien nacidos el ser agradecidos, lo recojo con ilusión y sin salir de mi sorpresa.



“UNA FAMILIA DE BANDIDOS EN 1793” de Marie Saint Hermine (Jean Charruau)

Si bien es cierto que en numerosas ocasiones hemos echado en falta, desde estas páginas, la publicación en castellano de obras literarias que recogieran otra visión diferente de la Revolución Francesa y de sus consecuencias, hoy tenemos que reseñar la publicación por la editorial Gaudete de “Una Familia de Bandidos en 1763” de Jean Charruau.

“Una Familia de Bandidos en 1763”, que tiene el subtítulo de “Memorias de una Abuela”, recoge las memorias que Marie de Saint Hermine escribió exclusivamente dirigidas a sus dos nietos con una clara intención pedagógica y didáctica. Estas memorias fueron conservadas, recopiladas y finalmente publicadas en Francia por primera vez a finales del Siglo XIX por el padre Jesuita Jean Charruau, cuando al parecer ya no quedaban descendientes directos de la familia protagonista, constituyendo desde su primera edición un importante éxito editorial publicándose todavía hoy prácticamente una nueva edición cada año en Francia.

La obra recoge la historia de la familia Serant y describe muy pormenorizadamente como era la vida rural en la Vendee antes del terror y en los primeros momentos de la Revolución Francesa, dando a conocer como fue una sucesión de provocaciones, tal vez muy bien meditadas, las que produjeron el levantamiento popular de todos aquellos campesinos que terminarían constituyendo el “Ejército Católico y Real”. Así en “Una Familia de Bandidos en 1763” se narra como el asesinato del rey Luís XVI y la expulsión de los sacerdotes que no aceptaron la constitución civil del clero se considero por parte de los campesinos católicos una muy grave provocación de la Convención pero no fue respondida nada más que con la negativa a asistir a los actos convocados por el sacerdote impuesto en la parroquia por la autoridad civil y con la organización en lo más profundo de los bosques de misas clandestinas impartidas por sacerdotes no juramentados que eran perseguidos por las autoridades y escondidos por los campesinos. La última provocación, la gota que colma el baso y que da lugar a la insurrección popular de Vendee y Bretaña fue la “Leva de trescientos mil hombres” ordenada por el gobierno revolucionario, que hizo que los campesinos cogieran sus escopetas y sus güadañas y fueran a buscar a los nobles rurales para que se pusieran a su frente dirigiendo el gran ejército popular que fue el “Ejército Católico y Real”.

Igualmente “Una Familia de Bandidos en 1763” da cumplida cuenta de los medios criminales empleados por los que decían desear la Libertad, Igualdad y Fraternidad para acabar con la resistencia popular mencionando la utilización de los primeros instrumentos de asesinato masivos que conoce la historia y que se forjaron a la luz de las ideas revolucionarias, cuales fueron los barcos con válvulas pensados para ahogar a cientos de personas en los ríos.

La edición de “Una Familia de Bandidos en 1763” que presenta por primera vez en España la editorial Gaudete ofrece una magnífica traducción de la obra que hace que su lectura no sea difícil además de resultar muy amena por el estilo empleado por la autora que hace que se lea con la rapidez y el disfrute con el que se lee una novela de aventuras a pesar de tratarse de unas memorias de relevancia histórica sin igual. Tan solo una queja se puede dar sobre la edición y es la traducción del nombre propio del autor, “Jean”, que aparece como “Juan” ya que consideramos que los nombres propios no deben traducirse jamás. Salvo esta insignificante objeción aplaudimos la publicación en España de esta obra y recomendamos a todos su lectura.



miércoles, 15 de julio de 2009

EL CENTENARIO DE S.M.C. CARLOS VII

Ya diluida por completo la artificial conmemoración del inicio de la Guerra de la Independencia que fue fomentada el año pasado con tanto “P´atiótico” entusiasmo por las instituciones políticas del Estado como acogida con pasividad e indiferencia por el pueblo español y bien entrados en el año 2009 hay dos hechos de relevante importancia que se conmemoran precisamente en este mes de Julio cuales son el Centenario de la Semana Trágica de Barcelona y el Centenario del fallecimiento de S.M.C. Carlos VII de España y XI de Francia., siendo a éste último al que primero dedicaremos unas líneas.


Don Carlos María de Borbón y Austria-Este, nació en el exilio al que fue condenado por la dinastía que usurpó el trono de las Españas en 1833, concretamente en la localidad, entonces austriaca de Laibach (hoy Lubliana, Eslovenia) el 30 de Marzo de 1848. Nieto de don Carlos V, Rey de las Españas, e hijo de Don Juan III y doña Beatriz de Austria-Este, sufrió desde muy joven la separación de sus padres viviendo en compañía de su madre en Módena y siendo educado por su abuela paterna la Princesa de Beira quién inculcó en el entonces joven príncipe el amor al pueblo español y a sus obligaciones como futuro rey.


Con solo veinte años, el 3 de Octubre de 1868, Don Carlos se convirtió en Rey de derecho de los españoles tras la abdicación de su padre aunque para muchos carlistas ya era considerado Rey desde que, en 1864, la Princesa de Beira le proclamase como tal en su “Carta a los Españoles”.

Tras la crisis del régimen Isabelino en 1868, tuvo multitud de proposiciones de los gobiernos provisionales de España para proclamarlo y aceptarlo como Rey a cambio de que se entregará incondicionalmente a ser un instrumento de los intereses de clase que representaban los liberales, proposiciones éstas que siempre declinó por no querer renunciar jamás a unos principios que de haber imperado en las Españas habrían evitado tanta efusión de sangre y tantas tragedias que nos han ido empequeñeciendo con el tiempo.


Durante los años inmediatos a la Revolución de Septiembre de 1868, Carlos VII desplegó una inusitada actividad política fruto de la cual fue la reorganización política del carlismo que en aquel entonces actuaba bajo el nombre de Comunión Católico Monárquica, la obtención de cincuenta diputados en las elecciones legislativas de 1871, los acuerdos políticos con los Republicanos Federales que terminarían pasándose en masa a las filas carlistas ante las maniobras de Prim por imponer en el trono de San Fernando a un príncipe extranjero como era Amadeo de Saboya y llegando a ser reconocido como rey legítimo de las Españas por la propia Isabel, llamada la II, quién le ofreció tanto su apoyo como el de su hijo, Alfonso.


En 1872, ante el deterioro y la inestabilidad de la situación política y social española, Don Carlos VII entra en España dando comienzo la III Guerra Carlista que se prolongaría hasta 1876 y que terminaría con la derrota del Ejército Carlista tras el cierre de la frontera francesa y el golpe de Estado del General Martínez Campos en Sagunto.


Tras el final de la guerra, Don Carlos VII inicia una gira por todo el mundo visitando países como Estados Unidos, Inglaterra, Méjico y Colombia, siendo recibido oficialmente en estos dos últimos como Rey y Jefe de Estado y convirtiéndose, por tanto, en el primer rey de los españoles que visitaba la América hispana. Al término de esta gira se instala en Francia donde reside hasta su expulsión forzada por el gobierno de Madrid en 1881.


En 1887, al morir su tío Enrique V, Conde de Chambord, don Carlos le sucede en los derechos al trono de Francia por lo que a partir de ese año, Carlos VII de España se convierte también en Carlos XI de Francia considerando siempre que primero debía figurar su titulo de Rey de los Españoles por haber sido los derechos que primero había adquirido zanjando de éste modo todo el problema que suscitaba si primero debía considerarse Rey de las Españas o de Francia.


Desde que finalizara la III Guerra Carlista, don Carlos VII siempre mantuvo, a pesar de la lejanía y la persecución, su implicación en la política española y su relación con los carlistas siendo públicamente conocido que siempre recibía en su exilio italiano a cuantos españoles se acercaban a él sin importar su filiación o procedencia política. Don Carlos VII falleció hace justamente cien años, el día 18 de Julio de 1909, sucediéndole tanto en los derechos al trono de las Españas como al de Francia su hijo Jaime III de los españoles y I de Francia.


A lo largo de su vida, Su Majestad Don Carlos VII demostró ser un gran conocedor de la política española e internacional tal y como lo demuestran sus escritos, principalmente su “Diario y Memorias”, su “Testamento Político” y su correspondencia política mantenida con diversos líderes políticos de España y de Ultramar y, es indudable, que de haber reinado de forma efectiva la política interna de España se hubiera orientado hacia una constitución federal o federativa del reino que incluso habría abarcado a las provincias de ultramar todavía españolas (Cuba, Filipinas y Puerto Rico) mientras que la política exterior se habría dirigido principalmente hacia Europa, intentando crear una gran coalición latina junto con Francia y Portugal al tiempo que mostraría una vertiente hispana, intentando fomentar una gran confederación con Ibero América.


miércoles, 8 de abril de 2009

“EL CONDE DE CHANTELAINE” por Julio Verne


El escritor francés Jules Gabriel Verne, conocido en los países de habla hispana como Julio Verne, sin duda debe su fama literaria por ser, junto al británico H.G. Wells, uno de los principales precursores de la literatura de Ciencia Ficción con novelas como “Veinte mil Leguas de Viaje Submarino”, “Robur el Conquistador”, “Viaje al Centro de la Tierra” y otras muchas más (hasta un total de cincuenta y cuatro obras publicadas durante su vida) agrupadas bajo el epígrafe genérico de “Viajes Extraordinarios”.


No obstante, si bien es cierto que en la producción novelística de Julio Verne priman las novelas de viajes, aventuras, ciencia y tecnología no es menos cierto que también cultivó, aunque con mucha menos intensidad, el género de la novela histórica sobre todo mediante narraciones cortas clasificadas como “Cuentos” y que están integrados por unas veinte obras entre las que se encuentran “Los Amotinados de la Bounty”, “El Sitio de Roma” y, la que ahora nos ocupa, “El Conde de Chanteleine”.

“El Conde de Chanteleine”, que lleva el subtitulo de “Un Episodio de la Revolución”, es una narración breve y entretenida en la que la historia de la Guerra de la Vendee sirve más que de trasfondo a unos personajes cuyas peripecias parecen más una justificación del autor para hilar la narración que el objeto de la misma, pareciendo ser su verdadera intención narrar los hechos objetivos de aquella “guerra de gigantes” como sería calificada por Napoleón.

El protagonista principal del cuento es el Conde de Chanteleine, aristócrata bretón que tras los excesos de la Revolución, abandona la comodidad de su hogar para unirse al Ejército Católico y Real que se ha levantado en Vendee y Bretaña contra la Convención Francesa. Tras sufrir una grave derrota, el Conde de Chanteleine, acompañado de su fiel servidor Kerman, abandona la lucha para ir a socorrer a su esposa e hija, las cuales son víctimas de la envidia vengativa de un antiguo servidor del conde llamado Kerval. Al llegar a su hogar el protagonista descubre que su esposa ha muerto asesinada y que su hija esta presa en espera de ser guillotinada y a partir de ahí se inicia una serie de relaciones con otros personajes que concluirá con un final totalmente inesperado.

Lo novedoso de este cuento, en comparación con otras narraciones clásicas sobre la Revolución Francesa como “Los Chouanes” de Balzac o “Noventa y Tres” de Victor Hugo, es que el autor, Julio Verne, toma partido claramente a favor de la causa monárquica y en contra de la Revolución describiendo con crudeza los actos de violencia y represalia cometidos por las Columnas Infernales enviadas a Vendee y Bretaña por los revolucionarios y enumerando con exactitud los medios de represión utilizados por éstos como la tala indiscriminada de bosques, la destrucción de molinos y la utilización de barcos con válvulas pensados para la ejecución masiva de prisioneros por medio de su ahogamiento en los ríos, llegando incluso a sugerirse que el Gobierno de la Convención habría pensado en utilizar la fumigación tóxica de estos dos territorios franceses en lo que habría sido la primera utilización de armas de destrucción masiva en una guerra. Igualmente Julio Verne dedica una parte importante de “El Conde de Chanteleine” a describir la situación de la Iglesia Católica durante el periodo revolucionario y las duras circunstancias en las que el clero no juramentado se veía obligado a impartir los sacramentos llegando a reproducir textualmente en este cuento el contenido de la Ley de Sospechosos por la cual pasaban a estar bajo sospecha:

“1º. Todos aquellos que, ya sea por su conducta, ya por sus relaciones, ya por sus palabras o ya por sus escritos, se hayan mostrado partidarios de la tiranía (hay que entenderse de la monarquía), del federalismo y enemigos de la libertad.
2º. Aquellos que no puedan justificar su manera de vivir o sus derechos cívicos.
3º. Aquellos a quienes se les haya negado el certificado de civismo.
4º. Los funcionarios públicos que hayan sido destituídos de sus empleos, o suspendidos de sus funciones.
5º. Aquellos exnobles, así como los maridos, mujeres, madres, hijos e hijas, hermanos o hermanas y agentes o emisarios de emigrados que no hayan manifestado constantemente su adhesión a la Revolución”.

“El Conde de Chanteleine” no ha sido editado en España desde hace muchos años, existiendo una edición adaptada por la editorial Bruguer para la colección “Joyas Literarias Juveniles”. Aún así, esta obra de Julio Verne puede leerse en la dirección http://www.geocities.com/conde_chanteleine/chanteleine1.htm en una muy buena edición a cargo de don Cristian Tello.

Julio Verne, nació en Nantes (Francia) el 8 de Febrero de 1828 y falleció en Amiens (Francia) el 24 de Marzo de 1905, siendo muchas de sus obras premonitorias de lo que hoy son usuales medios técnicos y conocidos descubrimientos científicos.

viernes, 20 de marzo de 2009

ESTE AÑO 2009: TAMBIÉN LARRA

Como este es un país de conmemoraciones, que cuando no conmemora los veinticinco años de algo es porque esta conmemorando los cincuenta o, mejor aún, los cien, es de justicia indicar que este año 2009 además de ser el año de Darwin es también el año del bicentenario del nacimiento de Mariano José de Larra, quien precisamente en este mes de Marzo, en su día 24, hará doscientos años de su venida al mundo.


Mariano José de Larra, fue hijo de un médico josefino, es decir de un afrancesado partidario de José Bonaparte que tuvo que partir al exilio junto con su familia siguiendo a los ejércitos franceses tras la derrota de Napoleón en la Península Ibérica. En Francia, concretamente en Burdeos y en París, pasó Mariano José de Larra cinco años de su infancia para volver a España en 1818 agraciado por la amnistía otorgada por el desgraciado (para los españoles) Fernando VII.


Después de terminar sus estudios en 1827, ingresa en los Voluntarios Realistas, aunque ya en esa época empieza a cultivar la poesía y la sátira convirtiéndose pocos años más tarde en el primer periodista español del Siglo XIX.


Sus artículos periodísticos publicados bajo el pseudónimo de Fígaro en el periódico “El Pobrecito Hablador” y en “La Revista Española” son de contenido diverso y abarcan desde la crítica literaria a la crítica política y social, pudiéndose considerar precisamente estos últimos, como precursores del regeneracionismo que a finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, sería el ideario aglutinante de la Generación del 98.


En sus artículos de crítica política acude Larra a cuadros costumbristas para denunciar, con cierta ironía y buen sentido del humor, los males que atenazan al país siendo de sobra conocidos los artículos “Vuelva Usted Mañana”, “El Castellano Viejo” y “Los Calaveras” en los que refleja el espíritu de todo un pueblo sin pulso y caracterizado entonces, prácticamente al igual que hoy, por la finalidad vital de conseguir introducirse en la burocracia funcionarial del estado para vivir con el menor esfuerzo y la mayor estabilidad posible, por la vulgaridad y el patriotismo grosero y la vida alegre, frívola y carente de responsabilidad.


Este profundo dolor por España que Larra muestra en sus artículos políticos hizo que muchos representantes de la Generación del 98, entre los que se encontraban Azorín, Baroja y Unamuno, se sintieran identificados con él depositando en 1908 una corona de flores ante su tumba como muestra de sentido homenaje.


Larra sufrió durante su vida literaria los golpes de la censura y la carencia de la libertad de expresión viendo prohibida en 1834 su pieza dramática “Macias” a pesar de mostrarse leal servidor de la causa de Maria Cristina, viuda de Fernando VII y posterior señora de Muñoz, a la que prestó grandes servicios con su pluma atacando duramente a don Carlos V y al Carlismo, siendo curioso que no fueron éstos quienes le mostraron desprecio ni quienes, en último extremo, le llevaron a la muerte y siendo muy posible y paradojico que hubieran sido los únicos capaces de cambiar el rumbo de la política y de la sociedad española para evitar que se encallase en la oligarquía y en el caciquismo como la forma de gobierno denunciada por Joaquín Costa en su obra homónima y, que de una forma u otra, subsiste en nuestros días.


La muerte de Larra por su propia mano, la noche del 13 de Febrero de 1837, en la calle Santa Clara, número 3 de Madrid se ha atribuido a razones amorosas e incluso al terror que sentía el literato ante la proximidad del general carlista Ramón Cabrera que en esas fechas se encontraba con su ejército en Vallecas amenazando con tomar la capital, pero muy posiblemente la causa de su suicidio se deba a su creciente desaliento y a su inconformidad ante el curso de la sociedad y de la política españolas que lamentablemente no ha variado en estos doscientos años.

martes, 20 de enero de 2009

¡¡¡GLORIA A VICTOR HUGO!!!

En el año 1802, tan solo hace ahora poco más de dos siglos, venía al mundo en su parcela francesa y fruto de un matrimonio formado por una aristócrata legitimista de mermada fortuna y un emergente general del Primer Imperio Napoleónico un escritor de grandeza sublime y trascendencia universal: Víctor Hugo.

Muchos son los autores que han pasado con dignidad a la historia de la literatura universal haciéndola grande, pero solo unos pocos lo han hecho con tal fuerza que, a partir de ellos, el mundo de las letras significó un antes y un después. Tal es el caso del mencionado literato.

Víctor Hugo cultivó con fortuna todos los géneros literarios: introdujo el romanticismo en el teatro con sus conocidas obras “Cromwell” y “Hernani”, revolucionó la poesía de su tiempo sentando las bases de la poesía moderna y sobre todo sintetizo toda la tradición literaria francesa en sus novelas consiguiendo que a partir de él se pueda hablar en la literatura gala, al igual que en el mundo de las ideas a partir de su coetáneo Hegel, de una “Derecha y de una Izquierda Huguista”.

Las novelas de Víctor Hugo sintetizan y perfeccionan el tratamiento psicológico de los personajes iniciado por Honoré de Balzac en las novelas que forman su ciclo de “La Comedia Humana” y mejoran, por medio de un novedoso tratamiento de la acción, que en muchas de sus obras no es una única sino diversas acciones que convergen y se entrelazan gracias a la excelentemente buscada y conseguida interrelación entre los personajes, sentando de este modo las bases de lo que será la novela francesa futura.

Ya en la obra de Hugo se encuentra el interés por el estudio psicológico de los personajes que culminara con el Naturalismo y Emilé Zola, si bien este último autor, que por su concepto del arte y de la sociedad bien pudiera considerarse el máximo exponente de la anteriormente mencionada “Izquierda Huguista”, parece adolecer de cierta misantropía y pesimismo que le lleva en todo momento a resaltar lo negativo del mundo que describe mientras que en Hugo siempre hay un criterio más esperanzador que puede llegar a presentar a personajes hundidos en el fango social del que se elevan ejerciendo el bien y la justicia como Jean Valjean. Igualmente, es Víctor Hugo el precursor de lo que más tarde Maurice Barrés denominara “Novelas de Energía Nacional” así como del pensamiento de Charles Maurras resultando ambos autores los máximos exponentes de lo que antes hemos aludido con la denominación de “Derecha Huguista”. En este sentido hay que señalar que quien haya leído la novela “Noventa y Tres” reconocerá la descripción de un carácter tan perfectamente ideal y sublime en sus personajes centrales que, a pesar de situarlos en bandos opuestos en la guerra que asoló Vendée durante el Terror, hace tan hermosa y comúnmente franceses al Marques de Lantegnac como al Convencional Gauvin bien pudiendo inspirar aquella máxima de Maurras de que “Todo lo nacional es nuestro”.

Por otra parte Víctor Hugo no es solo un autor literario, es también, y dejando a parte su faceta pictórica, un intelectual comprometido con la política y sociedad de su tiempo. Bien pudo el hijo del General Bonapartista subirse al carro del Segundo Imperio utilizando para ello tanto su fama literaria como su escaño de parlamentario conservador en la Segunda República más en vez de eso, utilizó ambas facetas para oponerse a la política megalómana y dictatorial emprendida por Napoleón III plasmando sus críticas en el opúsculo “Napoleón, el pequeño” lo que le supuso el destierro en Bélgica, Jersey y Guernesey desde 1851 a 1879 (curioso paralelismo con el otro gran genio literario francés precitado, Emile Zola, del que este año se cumple el primer centenario de su muerte). Destronado Napoleón III y elegido Senador en 1875, lejos de volver gloriosamente a Francia a recoger en la recién instaurada Tercera República los frutos de su oposición al régimen bonapartista continuo en el destierro enfrentándose a Thiers y exigiendo la amnistía para los miembros de “La Comuna de París” con lo que reiniciaba con mayor denuedo su particular cruzada por la abolición universal de la pena de muerte que resulta una constante en todas sus obras. Asimismo, Hugo es un reformador social y en sus obras existe una constante preocupación, primitiva y utópica si se quiere, por las condiciones del trabajo que él pretende mejorar aplicando a la actividad económica criterios ético-morales extraídos del Cristianismo en el que fue educado por su madre y del que hace profesión de Fe en muchas de sus obras con extensas y panegíricas disgresiones y alusiones para nada confusas.

No obstante, de todo lo anteriormente apuntado, en esta Europa que ha hecho de lo material su principio y finalidad, el año 2002 pasaría a la historia exclusivamente como el año de la puesta en circulación del Euro y de una de las cíclicas crisis económicas. Tal vez Francia lograse armonizar la materia con el espíritu y emitiera en ese año alguna moneda con el motivo del bicentenario de Víctor Hugo (esperemos que, teniendo presente a Bovy y a Rodin, lo haga con mejor fortuna que la acuñada en su momento por España con motivo de su presidencia europea), pero la mejor y tal vez única forma de rendir válido y fructífero homenaje a un genio como Hugo es la de retomar aquellos ideales a los que sirvió y que junto con los expresados por otros muchos autores europeos de no menor entidad que él aunque sí de distinto tiempo pongan a Europa en el liderazgo cultural y moral de un mundo que en el presente rinde culto a la barbarie con apariencia de humanismo con la torpe excusa de defender una supuesta civilización que no es más que el modus vivendi de una porción minúscula de la humanidad en detrimento de la inmensa mayoría de la misma que es condenada a integrar “los miserables” de la Tierra.

Por todo ello:
¡¡¡Gloria a Víctor Hugo, porque en este tiempo de deserción intelectual simboliza el compromiso de la inteligencia!!!, ¡¡¡Culto a Víctor Hugo, porque en un mundo mercantilizado no arrendó su pluma ni al poder ni al dinero!!!, ¡¡¡Prez a Víctor Hugo, porque es el único hombre que honro el Arco del Triunfo de Paris!!!, ¡¡¡ Honor a Víctor Hugo, porque en medio de la convulsión y la decadencia supo mantener la tranquilidad de espíritu imprescindible para inmortalizar su obra entre las ruinas legadas y las cenizas por legar!!!.

jueves, 1 de enero de 2009

¿CARLISTAS EN EL EJÉRCITO CONFEDERADO?

Hace unos años, una publicación vinculada a la más rancia derecha española publicaba un extenso artículo pseudo científico acerca de un acontecimiento, que de haber sido cierto, sería importantísimo y altamente desconocido como fue la participación de gran número de exiliados carlistas en la guerra de secesión norteamericana en apoyo al bando confederado.

El mencionado artículo que ha creado escuela y se ha reproducido en numerosas publicaciones y páginas de internet constituye una aberración carente de todo argumento científico y documentación al respecto, afirmando que el número de carlistas integrantes del Confederate Army llegó a ser de siete u ocho mil hombres, llegando a constituir unidades propias y que incluso, el origen del diseño de la bandera de guerra confederada es de inspiración carlista.

No se puede negar que el exilio carlista fue grande tras la derrota en la guerra de los siete años y en la de los Matiners, pero de ahí a afirmar que hubiera ocho mil exiliados carlistas incorporados al ejército confederado hay un abismo y resulta una exageración que contradice hechos históricos altamente comprobados y documentados.

En primer lugar, y como no podía ser de otra forma, parece ser que los siete u ocho mil carlistas que se integran en el ejército confederado son en su mayoría vasco-navarros contradiciendo la verdad estadística de que la casi totalidad de la emigración vasca hacia Norteamérica se concentró en el estado norteño de Ohio (Siendo por cierto la ciudad de “Toledo”, la que mayor número de vascos o de descendientes de vascos tiene en todo Estados Unidos). Asimismo se ignora o se pretende ignorar que el exilio carlista tras las tres guerras civiles del Siglo XIX se dirige principalmente a Sudamérica, seguramente por la cuestión del idioma, hecho éste que queda reflejado en las “Memorias de Garibaldi” que menciona la presencia de carlistas en el sitio de Montevideo y también a Francia, de donde muchos partirían hacia Argel, instalándose en las proximidades de Orán, donde la presencia de exiliados carlistas en particular y de españoles en general favoreció la aparición de un dialecto local, el Oraní, que aún hoy en día se puede oír hablar en Argelia.

Igualmente esta documentada la presencia de gran número de exiliados carlistas en Nápoles, donde incluso lucharían contra la invasión garibaldina del Reino de las Dos Sicilias estando acreditada la presencia del propio General Tristany en la Batalla del Volturno.

Si bien es posible que algún exiliado carlista, a título individual, hubiera luchado al lado de los Estados del Sur durante la guerra civil norteamericana, es improbable que dicha participación hubiera sido relevante. Prueba de ello es la total ausencia de documentación al respecto en los archivos norteamericanos que por otra parte sí que reflejan la ayuda de la Gran Bretaña y Francia a la Confederación e incluso el alistamiento tanto en el ejército del Sur como en el del Norte de unidades íntegramente formadas por irlandeses.

Asimismo, considerando las inmensas oportunidades que abre una contienda bélica para antiguos combatientes que han tenido que abandonar su país, así como la inmensa proliferación de conflictos armados que tenían lugar en el mundo coetaneamente al desarrollo de la Guerra de Secesión Norteamericana es muy dudoso que los exiliados carlistas que se batieron en España y que hacían gala de un gran catolicismo fueran a combatir en un ejército de inspiración protestante que en mayor o menor medida justificaba una institución tan infame como la esclavitud, intelectualmente fundamentada en el protestantismo anglosajón y que, hacía menos de quince años, había provocado con el maltrato generalizado a los soldados de religión católica la deserción en masa de éstos y su paso al enemigo durante la guerra Mejicano-Norteamericana (Caso del llamado “Batallón San Patricio).

Otra de las fábulas sostenidas por el aberrante artículo es la supuesta inspiración de la bandera de combate confederada en la bandera carlista de las Aspas de Borgoña. Si bien es cierto que la bandera confederada contiene además de las estrellas una Cruz de San Andrés, no es menos cierto que la bandera carlista de las Aspas de Borgoña (que no Cruz de San Andrés) es relativamente reciente ya que fue adoptada por el Requeté en los años treinta del siglo pasado tras un concurso de diseño fomentado entre la militancia carlista para dotar a la organización del Requeté de un emblema y de una bandera, por lo que resulta que la bandera de batalla de la confederación es setenta años anterior a la bandera carlista de las Aspas de Borgoña.

Para concluir, hay que decir que llama la atención que en el artículo se mencione a un supuesto carlista apellidado Echegaray que alcanza el grado de general confederado y que no figura en la lista de altos oficiales del ejército de la Confederación al igual que tampoco aparece documentada la existencia de la batalla de Malvern Hill donde según el articulillo de marras tuvieron una intervención heroica y decisiva los ocho mil carlistas alistados en el ejército confederado, todo ello sin olvidar el hecho numéricamente irrefutable de que, cuando Lee se rinde en Apomatox, el 9 de Abril de 1865, el ejército del Norte de Virginia solo tenía ocho mil hombres, con lo cual o todos ellos o una mayoría abrumadora deberían ser ex combatientes de las guerras carlistas o los ocho mil carlistas de la fama se debieron disolver como un terrón de azúcar en el agua.

Parece ser que el artículo “Carlistas en apoyo de la Confederación” que tanto se ha difundido, debe ser obra de algún indocumentado más interesado en vincular al Carlismo con la extrema derecha norteamericana o con los Ángeles del Infierno, los cuales por cierto utilizan una variante de la famosa bandera pirata de Cabrera, que en hacer un trabajo histórico serio y riguroso pues no me cabe la más mínima duda que habría más excombatientes carlistas en las Legiones Belga y Austriaca que en la primera mitad de la década de los años sesenta del Siglo XIX luchaban en Méjico a favor de Maximiliano I que en todo el Ejército de la Confederación y de la Unión juntos, todo ello sin entrar a considerar la actuación que, para con España, tuvieron muchos generales y altos oficiales de la Confederación durante la guerra Hispano-Norteamericana de 1898.

sábado, 1 de noviembre de 2008

JUAN VAN HALEN: EL TRIPLE TRAIDOR

Con el ya cansino motivo del bicentenario de la Guerra de la Independencia y como era de esperar han proliferado las reediciones ediciones de conocidas y clásicas obras sobre la historia de aquellos acontecimientos como “Los Episodios Nacionales” de Galdós o “Historia del Levantamiento de España” del Conde de Toreno, pero también se han publicado otras obras biográficas o autobiográficas de personajes decimonónicos con motivo de presentarlos al gran público como paladines de la nación y de la libertad. Dentro de tal marco pseudos propagandístico y hagiográfico se ha de enmarcar la publicación de las “Memorias” del general Juan Van Halen por la editorial Devenir de Madrid.

Aunque la edición de las “Memorias” de Van Halen que presenta la editorial es extremadamente cuidada rozando el lujo de las antiguas joyas bibliográficas no deja de ser lamentable el sacrificio del más pequeño e insignificante de los árboles para dar a conocer las “Memorias” de semejante personaje.

Fue Juan Van Halen un espadón de segunda fila de entre los muchos que nos proporcionó el Siglo XIX español y cuyo aura de liberal defensor de la Constitución de Cádiz le valieron la fama y la fortuna en el pasado y el reconocimiento en el presente siendo todo ello tan inmerecido como injusto.

Juan Van Halen (1788-1864) nacido en Cádiz en el seno de una acomodada familia de origen holandés cursó estudios militares de los que se graduó como guardiamarina de la Armada Española en 1803 tomando parte, dos años más tarde, en la batalla de Trafalgar como subrigadier en la fragata Magdalena. El 2 de Mayo de 1808 le sorprende en Madrid, participando activamente en la lucha callejera contra el invasor francés y en la defensa del cuartel de Monteleón donde es herido.

Tras la batalla de Rioseco, se retira con el resto del ejército hacia Galicia recibiendo en El Ferrol el mando del cañonero Estrago con el que apoya la defensa terrestre de la plaza hasta su rendición en Enero de 1809. En esta fecha y apresado por las tropas francesas se le da a elegir entre servir a José Bonaparte o ser fusilado optando el “héroe” de la nación española por la primera opción.

Desde que Juan Van Halen se convierte en “Josefino” (soldado español al servicio de José Bonaparte) no deja de ascender en el ejército enemigo como prueba el hecho de que, nombrado oficial de la Caballería de la Grandee Armee, acude como invitado en París al bautizo del hijo de Napoleón al que llega a conocer en persona y a rendirle pleitesía. Los reveses sucesivos pero no decisivos que sufren los franceses en la Península Ibérica no le apartan de su lealtad al francés siguiendo fiel no se sabe bien si a José Bonaparte o a su equipaje hasta la batalla de Vitoria en 1812. En 1813, cuando la derrota de los ejércitos franceses en España ya es totalmente segura no duda ni un instante en desertar del ejército imperial y en pasarse nuevamente al bando español consiguiendo en 1814 mediante traición la entrega de las plazas ocupadas por los franceses de Lérida, Mequinenza y Monzón.

Tras la guerra de la independencia y seguramente por la mala imagen que debió dar su actitud tan voluble durante la misma no debió lograr los reconocimientos que su desorbitado ego requería y mostrándose una vez más como un soldado de fortuna, tras la fortuna recorrió el mundo, yendo en 1819 a engrosar las filas del muy amigo de las libertades ejército imperial ruso donde alcanza el grado de Teniente General durante la campaña sostenida contra los tártaros destacando en la batalla de Joserek (1820) donde es condecorado con las cruces de San Vladimir y San Jorge. En 1821, abandona Rusia y regresa a España donde las posibilidades de enriquecimiento y medro personal que le abre el pronunciamiento de Riego en Cabezas de San Juan el año anterior le evita mostrar su carácter humanista y liberal en la represión de los Decembristas en 1825.

Tal es el hombre, tal es el “héroe” del liberalismo español y tal es el “patriota” Juan Van Halen, un triple traidor que no dudó en traicionar a sus compatriotas que derramaban la sangre frente al francés por salvar su vida para después traicionar a su Rey José I, de quien tantos reconocimientos y favores obtuvo, por seguir conservando sus charreteras para finalmente, no haber dudado en traicionar a sus “hermanos liberales rusos” si el “Autócrata de Todas las Rusias”, Alejandro I, le hubiera concedido unas verstas de terreno y unos cuantos mujiks sobre los que descargar el látigo.

No obstante la vida y los hechos de Juan Van Halen deben conocerse porque su personalidad constituye el prototipo de hombre que lleva doscientos años encarnando y encaramándose en las Instituciones Españolas, sirviéndose del país y de su pueblo para su propio beneficio y que no conoce más nación que su propia persona ni más política que su propia economía.

jueves, 16 de octubre de 2008

¡VIVA LA MUERTE!

Cuando en el día de la Hispanidad de 1936, durante el acto inaugural del curso universitario, el General Millán Astray iniciara, con el lanzamiento del grito de “¡Viva la Muerte, Muera la inteligencia!”, una agria polémica que ha llegado hasta nuestros días con el entonces Rector de la Universidad de Salamanca e insigne representante de la generación del 98, Don Miguel de Unamuno, seguramente sería ignorante de que el grito de “¡Viva la Muerte!” no era un grito salvaje e irracionalmente necrófilo y ni tan siquiera, como creían los seguidores extranjeros del General Franco, fruto originario de una apasionada mente española ante la sangría que era la guerra civil, sino que por el contrario fue racional y poéticamente creado por el literato francés más completo del Siglo XIX: Víctor Hugo.

Efectivamente, la primera documentación del grito de “¡Viva la Muerte!” se encuentra en la novela “Los Miserables”, concretamente en el capítulo IV de la quinta parte titulado “Cinco menos, y uno más” utilizándose tal expresión para manifestar la voluntad resuelta de morir en defensa de la barricada de un pueblo que ha hecho de su vida testimonio y desea hacer de su muerte firma y rúbrica de ese testimonio. Textualmente la cita es la siguiente:

“-Bien está. Elevemos la barricada a veinte pies de altura y muramos todos. Ciudadanos hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos que si el pueblo abandona a los republicanos, los republicanos no abandonan al pueblo.

(……………………………………………………..)

Después que el desconocido que decretó “la protesta de los cadáveres” hubo hablado, y dado la fórmula del sentimiento común, brotó de todos los labios un grito de extraña satisfacción; grito terrible, fúnebre por el sentido triunfal por el acento.

-¡Viva la muerte! Muramos todos”.

Curiosamente el “¡Viva la Muerte!” se convirtió, en la segunda mitad del Siglo XIX y hasta comienzos del Siglo XX, en el grito de guerra de los nihilistas rusos, existiendo autores como Jean Lombard que no duda en atribuirles, en su muy documentada obra “La Cara Oculta de la Historia Moderna”, la exclusiva invención de tal grito, aunque considerando que la aparición del nihilismo ruso es coetánea a la publicación de “Los Miserables” y que incluso la primera vez que aparece el término “nihilista” es en la novela “Padres e Hijos”, de Iván Turgenev que es publicada un año después de “Los Miserables”, no sería de extrañar que los nihilistas rusos no crearan la expresión sino que simplemente la tomaran directamente de la novela de Víctor Hugo máxime si consideramos que la expresión es utilizada en la novela en un momento de exaltación revolucionaria.

Por último, es de mencionar también que el grito de “¡Viva la Muerte!” reaparece en los momentos finales de la muy recomendable película francesa de 1974 “Nada”, dirigida por Claude Chabrol y en la que se narra las aventuras y desventuras de un grupo de activistas anarquistas que deciden secuestrar al embajador norteamericano en París convirtiéndose en una muy acertada crítica del terrorismo.

lunes, 13 de octubre de 2008

“ARA NUNDIRAN” de José María IPARRAGUIRRE

José María Iparraguirre, poeta y compositor vasco nacido en Villarreal de Urrechua (Guipúzcoa) en 1820 es conocido por haber compuesto la muy conocida y bella canción “Gernikako Arbora” (el Árbol de Guernica), verdadero himno a la tierra vasca y que, curiosamente, fue cantado por primera vez en el Café de San Luís de Madrid (actualmente un hotel en la calle Montera, esquina con Gran Vía, en el que se puede ver una placa conmemorativa de tal acontecimiento), pero su obra musical y poética no se limita en absoluto a dicha canción.

En 1833, la Primera Guerra Carlista le sorprende en Madrid estudiando en el Colegio de los Jesuitas incorporándose un año más tarde como voluntario al ejército de Carlos V en el que serviría hasta ser herido en la batalla de Arrigorriaga. Tras la guerra, no acepta el traicionero “Convenio de Vergara” y parte, junto con el Rey Don Carlos, al exilio durante el cual participa en las revoluciones de 1848 en Francia y se opone al golpe de estado del 2 de Diciembre de 1852 perpetrado por Napoleón, el pequeño (Napoleón III). En 1853 es indultado por el gobierno español regresando a España por Hendaya, desde donde, a la vista de los montes de su querida Euskalherria y amada España, compone la hermosa canción “Nere Etorrena Lur Maitera” (“Mi regreso a la tierra querida”) más conocida por las palabras iniciales del primer verso “Ara Nundiran” que contiene una entusiástica estrofa laudatoria hacia España que han llevado en la actualidad a cierta mutilación, o mejor dicho, censura por parte de ciertos sectores.

“Ara nundiran” es una composición poética en la que se manifiestan las características típicas de la obra de José María Iparraguirre cuales son el amor a la tierra, concretamente a Euskalherria, como patria chica y a España como patria grande y un profundo anhelo de libertad mezclado con cierto misticismo religioso.

El texto de esta famosa composición es el siguiente:

Nere etorrera lur maitera

Hara nun diran mendi maiteak!
Hara nun diran zelaiak!
Baserri eder zuri-zuriak,
iturri eta ibaiak.

Hendaian nago zoraturikan,
zabal-zabalik begiak,
hara, Espainia! lur hoberikan
ez du Europa guztiak.

Gero pozik bai Donostiara
Okendoarren lurrera,
zeru polit hau utzi beharra
nere anaiak hau pena!

Irutxulueta maitagarria
lore tokia zu zera,
Veneziaren grazi guziak
gaur Donostian balira.

Oi, Euskal Herri, eder maitea!
hara hemen zure semea,
bere lurrari mun egitera,
beste gabe etorria.

Zuregatikan emango nuke
pozik, bai, nere bizia;
beti zuretzat hil arteraino
gorputz ta arima guztia.

Agur bai, agur Donostiako
nere anaia maitiak,
Bilbaotikan izango dira
aita zaharraren berriak.
Eta gainera hitz neurtuetan
garbi esanez egiak,
Sudamerikan zer pasatzen dan
jakin dezaten herriak.

Mi regreso a mi tierra querida

Ahí están los montes queridos,
ahí están los prados
los caseríos bonitos, blancos, blancos,
las fuentes y los regatos.

Estoy en Hendaya loco de contento
anchos, anchos los ojos;
¡ahí está España!¡Tierra mejor
no la hay en Europa entera!

Luego, contento a San Sebastián,
a la patria de Oquendo,
cielo tan lindo tener que dejar,
¡qué pena, hermanos!

Iruchulo querido,
tú eres un florido jardín:
de Venecia las gracias todas
tiene nuestra Donostia.

¡Oh, Euskalerría hermosa y querida!
aquí está tu hijo,
que por besar tu suelo,
sin más, ha venido.

Por ti daría
contento mi vida;
para ti hasta la muerte,
cuerpo y alma del todo.

Adiós, pues,
hermanos queridos de Donostia,
desde Bilbao tendréis
del viejo padre noticias;
y además,
os contaré en verso
lo que pasa en Sudamérica
para que todos lo sepan.

lunes, 6 de octubre de 2008

“EL GENIO DEL CRISTIANISMO” de CHATEAUBRIAND

Hace más de treinta años que no se publicaba edición alguna en España de “El Genio del Cristianismo”, obra que lanzó definitivamente a la fama literaria a François Rene Chateaubriand (Saint-Malo, Bretaña, 4 de Septiembre del 1768 – París, 4 de Julio de 1848), siendo este año en el que nos encontramos en el que la editorial “Ciudadela Libros”, sumándose a la reivindicación que de la obra del célebre vizconde francés se inició hace tres años con la publicación íntegra de las “Memorias de Ultratumba” por la editorial “Acantilado”, publica nuevamente esta obra cumbre del romanticismo teniendo como base la primera edición en francés publicada en 1802 y que, a diferencia de las posteriores, incluía las conocidas novelas cortas y numerosamente publicadas por separado “René” y “Atala”.

Constituye “El Genio del Cristianismo”, no solo una bella composición literaria escrita en prosa que en no pocos momentos roza con la epopeya poética, sino que es además un ensayo, tal vez menos científico que hermoso, tendente a ensalzar la religión cristiana como única y verdadera fe y a ponerla en conexión con todas las manifestaciones estéticas del mundo y los avances de la humanidad que no habrían existido de no haber tenido inspiración y fundamento cristiano, llegando a afirmar el autor que “únicamente el cristianismo explica el progreso en las Letras y en las Artes”.

Aunque “El Genio del Cristianismo” esta escrito por su autor con el corazón no por ello se aleja del rigor científico y filosófico que hace muy posible que esta obra sea la más apasionada, efectiva y razonada defensa del cristianismo en general y del catolicismo en particular que se haya escrito nunca pues, a diferencia de otras apologías religiosas, esta obra de Chateaubriand se dirige más bien a convencer a los enemigos de la cristiandad que a deleitar a los convencidos feligreses de una parroquia, señalando desde el mismo comienzo de la obra que “La fe cristiana ha tenido tres tipos de enemigos desde su feliz aparición en la tierra: los heresiarcas, los sofistas y aquellos hombres que todo lo destruyen con la terrible arma de la risa y de los tres, éstos últimos son los más peligrosos”, pareciendo, a lo largo de sus páginas, que el objetivo concreto del autor es neutralizar la obra destructora de los frívolos que de todo hacen burlas y sornas, razonando y poniendo de manifiesto los logros materiales y reales de la religión cristiana.

“El Genio del Cristianismo” de Chateaubriand supuso tras su publicación en Francia en 1802 el comienzo de una renovación del catolicismo que encontró en esta obra inspiración y fundamento para elaborar teorías sociales, culturales y políticas que, basadas en la fe católica, sirvieran para reorganizar de una forma más justa las sociedades europeas gravemente alteradas por el ateísmo y el anticlericalismo difundido por la Revolución Francesa por lo que esta obra puede considerarse como la primera elaboración doctrinal del catolicismo político y social influyendo notablemente en autores como Dom Guéranger, Lamennais y, por supuesto, en todo el movimiento de los sociólogos católicos encabezados por De La Tour Du Pin y Le Play.

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