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martes, 5 de abril de 2011

“LA FORJA DE UN REBELDE” de Arturo Barea

Tal vez el género literario integrado por las “memorias” escritas por personajes históricos o pretendidamente históricos sea muy fecundo, pero dentro del mismo pocas obras llegan a la genialidad y al merecimiento de recibir una valoración histórica y/o literaria, porque las buenas “memorias”, para serlo, requieren una feliz conjunción de verídicas descripciones de hechos históricos que las hagan interesantes y una buena calidad en el estilo literario de su autor que las amenice. Así, tal vez la obra cumbre de este género literario sean “Las Memorias de Ultratumba” de Francois Rene Chateubriand, las cuales son la medida de todas aquellas obras que forman el género memorístico.


Comparable con la precitada obra de Chateubriand es la trilogía escrita, entre los años 1941 y 1944, en su exilio británico por Arturo Barea y que, bajo el título genérico de “La Forja de un Rebelde”, reúne tres novelas autobiográficas tituladas “La Forja”, “La Ruta” y “La Llama”.


Cada una de las novelas que integran las memorias de Arturo Barea se ocupa de un periodo concreto de la vida del autor en perfecta conexión con la situación sociopolítica de la España que le toco vivir describiendo simplemente y con gran objetividad unos hechos reales para que el lector saque sus propias conclusiones. De este modo, “La Forja”, primera de las novelas que componen la trilogía, coincide con la época de la niñez y de la adolescencia de su autor en la que refleja las duras condiciones laborales que se daban en el novecento español, mientras que la segunda novela, “La Ruta”; coincide con el periodo del Servicio Militar de Arturo Barea describiendo la situación en la que se encontraba el ejército español que en ese momento combatía en la Guerra de Marruecos así como las grandes polémicas y cuestiones políticas que suscitaba entre los ciudadanos aquella contienda que, en los años veinte del pasado siglo, se había convertido prácticamente en un “nuevo Flandes”. Finalmente, “La Llama”, última novela de esa extensa autobiografía, se centra en la madurez de su autor coincidiendo con los años de la II República y la Guerra Civil.


A lo largo de todas y cada una de las páginas de “La Forja de un Rebelde”, Arturo Barea describe los hechos históricos con bastante objetividad haciendo pocas concesiones a aquellos con los que se alineo políticamente, pues a pesar de ser desde muy joven miembro de la Unión General de los Trabajadores (UGT) no deja de criticar la actitud de un gobierno republicano que abandona la Capital de la Republica a finales de Noviembre de 1936 y la acción represiva de las Checas en el Madrid de la Guerra Civil. Asimismo, en “La Ruta” no deja de dedicar unas líneas laudatorias al General Franco al que reconoce ser un oficial valeroso comparándolo con Millán Astray, el cual se dedicaba durante los combates en Marruecos a caracolear su caballo entre los legionarios para terminar volviendo grupas hacia la retaguardia.


Lo más llamativo de “La Forja de un Rebelde” son las tramas de corrupción que describe y que a pesar del tiempo transcurrido no distan mucho de las que existen en la actualidad. Arturo Barea menciona y describe no solo la corrupción de los sectores políticos que engendraron el régimen de “La Restauración” sino también la corrupción, que al amparo de esos sectores, se extendió por todas las instituciones hasta contagiar a la misma sociedad. De este modo, la descripción del comportamiento de la mayoría de los Jefes y Oficiales del ejército durante la “Guerra de Marruecos” ponen de manifiesto la corrupción de las instituciones del estado pero también la corrupción en el mundo empresarial y entre el mismo pueblo pues es de indicar que el propio Barea, recibiendo compensaciones económicas por ello, formo parte del engranaje de corrupción de aquella época porque como sargento que fue prestó servicio a sus superiores para que éstos engordaran sus bolsillos a costa del erario público y del sufrimiento de una tropa mal equipada, escasamente preparada y que, en palabras de Alfonso, al que llamaban y llaman “el trece”, no era más que “barata carne de gallina”.


En definitiva, la lectura reflexiva y desapasionada de “La Forja de un Rebelde” resulta imprescindible para conocer la historia de los primeros cuarenta años del Siglo XX español y comprender el por qué se desarrollaron de aquella forma. Asimismo, de esta magna obra memorística y autobiográfica de Arturo Barea se pueden sacar pedagógicas conclusiones que nos explican y nos previenen de acontecimientos que en el presente vivimos y padecemos.


miércoles, 8 de abril de 2009

“EL CONDE DE CHANTELAINE” por Julio Verne


El escritor francés Jules Gabriel Verne, conocido en los países de habla hispana como Julio Verne, sin duda debe su fama literaria por ser, junto al británico H.G. Wells, uno de los principales precursores de la literatura de Ciencia Ficción con novelas como “Veinte mil Leguas de Viaje Submarino”, “Robur el Conquistador”, “Viaje al Centro de la Tierra” y otras muchas más (hasta un total de cincuenta y cuatro obras publicadas durante su vida) agrupadas bajo el epígrafe genérico de “Viajes Extraordinarios”.


No obstante, si bien es cierto que en la producción novelística de Julio Verne priman las novelas de viajes, aventuras, ciencia y tecnología no es menos cierto que también cultivó, aunque con mucha menos intensidad, el género de la novela histórica sobre todo mediante narraciones cortas clasificadas como “Cuentos” y que están integrados por unas veinte obras entre las que se encuentran “Los Amotinados de la Bounty”, “El Sitio de Roma” y, la que ahora nos ocupa, “El Conde de Chanteleine”.

“El Conde de Chanteleine”, que lleva el subtitulo de “Un Episodio de la Revolución”, es una narración breve y entretenida en la que la historia de la Guerra de la Vendee sirve más que de trasfondo a unos personajes cuyas peripecias parecen más una justificación del autor para hilar la narración que el objeto de la misma, pareciendo ser su verdadera intención narrar los hechos objetivos de aquella “guerra de gigantes” como sería calificada por Napoleón.

El protagonista principal del cuento es el Conde de Chanteleine, aristócrata bretón que tras los excesos de la Revolución, abandona la comodidad de su hogar para unirse al Ejército Católico y Real que se ha levantado en Vendee y Bretaña contra la Convención Francesa. Tras sufrir una grave derrota, el Conde de Chanteleine, acompañado de su fiel servidor Kerman, abandona la lucha para ir a socorrer a su esposa e hija, las cuales son víctimas de la envidia vengativa de un antiguo servidor del conde llamado Kerval. Al llegar a su hogar el protagonista descubre que su esposa ha muerto asesinada y que su hija esta presa en espera de ser guillotinada y a partir de ahí se inicia una serie de relaciones con otros personajes que concluirá con un final totalmente inesperado.

Lo novedoso de este cuento, en comparación con otras narraciones clásicas sobre la Revolución Francesa como “Los Chouanes” de Balzac o “Noventa y Tres” de Victor Hugo, es que el autor, Julio Verne, toma partido claramente a favor de la causa monárquica y en contra de la Revolución describiendo con crudeza los actos de violencia y represalia cometidos por las Columnas Infernales enviadas a Vendee y Bretaña por los revolucionarios y enumerando con exactitud los medios de represión utilizados por éstos como la tala indiscriminada de bosques, la destrucción de molinos y la utilización de barcos con válvulas pensados para la ejecución masiva de prisioneros por medio de su ahogamiento en los ríos, llegando incluso a sugerirse que el Gobierno de la Convención habría pensado en utilizar la fumigación tóxica de estos dos territorios franceses en lo que habría sido la primera utilización de armas de destrucción masiva en una guerra. Igualmente Julio Verne dedica una parte importante de “El Conde de Chanteleine” a describir la situación de la Iglesia Católica durante el periodo revolucionario y las duras circunstancias en las que el clero no juramentado se veía obligado a impartir los sacramentos llegando a reproducir textualmente en este cuento el contenido de la Ley de Sospechosos por la cual pasaban a estar bajo sospecha:

“1º. Todos aquellos que, ya sea por su conducta, ya por sus relaciones, ya por sus palabras o ya por sus escritos, se hayan mostrado partidarios de la tiranía (hay que entenderse de la monarquía), del federalismo y enemigos de la libertad.
2º. Aquellos que no puedan justificar su manera de vivir o sus derechos cívicos.
3º. Aquellos a quienes se les haya negado el certificado de civismo.
4º. Los funcionarios públicos que hayan sido destituídos de sus empleos, o suspendidos de sus funciones.
5º. Aquellos exnobles, así como los maridos, mujeres, madres, hijos e hijas, hermanos o hermanas y agentes o emisarios de emigrados que no hayan manifestado constantemente su adhesión a la Revolución”.

“El Conde de Chanteleine” no ha sido editado en España desde hace muchos años, existiendo una edición adaptada por la editorial Bruguer para la colección “Joyas Literarias Juveniles”. Aún así, esta obra de Julio Verne puede leerse en la dirección http://www.geocities.com/conde_chanteleine/chanteleine1.htm en una muy buena edición a cargo de don Cristian Tello.

Julio Verne, nació en Nantes (Francia) el 8 de Febrero de 1828 y falleció en Amiens (Francia) el 24 de Marzo de 1905, siendo muchas de sus obras premonitorias de lo que hoy son usuales medios técnicos y conocidos descubrimientos científicos.

viernes, 3 de abril de 2009

CONCEPTOS EMERGENTES EN TEORÍA POLÍTICA (I): La Ingeniería Social

En la década de los años noventa del pasado siglo tras el derrumbe del antiguo bloque soviético, comenzaron a surgir en la teoría política diversos conceptos que, si bien no eran nuevos, se presentaban como novedosos en la ciencia política por la nueva dimensión que adquirían gracias a las nuevas tecnologías y a los sistemas de control social, siendo los que más se citaban: la ingeniería social, el pensamiento único, el neoliberalismo y la globalización.


La ingeniería social es un concepto que hace referencia a los esfuerzos de los gobiernos o grupos privados para influir, o mejor dicho, moldear la opinión pública y los comportamientos sociales haciendo a las sociedades sumisas y pacíficas a la hora de aceptar decisiones o legislaciones como poco polémicas cuando no claramente injustas.


La ingeniería social, aunque se considera por muchos manuales de ciencia política como el contrapunto a la ingeniería política, se diferencia de ésta en el sentido de que mientras la última intenta influir en la sociedad principalmente mediante leyes, incentivos y desalientos incorporados a la economía y al sistema impositivo; la ingeniería social incide directamente en la sociología originaria de las sociedades a través del sistema educativo y de los medios de comunicación social.


Ciertamente la ingeniería política podría influir en las sociedades mediante leyes o incluso mediante sistemas represivos, pero en no pocos casos estos intentos han fracasado al encontrarse con graves resistencias, incluso violentas, que hacían que las leyes se retiraran, se mitigara el rigor de las mismas o, simplemente, que los regímenes represivos sucumbieran. Un ejemplo de intento de ingeniería política podría ser la Constitución Mexicana de 1917, que imponía en una sociedad mayoritariamente católica, un sistema laicista y antirreligiosos que provocó el estallido social que significó la Guerra de los Cristeros de 1926 a 1929, aunque el modelo más perfecto de esta ingeniería la encontraríamos en el Stalinismo.


Por el contrario, el objeto de la ingeniería social, actuando más inteligentemente que la política y utilizando medios indirectos, procura cambiar la base sociológica de una colectividad utilizando la propaganda y el sistema educativo, distrayendo la atención de las cosas verdaderamente importantes, expandiendo la relajación intelectual de las masas y favoreciendo el acriticismo, presentando solo el punto de vista positivo de determinadas acciones u opciones políticas y económicas y difundiendo noticias de diversión. En los medios propagandísticos, el actual ingeniero social utiliza, si no todos, muchos de los “once principios” de Joseph Goebbles, quién puede ser considerado justamente como un precursor de la ingeniería social y en materia de educación se actúa en una doble vertiente procurando en primer lugar alejar a los jóvenes estudiantes del debate intelectual y político favoreciendo su neutralidad ideológica y el desinterés generalizado por las cuestiones públicas, no dudando en fomentar entre ellos la filosofía hedonista en su forma más radical representada por la escuela cirenaica y, en segundo lugar, inculcando en los mismos el concepto del “buen ciudadano”, entendiéndose por tal, no a un hombre libre, sino al perfecto servidor del estado y que ese mismo estado, con el tiempo, necesitará para formar parte de una legión de funcionarios y servidores que jamás cuestionen las decisiones políticas ni las ordenes recibidas.


Se puede considerar como la primera experiencia exitosa de ingeniería social la practicada en Alemania por el nazismo en el periodo de 1933 a 1945, en cambio, el sistema implantado por Stalin en Rusia no se puede considerar ingeniería social aunque sí una perfecta práctica de ingeniería política porque en el primer caso se consiguió que una sociedad culta, referente de la ciencia y la tecnología de su tiempo, aceptara voluntariamente y sin cuestionarse nada leyes injustas y criminales participando gran número de alemanes en su aplicación con la simple justificación del “cumplimiento de la ley o de las órdenes”. Por su parte, el Stalinismo, se basaba exclusivamente en la represión, en el control policial y en el terror como forma de conseguir objetivos políticos y económicos radicando precisamente ahí la diferencia entre la ingeniería política y la social al buscar la primera el mero sometimiento, aunque éste sea por la fuerza, mientras que la segunda desea el convencimiento y la aceptación pacífica de que lo que se ordena y se legisla como correcto y beneficioso aunque no lo sea.

domingo, 15 de marzo de 2009

ASÍ PIENSO: IDEAS, CREENCIAS, AFIRMACIONES Y RECHAZOS

A tenor del contenido de diversos comentarios, creo que se hace imprescindible que exponga lo más claro que me sea posible, cuales son mis ideas, las cosas en las que creo, las que me gustan y las que no me gustan. Así pues, ahí va.


Creo sinceramente, que este mundo enloquecido en general y esta España nuestra en particular van por un camino que no conduce a ningún buen fin. Entre otras cosas, el desprecio por el Medio Ambiente amparado en un imprescindible desarrollo económico que solo termina beneficiando a una minoría muy minoritaria de la humanidad, la crítica demoledora a todo sistema de valores con la finalidad de crear una sociedad amoral, los medios de información masivos tendentes a desinformar y a crear una opinión pública sin criterio, homogénea y conforme con los mandatos del poder y la progresiva justificación del hombre solo en tanto en cuanto es consumidor vienen a corroborar esta opinión mía.


Afirmo que el nacionalismo es el último refugio de los canallas como prueba el hecho de que los más nacionalistas de hoy eran los que hace pocos años militaban en el más radical izquierdismo internacionalista. Por ello rechazo todo concepto de nación que vaya más allá de significar un “grupo de personas procedentes de un mismo lugar” y le contrapongo la idea de Patria, que no solo implica una comunidad humana forjada por siglos de historia y constituida en Estado sino también una tradición heredada que hay que respetar y, sobre todo, una tradición por legar.


Niego el derecho a decir estupideces a los que, por su formación cultural o por el puesto que ocupan en las administraciones públicas, no tienen derecho a decirlas.


Afirmo que la actividad política es un servicio público tendente al bien común y por tanto la mayor virtud de un político es la honradez. Rechazo la idea liberal de que en la persona del político se debe distinguir entre su vida pública y su vida privada porque los políticos no tienen vida privada ya que la “moral particular y privada no es diferente de la moral política y pública”.


Creo que no solo hay que confiar la justicia a las leyes porque las leyes, como obra humana que son, pueden ser imperfectas, y afirmo que por encima de toda legislación humana se encuentra el Derecho Natural y nuestra propia conciencia individual a la que siempre se debe ser fiel. Por tanto creo en el Imperio de la Virtud más que en el Imperio de la Ley.


Afirmo que la base de la administración de justicia penal, esta en la supremacía moral del Juzgador sobre el juzgado, si tal supremacía no existe y el Juzgador está al mismo nivel que el juzgado o incluso por debajo de él, el primero pierde toda legitimidad y toda sentencia se convierte en una aberración animal.


Rechazo el culto que las sociedades actuales rinden a la economía sometiéndola todas las demás facetas de la existencia y, lejos de cuestionarme tal o cual sistema económico, me cuestiono la economía misma. Niego que la globalización sea beneficiosa para la humanidad porque tal globalización no es más que el internacionalismo capitalista que ha sustituido a los “Proletarios” por los “Capitalistas” en el viejo lema de “Proletarios del mundo, uníos”.


Creo en un Socialismo que materializando la afirmación de San Pablo de que “lo que en unos sea exceso, revierta en lo que es necesario para otros” sea además Patriótico frente a las tendencias cosmopolitas y homogeneizadoras y Universal frente a la actual globalización liberal-capitalista y al antiguo internacionalismo marxista.


Afirmo que la libertad exige responsabilidad y que los ciudadanos solo son libres si de forma directa y responsable participan de forma continuada en las cosas del gobierno, teniendo además capacidad para revocar poderes en cualquier momento a sus representantes; creo por tanto que la democracia liberal es una idea falsa que solo da una apariencia de libertad abstracta al tiempo que de forma real la niega.


Niego que la limitación de los poderes de un estado pueda venir de una Ley Suprema o Carta Magna y afirmo que solo potenciando la articulación de la Sociedad Civil por medio de cuerpos intermedios se garantiza que los poderes políticos no caigan en tendencias dictatoriales. Asimismo afirmo que la Institución Monárquica solo tiene justificación si se convierte en la Magistratura Última que garantice los derechos y libertades de los pueblos.


Creo en la defensa de las Culturas y desprecio la idea de Civilización que no es más que la fase última, crepuscular y decadente de una Cultura. Afirmo que en la actualidad existe un total desprecio hacia la cultura siendo uno de los mayores males de la sociedad occidental moderna el que sus individuos han pasado del estado salvaje al estado civilizado sin pasar por la cultura.


Amo las ruinas antiguas porque ellas son testimonio de gestas realizadas por grandes hombres inspirados por bellas ideas. Amo las bellas y sublimes ideas en cuya defensa la muerte no es más que la rúbrica de un testamento. Añoro los antiguos tiempos en los que se veneraba el honor y la lealtad, desearía el retorno a los tiempos caballerescos en donde pudiera existir buen señor del que ser buen vasallo…


Ya se, ya se… Antiguo, reaccionario, raro, decimonónico, pero SOY YO y con pocas pretensiones que vayan más allá de la de mantenerme en pie en un mundo en ruinas.

jueves, 1 de enero de 2009

¿CARLISTAS EN EL EJÉRCITO CONFEDERADO?

Hace unos años, una publicación vinculada a la más rancia derecha española publicaba un extenso artículo pseudo científico acerca de un acontecimiento, que de haber sido cierto, sería importantísimo y altamente desconocido como fue la participación de gran número de exiliados carlistas en la guerra de secesión norteamericana en apoyo al bando confederado.

El mencionado artículo que ha creado escuela y se ha reproducido en numerosas publicaciones y páginas de internet constituye una aberración carente de todo argumento científico y documentación al respecto, afirmando que el número de carlistas integrantes del Confederate Army llegó a ser de siete u ocho mil hombres, llegando a constituir unidades propias y que incluso, el origen del diseño de la bandera de guerra confederada es de inspiración carlista.

No se puede negar que el exilio carlista fue grande tras la derrota en la guerra de los siete años y en la de los Matiners, pero de ahí a afirmar que hubiera ocho mil exiliados carlistas incorporados al ejército confederado hay un abismo y resulta una exageración que contradice hechos históricos altamente comprobados y documentados.

En primer lugar, y como no podía ser de otra forma, parece ser que los siete u ocho mil carlistas que se integran en el ejército confederado son en su mayoría vasco-navarros contradiciendo la verdad estadística de que la casi totalidad de la emigración vasca hacia Norteamérica se concentró en el estado norteño de Ohio (Siendo por cierto la ciudad de “Toledo”, la que mayor número de vascos o de descendientes de vascos tiene en todo Estados Unidos). Asimismo se ignora o se pretende ignorar que el exilio carlista tras las tres guerras civiles del Siglo XIX se dirige principalmente a Sudamérica, seguramente por la cuestión del idioma, hecho éste que queda reflejado en las “Memorias de Garibaldi” que menciona la presencia de carlistas en el sitio de Montevideo y también a Francia, de donde muchos partirían hacia Argel, instalándose en las proximidades de Orán, donde la presencia de exiliados carlistas en particular y de españoles en general favoreció la aparición de un dialecto local, el Oraní, que aún hoy en día se puede oír hablar en Argelia.

Igualmente esta documentada la presencia de gran número de exiliados carlistas en Nápoles, donde incluso lucharían contra la invasión garibaldina del Reino de las Dos Sicilias estando acreditada la presencia del propio General Tristany en la Batalla del Volturno.

Si bien es posible que algún exiliado carlista, a título individual, hubiera luchado al lado de los Estados del Sur durante la guerra civil norteamericana, es improbable que dicha participación hubiera sido relevante. Prueba de ello es la total ausencia de documentación al respecto en los archivos norteamericanos que por otra parte sí que reflejan la ayuda de la Gran Bretaña y Francia a la Confederación e incluso el alistamiento tanto en el ejército del Sur como en el del Norte de unidades íntegramente formadas por irlandeses.

Asimismo, considerando las inmensas oportunidades que abre una contienda bélica para antiguos combatientes que han tenido que abandonar su país, así como la inmensa proliferación de conflictos armados que tenían lugar en el mundo coetaneamente al desarrollo de la Guerra de Secesión Norteamericana es muy dudoso que los exiliados carlistas que se batieron en España y que hacían gala de un gran catolicismo fueran a combatir en un ejército de inspiración protestante que en mayor o menor medida justificaba una institución tan infame como la esclavitud, intelectualmente fundamentada en el protestantismo anglosajón y que, hacía menos de quince años, había provocado con el maltrato generalizado a los soldados de religión católica la deserción en masa de éstos y su paso al enemigo durante la guerra Mejicano-Norteamericana (Caso del llamado “Batallón San Patricio).

Otra de las fábulas sostenidas por el aberrante artículo es la supuesta inspiración de la bandera de combate confederada en la bandera carlista de las Aspas de Borgoña. Si bien es cierto que la bandera confederada contiene además de las estrellas una Cruz de San Andrés, no es menos cierto que la bandera carlista de las Aspas de Borgoña (que no Cruz de San Andrés) es relativamente reciente ya que fue adoptada por el Requeté en los años treinta del siglo pasado tras un concurso de diseño fomentado entre la militancia carlista para dotar a la organización del Requeté de un emblema y de una bandera, por lo que resulta que la bandera de batalla de la confederación es setenta años anterior a la bandera carlista de las Aspas de Borgoña.

Para concluir, hay que decir que llama la atención que en el artículo se mencione a un supuesto carlista apellidado Echegaray que alcanza el grado de general confederado y que no figura en la lista de altos oficiales del ejército de la Confederación al igual que tampoco aparece documentada la existencia de la batalla de Malvern Hill donde según el articulillo de marras tuvieron una intervención heroica y decisiva los ocho mil carlistas alistados en el ejército confederado, todo ello sin olvidar el hecho numéricamente irrefutable de que, cuando Lee se rinde en Apomatox, el 9 de Abril de 1865, el ejército del Norte de Virginia solo tenía ocho mil hombres, con lo cual o todos ellos o una mayoría abrumadora deberían ser ex combatientes de las guerras carlistas o los ocho mil carlistas de la fama se debieron disolver como un terrón de azúcar en el agua.

Parece ser que el artículo “Carlistas en apoyo de la Confederación” que tanto se ha difundido, debe ser obra de algún indocumentado más interesado en vincular al Carlismo con la extrema derecha norteamericana o con los Ángeles del Infierno, los cuales por cierto utilizan una variante de la famosa bandera pirata de Cabrera, que en hacer un trabajo histórico serio y riguroso pues no me cabe la más mínima duda que habría más excombatientes carlistas en las Legiones Belga y Austriaca que en la primera mitad de la década de los años sesenta del Siglo XIX luchaban en Méjico a favor de Maximiliano I que en todo el Ejército de la Confederación y de la Unión juntos, todo ello sin entrar a considerar la actuación que, para con España, tuvieron muchos generales y altos oficiales de la Confederación durante la guerra Hispano-Norteamericana de 1898.

sábado, 24 de mayo de 2008

LOS ORÍGENES DE LA CRUDA REALIDAD DE IBEROAMÉRICA


Desde algunos años a esta parte, la llegada al poder de diversas repúblicas sudamericanas de líderes izquierdistas como Chavez, Morales, Da Silva, etc… esta llenando de infantil entusiasmo y erróneamente deslumbrando a un gran número de españoles y de grupos políticos más o menos representativos quienes, sin atravesar el Atlántico y ver in situ los logros o fracasos de tales líderes, se dedican a predicar sus inmensas bonanzas más imaginarias que reales.

En España y prácticamente desde la misma independencia hace doscientos años, la realidad iberoaméricana se ha visto con una perspectiva que siempre ha mezclado nostalgia por las provincias (que no colonias) perdidas, paternalismo hacia el pueblo hermano y fe mítica en una posible y futura reunión o confederación. No obstante, dicha perspectiva, escasamente compartida al otro lado del Atlántico, siempre se ha construido sobre premisas falsas y desde un sentimiento de culpa hábilmente inculcado por ajenos intereses en los españoles desde la Leyenda Negra que, como primer ejemplo de guerra psicológica, ha terminado siendo creída y asumida por aquellos contra la que se dirigía.

En 1782, tras seis años de desoladora y sangrienta guerra, Inglaterra reconocía en el Tratado de Versalles la Independencia de las Colonias que constituirían los Estados Unidos de América los cuales heredaban de la administración británica, importantes problemas internos y externos como la fijación de la frontera con Canadá, la división entre las colonias norteñas y sureñas y la ausencia de un paso al Noroeste que permitiera la extensión hacia el Pacífico. Tan solo treinta y cinco años después obtenían su independencia (tras una guerra si no menos sangrienta, si menos desoladora) todos los virreinatos de América y es aquí donde surge la primera pregunta a la que habría que encontrar respuesta antes de plantearse la cuestión Iberoaméricana cual es: Si los virreinatos americanos obtienen su independencia tan solo treinta y cinco años después que las colonias británicas y en una situación económica, geográfica y cultural similar o incluso mejor a los Estados Unidos, ¿Por qué los Estados Unidos están donde están y los países hispanoamericanos forman cada vez más parte del tercer mundo?

Pues bien, la respuesta a esta pregunta se encuentra en la notable diferencia mental y moral que existía entre los padres de la Revolución Norteamericana de 1776 y los hijastros sudamericanos, nada aventajados de aquella revolución. Para empezar los Washington, los Jefferson y los Franklin eran hombres políticos que buscando, solo en último extremo la independencia, tenían claramente pergeñado en sus mentes el sistema político que vendría después. Así, una vez rotas las hostilidades con la Gran Bretaña tras la declaración unilateral de independencia en 1776 sabían perfectamente que tras la contienda y con la independencia en sus manos tendrían que constituir un Estado internamente cohesionado que mantuviera importantes relaciones comerciales, políticas e incluso militares con Inglaterra y que, en ningún caso, dicha independencia debería deberse a otras potencias extranjeras como Francia y España cuyo apoyo fue decisivo (1) y asimismo tenían muy clara la doctrina del “Destino Manifiesto” que por ejemplo incluía la Isla de Cuba como parte integrante del nuevo estado.

Igualmente los hombres de la independencia norteamericana eran hombres de su tiempo, instruidos, más o menos cultos, conscientes de pertenecer a una cultura (la anglo-sajona protestante) y poco tendentes a caer en corrupciones que pudieran comprometer al país que estaban dispuestos a crear y fortalecer.

Por su parte los líderes de la independencia hispanoamericana como Bolivar, San Martín, Sucre, Hidalgo… eran hombres personalmente limitados, corruptibles y corruptos que ninguna idea de futuro poseían y que desde el inicio de sus pretensiones se mostraron como “mendicantes de independencia” ante potencias extranjeras como la Gran Bretaña que de forma sibilina les presto ayuda contra la España Peninsular a cambio de un elevado interés que, una vez obtenida la independencia, presentó al cobró y se cobró arrebatándoles desde yacimientos mineros hasta territorios enteros.

Desde el origen de la independencia hispanoamericana y más aún, como consecuencia de ella, las riquezas naturales quedaron en manos de potencias extranjeras que sustituyeron a la España peninsular y a los propios americanos en su explotación, circunstancia esta que sin duda provocó un fuerte y creciente distanciamiento entre las republicas recientemente nacidas y España ya que el intercambio comercial con las antiguas provincias se redujo notablemente e incluso llegó cortarse drásticamente a raíz del acoso al comerciante español que se produjo en determinados países como México. Asimismo, aquellos hombres que habían provocado la secesión, se mostraron incapaces de organizar estados modernos porque ellos mismos lejos de ser líderes de naciones, solo alcanzaban a tener una mentalidad de caciques territoriales, que sin criterios políticos para gobernar naciones, apenas alcanzaba su pequeña mente a forjar pésimas administraciones de tierras que, como vulgares terratenientes aficionados al juego y acosados por los acreedores, estaban dispuestos a parcelar segregando pedazos de sus inmensas fincas para mal venderlos al primero que les ofreciera unas monedas (2).

El hombre de la independencia de los Estados Unidos era un hombre coherente, inteligente, político hábil y negociador abierto dispuesto a gobernar un Estado. El hombre de la independencia hispanoamericana era un hombre pagado de sí mismo, dispuesto a adquirir títulos grandilocuentes como “El Sublime” o “El libertador” y a hacerse retratar con uniformes llenos de charreteras y plumas. Los primeros eran zorros, los segundos simples gallos de corral de cresta grande y hermosa y… en esas siguen, los hombres han cambiado pero no sus tendencias al espectáculo ridículo y a la inoperancia política, a la corrupción y al verbo vacío de realidades y mientras tanto, los pueblos sufren o desesperados se dejan llevar por los deslumbrantes focos del escenario ignorando que en nada cambiarán sus circunstancias al final de la función.

Así pues, la independencia de las repúblicas hispanoamericanas salió mal, porque no podía salir de otra forma al ser fruto, no del desarrollo histórico, de la necesidad política o de la voluntad unánime de un pueblo, sino de la ambición desmedida y grosera de unos hombres muy pequeños en los que la independencia desarrolló hasta el gigantismo su inclinación natural a la corrupción política y social e hizo desaparecer cualquier rastro de virtud personal lo que favoreció la aniquilación de todo lo que pudiera ser base de una economía futura, el hundimiento en el abismo de sus países y el muy recurrente odio a España y a los Españoles, cosa que aun hoy les viene muy bien para justificar su patética realidad llamando poderosamente la atención que transcurridos doscientos años desde que España reconociera la independencia de estos territorios, no solo no han mejorado nada en ningún aspecto sino que cada vez se empobrecen más y se alejan más de las posibilidades del imprescindible desarrollo material por lo que debería revisarse la política de colaboración que España tiene con esas repúblicas porque para los pueblos hermanos de Iberoamérica TODO, pero para las bandas de tahúres, gañanes y bandoleros que malamente les gobiernan y les tiranizan, NADA.


(1) Quien esto escribe tiene la idea, que no debe ser peregrina de que entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña existe desde el mismo reconocimiento de la independencia de las colonias en 1782 un acuerdo o tratado secreto político, económico y militar entre ambos países de ayuda y apoyo mutuo. Si no ¿Cómo se podría explicar que durante la gran guerra de 1914 a 1915 Estados Unidos declarase la guerra a Alemania cuando ésta estaba a punto de estrangular económicamente a Inglaterra con la guerra submarina en 1917? ¿Cómo si no se puede explicar que al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939 la armada británica abandonara el Océano Pacífico para concentrarse en el Atlántico y que fuera Estados Unidos quien se encargara de patrullar y en su caso defender el Pacífico, lo que al final el llevaría al enfrentamiento con el Japón?.

Por otra parte Francia y España, jamás recuperaron el dinero prestado a los norteamericanos en su lucha contra los británicos y de aquella independencia solo obtuvieron la devolución de las posesiones de la Luisiana y de La Florida que a los pocos años y mediando presiones y amenazas norteamericanas tuvieron que ser vendidas a los norteamericanos.

(2) Recordemos al respecto como el Sublime Santa Ana, cedió el territorio de Texas a cambio exclusivamente de salvar su vida tras la timba que fue la batalla de San Jacinto.

lunes, 28 de abril de 2008

FINALIDAD Y PERFECCIÓN DE LAS IDEAS


Un pensador nunca fórmula una idea o sistema ideal como pasatiempo o como servicio a un presunto narcisismo intelectual, sino que, por el contrario, toda idea obedece permanentemente a una finalidad y tiende siempre a perfeccionarse.

La finalidad de toda idea es su realización material y logra su perfección en un momento muy concreto de su materialización a partir del cual solo le queda mantenerse o ir decayendo. Pueden existir varios intentos de materialización de la idea pero tan solo se ha de tener en cuenta para considerar alcanzada la finalidad ideal aquel intento coronado por el éxito. Así por ejemplo el sistema ideal marxista encuentra su realización material en la revolución bolchevique de 1917 (no pudiéndose considerar alcanzada la finalidad de la idea en los abortados intentos revolucionarios de la Comuna de París de 1871, ni en la Revolución de 1905) y alcanza su perfección únicamente en el Estalinismo. En el mismo sentido se puede afirmar que los sistemas ideales elaborados por la llamada “Derecha Hegeliana” o, posteriormente, por filósofos o pensadores como Nietzsche o Schopenhauer cumplen su finalidad materializándose en la “Marcha sobre Roma” de 1922 y alcanzan su completa perfección en el Nacional-Socialismo.

El mundo ideal está sometido inexorablemente a leyes biológicas y presenta decadencias y resistencias, como si fuera poseedor de un instinto de supervivencia. De este modo, la idea una vez materializada y alcanzada su perfección, solo puede hacer dos cosas: o bien mantenerse en esa perfección, reafirmándose evitando todo revisionismo sobre la misma o comenzar a decaer.

La decadencia de la idea siempre es posterior, nunca anterior, a su perfeccionamiento por lo que una idea o sistema ideal que no se ha visto realizado ni ha alcanzado su perfección no puede decaer ni degenerar. Comienzan las ideas a decaer con un rechazo de ese momento de perfección originado generalmente porque los seguidores del sistema ideal en cuestión, estando totalmente identificados con la idea y sosteniendo la vigencia de la misma, son incapaces de asumir las consecuencias de su perfección y tratan de modelarla para ajustarla a sus particulares tablas axiológicas predefinidas despegándose paulatinamente de la perfección.

Más adelante, lo más normal es que la idea en fase de decadencia, muy alejada ya de la perfección, entre en fase de degeneración presentando claros síntomas de “lucha por la vida” o “instinto de supervivencia”, ya que el mundo ideal, al igual que el ser humano, se resiste a morir siendo en ese momento de lucha por la supervivencia donde la idea, en vez de intentar revitalizarse volviendo a su perfección, cosa que no solo sería lógica sino también plausible, rompe definitivamente con esa perfección y comienza a asumir, ideas o parcelas concretas de sistemas ideales que no solo le son ajenas, sino que además le son radicalmente contrarios por lo que la idea, ya degenerada, cae en contradicción grave con ella misma para terminar cayendo en el olvido (que es la muerte de la idea). Como ejemplo de esta decadencia y degeneración de la idea podemos citar nuevamente al Marxismo que perfeccionado en el Estalinismo, empezó a decaer tras la muerte de Stalin con el constante revisionismo de su obra que culmino en la llamada “Perestroika” para entrar en total degeneración en el presente con la aceptación tácita e incluso expresa de ideas claramente Maltusianas o individualistas, como pueden ser los nacionalismos, que practican todos los movimientos que continúan autoproclamándose marxistas.

A pesar de lo sostenido anteriormente, es de señalar que hay ideas que se realizan, pero que ven su camino hacia la perfección obstaculizado por diversos incidentes que solo retrasan el momento culminante de la idea, pero jamás lo impiden. Tal es el caso del liberalismo, que materializado en la Revolución Francesa de 1789 aún no se ha perfeccionado, aparentando en ocasiones encontrarse en franca decadencia, pero reapareciendo más tarde con mayor vigor, para continuar avanzando hacia su perfeccionamiento ideal y, habiendo superado un último escollo a causa de su enfrentamiento político con el marxismo durante la “Guerra Fría”; retoma hoy, con más velocidad y mayor fijeza de rumbo, su devenir hacia la perfección ideal no vislumbrándose aún con claridad en que consistirá la misma, aunque podría sugerirse la instalación a nivel mundial de un totalitarismo economicista absolutamente carente de todo principio moral como el momento perfecto del liberalismo.

Por su parte también existen ideas o sistemas ideales que no pueden, por su propia configuración inicial, decaer ni degenerar, aunque puedan pasar por momentos de aparente recesión. Tales son los sistemas ideales de cimentación religiosa ya que éstos hacen depender su perfección de la intervención de un hecho sobrenatural que casualmente, tal y como en los mismos se sostiene, coincidirá con un final de los tiempos que hará imposible, por pura lógica, cualquier revisionismo posterior. Así como ejemplo, podemos citar el cristianismo, que si bien se materializó en la Iglesia Católica, no podrá perfeccionarse hasta que no se verifique la anunciada y prevista “segunda venida” tras la cual finalizarán los tiempos y la historia.

Así pues, todo hace presumir, que, a pesar de que todavía se pretendan mantener vivos otros sistemas ideales ya, en total degeneración y prácticamente nula influencia, las únicas ideas a tener en cuenta en el presente y durante un prolongado futuro serán el liberalismo y la religión.

miércoles, 23 de abril de 2008

“TÉCNICA DEL GOLPE DE ESTADO” de Curzio Malaparte


Curioso resulta y maldito debe ser el libro escrito por Curzio Malaparte (pseudónimo de Kurt Erich Suckert) en 1931 y titulado “Técnica del Golpe de Estado” porque a pesar de haber sido obra muy famosa y leída en la primera mitad de los años treinta del siglo pasado y de haber ocasionado a su autor una condena a destierro interno decretado por el régimen fascista italiano, pocas reediciones posteriores se conocen de la misma en Europa.

“Técnica del Golpe de Estado” analiza con precisión los diferentes golpes o intentos de golpes de estado habidos en Europa desde el 18 de Brumario de Napoleón hasta la llamada “Marcha Sobre Roma” de Mussolini constituyendo cada “golpe de estado” un capítulo de la obra. No obstante, “Técnica del Golpe de Estado” no constituye un libro de historia propiamente dicho ni mucho menos un manual de sabotaje, sino que por el contrario es un libro político y sociológico que desmenuza las fuerzas actuantes y las acciones decisivas que existen en todo golpe de estado y que no son precisamente las más visibles ni las más espectaculares.

Malaparte sostiene, y no sin falta de razón, que un golpe de estado solo requiere la participación de “mil técnicos” que actúan bloqueando todas las capacidades del estado al que se golpea y difundiendo noticias no siempre veraces que mantienen en la neutralidad a la mayoría de la población o las hacen aceptar pacíficamente la nueva situación surgida del golpe de estado resultando de este modo que el hecho relevante que la historia marca como el momento cumbre del golpe de estado como fue la disolución de la Asamblea Nacional por Napoleón el 18 de Brumario o la toma del palacio de la Táuride por el Ejercito Rojo durante la Revolución Rusa no fueron nada más que simples concesiones a la estética permitidas por Napoleón y Trosky respectivamente.

Aunque hoy en día, muchos de los que han tenido la suerte de hacerse con algún ejemplar de “Técnica del Golpe de Estado” y de leerlo, sostienen que la obra de Malaparte carece ya de vigencia y que ha sido superada por el tiempo no se puede afirmar fácilmente que tal cosa sea cierta porque siendo la teoría sostenida y esencialmente demostrada en “Técnica del Golpe de Estado” la de que una minoría (“mil técnicos” se denomina a tal minoría en el libro) puede hacerse con el control de todo un estado moderno incluso sin ser detectado el cambio de situación por la mayoría de la población, cabría preguntarse precisamente en el momento presente que si en el pasado inmediato fue posible que “mil técnicos” pudieran hacerse con todo un estado ¿Que podrían hacer hoy diez mil familias económicamente poderosas no con un estado concreto, sino con todo el orbe?.

viernes, 18 de abril de 2008

UN REY ANTE LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA


Este mes de Abril al conmemorarse la proclamación de la II República en España, muchos se acordaran de la salida por Cartagena de Alfonso, llamado el XIII o se les representara la conocida foto de la Puerta del Sol de Madrid ese 14 de Abril de 1931, pero muchos desconocerán por ignorancia interesadamente fomentada que el Rey de las Españas, Don Jaime III, entonces exiliado en la Francia de la III República, (circunstancia esta que contrasta con la elección de la Italia Fascista como lugar de exilio por parte de Alfonso, llamado el XIII) y que un año antes declinó la invitación de don Miguel de Unamuno para sumarse al pacto de San Sebastián, publicó un manifiesto saludando la proclamación de la República e indicando los derroteros que debían tomar los gobiernos del nuevo régimen para consolidarse pacíficamente en España.

Su Majestad, don Jaime III, publicó su manifiesto el día 23 de Abril de 1931, es decir, nueve días después de proclamada la república y en el mismo proponía, entre otras cosas, la convocatoria de un referéndum para decidir sobre la forma de gobierno en España (Monarquía o República) y la adopción de una ley electoral de carácter proporcional íntegra semejante a la existente en otros países europeos de primera línea.

En el mencionado manifiesto, don Jaime III solicita a los carlistas que “colaboren con el gobierno provisional en prevención de explosiones de desórdenes callejeros, para poder llegar el Gobierno, respetando las libertades esenciales, a la convocatoria de unas Cortes Generales Constituyentes, que son hoy una necesidad imprescindible y uno de los principios esenciales de nuestra actuación en los últimos años así como ha sido siempre el fundamental objeto de nuestra política realizar la federación de las distintas nacionalidades ibéricas.”

Igualmente, dirigiéndose especialmente a los carlistas les insta a promover “la organización de un gran partido monárquico, federativo, anticomunista, defensor de las grandezas patrias, intensamente progresivo, amigo de las reformas sociales y que coloque a la Iglesia y al Ejército en su verdadero lugar, lejos de toda política”.

Por su parte, dirigiéndose al gobierno provisional y a los líderes de la recién proclamada república, el Rey Jaime III, les pide que elaboren una ley electoral, apartada del caciquismo imperante en el derrocado régimen y en la que se “adopte el único sistema de escrutinio que permite aprovechar hasta el último voto de todos los ciudadanos: la representación proporcional íntegra, usada en las grandes naciones europeas. En estas elecciones, deben pronunciarse, de un modo definido, sea por la República, sea por una Monarquía renovada, progresista, ampliamente descentralizada, que no ofreciera ningún punto de contacto con el antiguo sistema, precisamente a causa de la creación de las grandes administraciones federales en las distintas regiones hispanas”.

No deja don Jaime de mostrar su preferencia por la forma de gobierno monárquica pero tajantemente termina su manifiesto afirmando que “si la voluntad nacional, libremente expresada, se pronunciara a favor de la República, yo pediría a los monárquicos que colaborasen en la obra inmensa que es construir la federación de la nueva España, dispuesto siempre a renovar, en los momentos críticos, el ofrecimiento de mi persona que hago a España”.

Lamentablemente, las propuestas de don Jaime no fueron atendidas en lo más mínimo. La II República, poco antes de cumplir su primer mes de vida, desbarraba hacia el caos y la violencia callejera que tuvo su primera manifestación en la quema de iglesias y conventos el 10 de Mayo de 1931 y a fines de ese mismo año, promulgaba una constitución que, ignorando la realidad social española, institucionalizaba un fuerte y agresivo sectarismo que, rozando lo ridículo, alejaba a la mitad de los españoles del nuevo régimen y sembraba los vientos que habrían de traer la tempestad de la guerra civil de 1936 a 1939.

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